viernes 09 de diciembre de 2022 - Edición Nº1843
Dar la palabra » Sociedad » 10 nov 2022

Cine y política

Confusiones y opiniones en torno a la película "Argentina, 1985" (Por Juan José Mateo)

Los toques cómicos de la cinta, que los hay por doquier, sumado a las licencias cinematográficas aportadas por el guión no restan rigor histórico al relato ni contaminan la excelente reconstrucción del clima de época. Tampoco son injustos con la política y menos con el Presidente Alfonsín.


El 29 de septiembre de 2022 se estrenó en nuestro país una película que como pocas en la Argentina, ya era famosa antes que la conociera el gran público. Dado el fenómeno actual de las redes sociales, en un par de horas se activaron debates e importantes sectores políticos comenzaron una operatoria de escrutinio entre una memoria colectiva más o menos arraigada contra otra de tipo selectiva.

La película "Argentina, 1985" dirigida por Santiago Mitre puede considerarse una de esas joyitas esperadas que cada tanto aparecen en el cine nacional. Basada en hechos reales, el film se centra en el Juicio que el Presidente Raúl Alfonsín motorizó para establecer las responsabilidades sobre los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la Junta de Comandantes que encabezó la última dictadura militar en la Argentina, etapa que abarcó desde el 24 de marzo de 1976 hasta el 10 de diciembre de 1983.

En efecto, aquel régimen al que los militares autodenominaron "Proceso de Reorganización Nacional", inauguró la era de la desaparición forzada de personas en forma masiva, la tortura sistemática en muchos casos seguida de muerte de simples militantes o activistas políticos y la apropiación ilegítima de sus bienes, hasta llegar a la sustracción de recién nacidos de las víctimas secuestradas para entregarlas a familias "desconocidas" en la total ilegalidad.

Hablamos de la tortura a mujeres embarazadas y grupos familiares. A la aplicación de tormentos en centros clandestinos de detención a personas, algunas de ellas simplemente "sospechadas" de tener contactos con las actividades de grupos políticos relacionados al marxismo y el peronismo de izquierda. Particularmente la película se centra en algunos casos y testigos que por su procedencia inaudita, producto de errores de inteligencia del aparato represivo, sirvieron al sistema Judicial para lograr Juzgar a la cúpula militar responsable del Terrorismo de Estado por crímenes previstos en el Código Penal y a través de la Justicia Ordinaria y no en tribunales militares.

 

¿Cómo calificar "Argentina, 1985"?

 

¿Es entonces "Argentina, 1985" un film más sobre la época dictatorial y la transición democrática? La respuesta es no. Es una producción discursivamente diferente a lo realizado hasta el momento, por eso puede mezclar el recurso del humor (hay una docena de escenas que en las salas de cine experimentan risas y sonrisas del público) con el clímax de horror del contexto que pretende con éxito reproducir.

¿Qué distingue a "Argentina, 1985" entonces de otras películas sobre la temática? Su mirada institucionalista. La cinta interpela la lógica intrínseca del Poder Judicial. Describe el clima que se vivía en tribunales y cómo se experimentó el Juicio más famoso de la historia argentina, desde la mirada de un abogado de carrera en la burocracia profesional estatal: el fiscal Julio César Strassera (personificado por Ricardo Darín). Y sin tratarse de una película biográfica, se muestra a este letrado como una persona algo escéptica, de perfil político progresista, buceando en la maquinaria corroída de un poder Judicial jaqueado por la anemia institucional y la amnesia democrática colectiva, con grupos del aparato represivo y los sistemas de inteligencia ligados al terrorismo de Estado actuando en una Argentina gelatinosa, pendulando entre el pasado inmediato dictatorial y una democracia ciudadana desarraigada, de claroscuros e inconsistencias tanto fácticas como morales.

La óptica institucionalista se nutre también en el armado del equipo de Strassera, con la aparición de Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani en la película), un joven abogado proveniente de una familia patricia, a la sazón nombrado Fiscal Adjunto y otros jóvenes reclutados de la CONADEP y la Procuración General de la Nación, que aunque apasionados, logran ser condescendientes con la estrategia que acordaron Strassera y Moreno Ocampo: ver de qué elementos jurídicos y pruebas podían nutrirse para acusar y que sean juzgados los responsables de los crímenes de lesa humanidad.

Conseguir testimonios en la sociedad disciplinada y atemorizada del momento y reunir pruebas concretas rescatadas del corazón de la clandestinidad no fue tarea fácil, pero a favor de la tarea de la fiscalía, el accionar de algunos grupos de tareas fue tan grotesca, que las huellas de la sangre, las secuelas del olor de la carne chamuscada por la picana eléctrica y los cuerpos boyando en la costa del mar argentino, hicieron brotar la verdad incontrastable del fatal destino de los desaparecidos del régimen.

¿En qué consistió la estrategia finalmente? En que al ser un tribunal de la Justicia civil y ordinaria, pudiera juzgarse por crímenes tradicionales contra la ciudadanía (homicidios, secuestros, privación ilegítima de la libertad, robo y tortura) a los jefes militares responsables de la represión ilegal y los agentes de las fuerzas castrenses y de seguridad que participaron en la misma.

Para ello, la fiscalía con Strassera a la cabeza se obstinó en demostrar que los procedimientos de detención y cautiverio de ciudadanos sospechados de participar en actividades de terrorismo clandestino, carecieron de cualquier tipo de regulación y normativa. Que la mayoría de los detenidos fueron asesinados sin ningún tipo de juicio ni garantía. Que hubo un sistema de torturas perverso contra los detenidos invirtiéndose el orden de inocencia a previa culpabilidad; que se sustrajeron niños y recién nacidos en cautiverio y fueron entregados a familias vinculadas con miembros de las fuerzas armadas y de seguridad. Que se detuvo a personas que no tenían vinculación alguna con organizaciones terroristas clasificadas como subversión. Que se robaron pertenencias personales de los detenidos. Y quizá, lo más importante para el momento, que todo ello había acaecido con conciencia, conocimiento y consentimiento de la Junta de Comandantes a cargo de facto del Poder Ejecutivo Nacional, por lo que todos los hechos respondían a un plan sistemático que todos ellos conocían y sostenían y por los que debían dar cuenta a la Justicia. 

 

Licencias cinematográficas

 

Sabemos que la película se toma ciertas licencias (después de todo, se trata de una ficción) que ayudan a darle lógica intrínseca al guión. Pero ello no opera en desmedro de la verdad histórica, sino en todo caso de la realidad extensa que implica la reconstrucción de los hechos. Por mencionar un ejemplo que se presta a la polémica. El encuentro entre Alfonsín y Strassera se produce en realidad antes de iniciarse el Juicio y responde a una solicitud del fiscal, preocupado por un operador político que le quería hacer creer que debía edulcorar la acusación a la Junta de Comandantes. En el film, el encuentro se produce sobre el final del proceso. El resultado, sin embargo es el mismo: Alfonsín da libertad de acción al fiscal, asunto que refuerza la mirada institucionalista que plantea el guión.

Y aquí hay un tema a destacar sobre la polémica que alentó la película: en ningún momento se le resta importancia a la figura, acción y compromiso del entonces Presidente Alfonsín sobre el Juicio a la Junta de Comandantes, sino todo lo contrario. Cierto alfonsinismo perturbado debería apreciar como el Presidente es respetuoso de las instituciones hasta el punto de reconocer el trabajo de Strassera y darle libertad de acción en tanto agente de la burocracia estatal, garante del Estado de derecho y representante de un Poder diferente.

Otro de los recursos cinematográficos que favorecen a Alfonsín es precisamente su no aparición física. El misterio con el que se maneja su representación está magistralmente tratado en la cinta, hasta el punto que sentimos su imponente presencia en el climax del encuentro, el cálido y distendido recibimiento que dispensa sobre el fiscal es efímero, pero el público cuenta con la ventaja de conocer el desenlace de la historia. En un cautivante juego de luces y sombras, la escena cuenta con una frescura pocas veces vista y sin impostación alguna. A fin de cuentas, se trata de seres humanos comunes y corrientes en una coyuntura de sus vidas y de la vida institucional de un país.

Otra licencia a destacar es el temperamento del Fiscal durante el alegato, porque Darín renuncia a una mímesis de Strassera, en función de reforzar el dramatismo del sentido histórico previo a la sentencia. También las interacciones de la familia del fiscal es una puesta en escena impecable, que si bien sirve para explicitar el clima de época traducida en la atmósfera de inseguridad ciudadana, colabora con gran parte de los momentos de humor, necesarios para fugar al público de las constantes tensiones intelectuales del escabroso tema que trata el film.

En resumidas cuentas, los toques cómicos de la cinta, que los hay por doquier durante toda la cinta, sumado a las licencias cinematográficas aportadas por el guión no restan rigor histórico al relato ni contaminan la excelente reconstrucción del clima de época. Tampoco son injustos con la política y menos con el Presidente Alfonsín. Simplemente, a la película le interesa contar otra faceta de esa apasionante historia: el clima que se vivió en tribunales. Las peripecias de ciertos empleados del Poder Judicial que tuvieron que inmiscuirse en una cuestión de Estado, crucial para el futuro de una nación herida en su orgullo republicano y lastimada en su moral ciudadana.

 

¿Por qué nadie puede atribuirse "Argentina, 1985"?

 

Pero no sólo el alfonsinismo dedicó esfuerzos por interpretar e interpretarse en la película. Inmediatamente después de su estreno, otro sector, en clave apropiacionista, ensayó conclusiones sobre el significado de la cinta. Claro que convendría recordarle al progresismo kirchnerista y grupos afines que intentan ensayar cierta apropiación del mensaje que emana 1985, que Strassera fue desaparecido por el discurso oficial en materia de derechos humanos a causa de una diferencia de opiniones que tuvo con el ex Presidente Néstor Kirchner.

Es decir que un Estado ahora garante de la causa de los Derechos Humanos, podía darse el lujo de prescindir del reconocimiento debido a Strassera por la pelea que tuvo con el ex Presidente, quien lo acusó públicamente de ser parte de aquella Argentina postdictatorial, es decir, de ser "parte de ese pasado doloroso". Fue un exabrupto de Néstor Kirchner que condenó a Strassera, tras su fallecimiento, a un funeral sin los honores del aparato del Estado y sin la parafernalia mediática afines al Gobierno. En efecto, Strassera murió un 27 de febrero de 2015, sobre el final del segundo mandato de Cristina Fernández y el silencio oficial y la escasa repercusión del lamentable hecho, pasaron a significar al día siguiente la desaparición física de un simple jubilado estatal, quien fuera integrante del Poder Judicial.

"Argentina, 1985" tuvo la virtud entonces de rescatar la experiencia de hombres comunes inmersos en ese ombligo del mundo denominado sector público. Personas empleadas y contratadas por un poder del Estado en una encrucijada de la historia institucional del país que hizo que su función fuera crucial para el momento. Cuando nadie sabía lo que pasaría el día siguiente, estos representantes del Estado y su equipo cumplieron una función burocrática, administrativa y judicial para comenzar a esclarecer uno de los momentos más aberrantes de la historia nacional.

Reunieron las pruebas, a pesar de las amenazas, los temores y la incertidumbre. Fueron capaces de avanzar sin claudicar. Participes necesarios de la condena de parte de la cúpula militar por crímenes comunes, sentaron las bases de un nuevo contrato social que se elevaba sobre la impunidad asesina que pretendía la Dictadura del Proceso.

Allí empezó una larga historia de avances y retrocesos cuyos resultados no podrán atribuirse a ningún bando político. La política antes que nada y por más que muchos quieran teñirla con un manto mesiánico, no deja de ser un servicio público y una instancia representativa y catalizadora de la voluntad popular. La reivindicación de la memoria y la búsqueda de verdad y justicia tuvieron su epílogo a partir del nuevo siglo sobre un consenso social que permitió avances tras dos décadas de democracia ininterrumpida. El mero tiempo imparcial, debe reivindicar a los protagonistas inmersos en el contexto de "Argentina, 1985"

Por eso lo que ocurrió desde 1985 no podría pertenecer a ninguna parcialidad de la grieta política argentina actual, ordinaria y grotesca. Parafraseando a Strassera y abandonando toda pretensión de originalidad, lo que ocurrió a partir de 1985, los avances y retrocesos en materia de derechos humanos, para bien y para mal, pertenece al pueblo argentino.

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