viernes 09 de diciembre de 2022 - Edición Nº1843
Dar la palabra » Política » 26 oct 2022

Actualidad global y nacional

Grieta y miedo político puertas adentro (Por Juan J. Mateo)

Desde ya que el intento de asesinato, por fortuna fallido contra la Vicepresidente Cristina Fernández, asustó al sistema político como nunca antes. Porque desde ese día, pareciera que la grieta dejó de ser el negocio implícito del que se beneficiaban las dos grandes corrientes de centro derecha y centro izquierda (macrismo y kirchnerismo, simplifiquemos así) existentes en nuestra política nacional.


 

Parece que en el mundo está pasando de todo. Vivimos una particular época de inestabilidad. A la pandemia sucedió la invasión de Rusia a Ucrania por deudas centenarias con la historia que aún deja la conformación de una Europa que parece llegar a la encrucijada de su matriz energética y alimentaria. Alemania reabre sus minas de carbón y borra de un codazo la agenda verde que pretendía revolucionar la transición productiva sustentable en todo el planeta. Triunfa el neofascismo en Italia como último dato de una derechización que promete continuarse en el ciclo. Hace unos días en Tokio encendían alerta roja por las pruebas de los misiles norcoreanos. Los japoneses sienten un destello en el horizonte y una memoria celular endógena y colectiva de miedo fatal se activa de inmediato: desde 1945 tienen sobradas razones para ello.

Kilómetros más acá, Brasil parece querer comenzar a transitar un camino que los argentinos conocemos muy bien desde nuestra conformación nacional: las antinomias de bandos opuestos que rompen las posibilidades de consensos que sean capaces de sostener una agenda de presupuestos básicos para no perjudicar un futuro promisorio. Podría ser algo así como lo que hoy reconocemos en la Argentina como la grieta.

Desde ya que el intento de asesinato, por fortuna fallido contra la Vicepresidente Cristina Fernández, asustó al sistema político como nunca antes. Porque desde ese día, pareciera que la grieta dejó de ser el negocio implícito del que se beneficiaban las dos grandes corrientes de centro derecha y centro izquierda (macrismo y kirchnerismo, simplifiquemos así) existentes en nuestra política nacional. Claro que cada bando se identifica con un liderazgo que a los fines cohesionantes ayuda a simplificar realidades más complejas, figuras aglutinantes que al mismo tiempo están obligadas a subestimar sistémicamente la capacidad de reacción de quienes pretenden cierta ecuanimidad absteniéndose de tomar partido, o de grupos que comenzando como minorías, crecen a las sombras del sistema exacerbando las posibles fugas de los extremos contenidos del esquema.

El miedo "puertas adentro"

Indicábamos que el intento de magnicidio de la Vicepresidente desnudó un negocio implícito de bandos a tal punto, que en un primer momento hasta se avaluó en los medios de comunicación un encuentro entre Cristina Fernández y Mauricio Macri para parar la pelota e intentar un tercer tiempo. Algo de distención para un tránsito álgido de la economía y la política nacional. Hoy parece que se optó finalmente por no hablar más del tema, o reducir su exposición alentando las propias internas del oficialismo y oposición. Al parecer, las investigaciones puertas adentro continúan en forma obsesiva, pero hacia el exterior, mejor que la gente se prenda en la circunloquia agenda de los pares y nones de la grieta.

Mejor no pensar que hubiese sido de este país si el disparo pergeñado contra la Vicepresidente hubiese logrado su cometido fatal. En cambio, su primer y más notorio resultado fue el miedo puertas adentro del sistema de representación política constitucional, porque la grieta quizá maduró ciertos anticuerpos que desconocen las reglas elementales del status quo. Sin reglas de juego, no hay principio ni final, ni posibilidades de tercer tiempo. Quizá sólo haya un correr desbocado en espiral, hasta la muerte súbita practicada de un bando contra el otro, o hasta la aparición de bandos en principio minoritarios, que decidan practicar algo nuevo en los márgenes del sistema. Así comenzaron el fascismo y el nazismo en la vieja Europa: con un odio irracional direccionado.

Brasil, si consideramos las lógicas expuestas, comenzó el periplo al revés: primero ocurrió el atentado a Bolsonaro en plena campaña 2018. Muchos que hablan por estos días, olvidan que el líder ultraderechista hoy Presidente estuvo a punto de morir apuñalado. A él parece que también lo cubrió un manto divino y pudo sobrevivir. Es bueno saber que nuestro dios regional no ejercita justicias ideológicas. Toda vida individual tiene que valer algo más que una vil muerte mediante el homicidio so pretexto del pensamiento que profesa.

¿Nada nuevo bajo el sol?

Los magnicidios, desde ya, no son obra exclusiva de la grieta ordinaria actual. En la Argentina, la pasión tribuna por las antinomias movilizó mayorías siempre. Desde el enfrentamiento acaecido durante el primer gobierno patrio, que terminó con el asesinato de Mariano Moreno en altamar, nadie puede negar que las grietas han sido un elemento sociológico constitutivo de nuestra historia nacional. Más allá de la época de guerra de emancipación, la Argentina experimentó el asesinato del Gobernador Manuel Dorrego un fatídico 13 de diciembre de 1828. Los magnicidios de caudillos del interior como Facundo Quiroga y Chacho Peñaloza. El asesinato del que fuera Primer Presidente confederal mandato cumplido Justo José de Urquiza, los intentos fallidos de magnicidio contra el entonces Presidente Domingo Faustino Sarmiento. O yendo al siglo XX, el asesinato del Senador Nacional Enzo Bordabehere en pleno recinto en 1935, el secuestro y asesinato ocurrido contra el ex Presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, o el acribillamiento del dirigente gremial de extracción peronista José Ignacio Rucci en la candente década de 1970. Estos son algunos de los muchos casos conocidos en nuestro país.

Como puede notarse, los magnicidios producto de las grietas argentinas de ayer y anteayer pueden contarse y anotarse para todos los gustos y parcialidades. Parece exacerbado entonces cierto tono de sorpresa y estupor con que los medios de comunicación han tomado el intento de magnicidio de la Vicepresidente, porque ello no debería ser nuevo ni para la ciudadanía en general, ni para la clase política en particular.

Y quienes están en condiciones de sugerir una respuesta en el sentido histórico de tal acontecimiento, lo hacen enrolados en la precisa lógica de la grieta: son los medios de comunicación ultrapartidarios kirchneristas o macristas, órganos difusores de la mediocridad irracional de demonización del otro. Sus límites técnicos parecen ya estar a la vista de todos, manejando los amores y odios del tercio electoral que les toca sostener.

El problema es que cada vez pululan más conciencias desajustadas al relato maniqueo de demeritación del otro. Voluntades indómitas, frustradas, envilecidas por el odio temperamental de la rebeldía sin cauce en plena crisis económica, para quienes la muerte real del símbolo de lo que consideran el mal, puede llegar a constituir lo nuevo: la aniquilación del individuo que representa todo lo malo que ocurre. En ese pensamiento mágico, el principio de "muerto el perro, muerta la rabia" mediante el magnicidio, se impone a cualquier cuadro reflexivo sobre la realidad compleja que conforma cualquier esquema político. Una diferencia cualitativa con otras épocas en nuestro país: nos referimos, desde ya, al conflicto ideológico que se desarrolló en la Argentina de los 70s. El cadáver de Aramburu en su momento significó una cosa muy distinta a lo que hoy podría traducir el magnicidio de un ex presidente en la grieta descafeinada del siglo XXI.  

¿Un final feliz?

La pregunta después de lo sucedido con el intento fallido de disparo a la Vicepresidente es si la clase política argentina tendrá la capacidad de capitalizar seriamente lo que ocurrió, si iniciará al menos un tibio examen de conciencia de sí misma para evitar males mayores en el futuro, ungiendo la capacidad de no sobreestimar al menos por una vez en la historia su propio papel en el panteón de los que se creen imprescindibles.

Porque sobran los momentos en nuestra historia nacional en el que el asesinato del adversario fue algo común, celebrado por minorías acendradas en el odio visceral hacia el otro y tímidamente aceptado por amplios sectores sociales desatentos de una realidad política inevitable y siempre circundante.

En definitiva, lo que pudo resultar una tragedia, terminó en un supuesto final feliz signado por la suspicacia. Nadie está cómodo con lo que ocurrió y da la sensación que una maquinaria de irracionalidad grotesca e ingobernable comenzó a soltar amarras, protagonizada ahora por grupos minúsculos que piensan literalmente la palabra matar o la concreción de dicho acto como un proceder de reivindicación patriótica. Si esas conciencias testigos logran engarzar socialmente en el vecindario, tendremos en puerta un nuevo problema, otro más para sumar a los ya existentes.

 

(*) Licenciado en Historia

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