jueves 04 de marzo de 2021 - Edición Nº1198
Dar la palabra » Política » 22 feb 2021

Ética, excepción y las putas de San Julián (Por Fabio Seleme)

El 17 de febrero de 1922, cinco prostitutas conocidas como “las putas de San Julián” terminaron en el calabozo de la comisaría del pueblo por negarse a acostarse con los soldados del Ejército Argentino que habían realizado las masacres obreras en Santa Cruz. Se trata de un “hecho único y solitario” en medio de la historia de la matanza de obreros más sangrienta de nuestra historia, dice Osvaldo Bayer en los “Vengadores de la Patagonia Trágica”, donde se narran los acontecimientos.


Por:
Fabio Seleme

Puede entenderse que el carácter ético de un hecho se funda en normas universales desde donde se descifra, en derrame deductivo, lo bueno y lo malo. Pero tal vez resulte más adecuado pensar que sea la excepción, y no la norma, desde donde realmente emana en ascenso una auténtica eticidad. Esto es, una excepción a la inmediata indeterminación del mundo que se ofrece como una totalidad explanada. Una singularidad que fuerza a los hechos a comparecer como acciones con su finalidad y contingencia. Un quiebre en la conducta esperada y esperable dentro de lo ya interpretado y, por lo tanto, una excepción a la moralidad, en tanto concreción de la costumbre y al derecho, en tanto regla abstracta.

El 17 de febrero de 1922, cinco prostitutas conocidas como “las putas de San Julián” terminaron en el calabozo de la comisaría del pueblo por negarse a acostarse con los soldados del Ejército Argentino que habían realizado las masacres obreras en Santa Cruz. Se trata de un “hecho único y solitario” en medio de la historia de la matanza de obreros más sangrienta de nuestra historia, dice Osvaldo Bayer en los “Vengadores de la Patagonia Trágica”, donde se narran los acontecimientos.

Hecho único, pero suficiente para producir la ruptura en el saber de la situación y el estado de cosas dado. El ejército, bajo la presidencia de Yrigoyen, había ejecutado en aquellos días un número aproximado de entre 1000 y 1500 peones rurales. Y acabada la masacre la comandancia militar decidió darle descanso y premio a la tropa permitiéndoles acudir a “La Catalana”, la casa de tolerancia de San Julián. Cuando la tropa ya se había organizado en grupos y se disponían a comenzar a tomar los turnos, la propietaria del local salió a la calle a informar la decisión asumida por las cinco mujeres respecto de la negativa a “atender” a quienes habían protagonizado los fusilamientos de los huelguistas.

Los soldados quedaron desconcertados, les pareció insólito. El discurso vigente les brindaba a ellos una representación positiva de la realidad, donde lo sucedido con los peones era un acto de servicio a la patria, análogo al servicio que las prostitutas debían brindar ahora a los uniformes de esa misma patria. En consecuencia, los soldados intentaron proceder ingresando por la fuerza al local, pero las prostitutas repelieron a la tropa a escobazos y palazos. Las putas se rebelan, con su actitud, contra la intención de simbolización completa de los vencedores que quieren hacerse “atender” por las mujeres que antes “atendían” a los obreros muertos. Emerge así una verdad no considerada por el saber de la situación misma. Las mujeres propalan insultos de todo tipo y entre ellos suena la sentencia de la excepción ética: “¡No nos acostamos con asesinos!”.

Las cinco prostitutas llaman a los soldados “asesinos”. Son las únicas que califican a los uniformados de esa forma. No se trata de una huelga como algunos dicen, no hay reivindicación alguna que se peticione. Se trata de un acontecimiento auténtico y gratuito determinado por la estructura de la exclusión: las que se definen por acostarse con todo aquel que paga el precio no se acuestan con cualquiera, aunque pague el precio. Se trata de una excepción, de un no todo que funda un juicio ético y deja a la injusticia del asesinato de inocentes expuesta en exceso y defecto. Se opera una sustracción del bien en función de un excedente de mal. La palabra “asesino” y la negativa a recibirlos como clientes determina en concreto lo que el saber busca ocultar. Y es desde la exterioridad del saber de la situación, que las cinco prostitutas se convierten en lo real que irrumpe como síntoma. El síntoma que trae lo que le falta al saber, trae la verdad no simbolizada pero encarnada.

Las mujeres “cierran las piernas como rebelión”, escribe Bayer. Las prostitutas tienen una verdadera intervención interpretante. El acto implica la subversión del orden simbólico establecido para dar lugar a la verdad, y es por ese motivo que en el guion de la “Patagonia Rebelde”, este acontecimiento cerraba la película que, basada en el libro de Osvaldo Bayer, narra cinematográficamente la sangrienta matanza de huelguistas en Santa Cruz. Pero a principios de los años setenta, la vigilante mirada preliminar de los militares y sus presiones, naturalizada bajo la condición de época, consiguieron excluir ese final. Notablemente, los censores toleraron toda la arbitrariedad y brutalidad criminal del ejército en complicidad con los estancieros que el guion de Bayer mostraba, pero no pudieron admitir que se mostrara la derrota simbólica del ejército frente a cinco prostitutas. Casi cincuenta años después, entonces, la censura previa de esta única parte de la película vino, como un negativo de excepción extendido por los derrotados de la verdad, a reafirmar el carácter excepcional de la negativa de las mujeres.

 Años más tarde, la deuda artística la saldaría Rubén Mosquera que escribió la obra teatral “Las putas de San Julián”, por pedido expreso de Bayer, que conocía el valor ético de aquel acontecimiento. Al rescatar aquel acto Bayer había escrito “Jamás creció una flor en las tumbas masivas de los fusilados; sólo piedra, mata negra y el eterno viento patagónico. Están tapados por el silencio de todos, por el miedo de todos. Sólo encontramos esta flor, este gesto, esta reacción de las pupilas de “La Catalana”, el 17 de febrero de 1922. El único homenaje a tantos obreros fusilados…”

Y efectivamente “las putas de San Julián”, con su acto de excepción en el oficio que practicaban, se convirtieron ellas mismas en la excepción de una totalidad indiferente y se definieron por el “homenaje” (en tanto fidelidad) a los hombres fusilados, pero también a su propio acto. Y yendo presas, Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster, sirvieron a la verdad que las interpelaba, discerniendo en la situación los signos de los hechos.

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