sábado 23 de enero de 2021 - Edición Nº1158
Dar la palabra » Sociedad » 27 nov 2020

Historias y reflexiones

PODCAST. NOSOTROS los Fueguinos II. Capítulo 3. Gracias por estas lágrimas (Por Gabriel Ramonet)

Porque yo no sabía llorar. Y no hablo de llantos infantiles o de berrinches tempranos. Hablo de llorar como un hombre. Hablo de sentir ese espasmo de emoción recorriendo el cuerpo como lava, y explotando en el volcán de los ojos. Hablo de no poder contener ese sentimiento, de llorar contra voluntad, contra la razón, contra la indignidad de la propia imagen quebrada.


 

La serie de PODCAST de Nosotros los fueguinos se publican en forma simultánea en Gamera. Hablamos distinto

 

 

Escribo para sanar, para que exploten las lágrimas de una vez, para transformar el dolor.

Renuncio a todo orden y a toda originalidad: no podré decir algo distinto, pero a su vez necesito pronunciar algo propio, algo mío con él, o para él.

Desde dónde lo digo. Cómo se le habla a alguien que jamás conocí en persona, al que nunca vi más que por televisión, en videos y en fotos. Y que además ya no está.

Todo el mundo le agradece las alegrías que nos dio. Yo, en cambio le debo las lágrimas.

Porque yo no sabía llorar. Y no hablo de llantos infantiles o de berrinches tempranos. Hablo de llorar como un hombre. Hablo de sentir ese espasmo de emoción recorriendo el cuerpo como lava, y explotando en el volcán de los ojos. Hablo de no poder contener ese sentimiento, de llorar contra voluntad, contra la razón, contra la indignidad de la propia imagen quebrada.

Porque hasta que no lo descubrí a él, yo no sabía llorar. O sea, gritaba o me amargaba, hacía muecas de satisfacción, o quizá de pena.

Y un día vino él. Yo estaba acostado en el suelo, mirando la televisión en el dormitorio de mis padres, y escuchando por la radio a Víctor Hugo. Me acuerdo como todo el país, que se acuerda que estaba haciendo en ese momento. Me refiero a cuando empezó a eludir a los ingleses en la mitad del Azteca, ese día de calor agobiante mexicano, con una sombra con forma de araña estampada en el césped.

Ese día en que los pasó a todos. Me acuerdo que tardé un par de segundos en reaccionar. ¿No lo habrá errado? ¿No habrán cobrado algo? ¿De verdad lo hizo? Tengo claro que me levanté a los gritos, que estaba en ojotas y pantalón corto, a pesar del invierno. Pero no sé cómo ni porqué abrí la puerta de calle y salía hasta la vereda. Y me arrodillé en el pasto. Y miré el cielo. Y entonces lloré. A borbotones lloré. A canilla libre lloré. A ojos colorados lloré. A voz quebrada y brazos en alto.

Ese día aprendí a llorar tan bien, tan perfectamente bien, que nunca más pude olvidarme. Y es tan perfecto el mecanismo, la técnica que él me enseñó, que siempre sucede de la misma forma. Pongamos, por ejemplo, que estoy en una reunión familiar, donde algunos hablan de política y otros de las bondades del postre. Alguien hace zaping en la tele prendida y pasan el gol, el mismo gol. Yo lucho contra mi voluntad porque se lo que viene, porque es lo que pasa siempre. Trato de seguir de largo, pero me freno, y lo miro. Y entonces mi cuerpo replica las mismas combinaciones químicas. Y lloro. No tanto como aquella vez, porque con los años he aprendido a contenerme un poco. Igual siempre busco alguna excusa. O me voy al baño, o a la heladera, o finjo una picazón. Hasta que pasa el momento, y después me recupero pronto.

Hoy sucedió lo mismo sin que pasaran ningún gol. Es la primera vez que ocurre, y fue cuando me enteré que se había ido. No era el mismo llanto. Era otro. Como un nudo atragantado, como un dolor envolvente, como una herida.

Fue tan dolorosa su partida, como las muertes infinitas que generaban los comentarios póstumos. Por eso tuve que apagar la tele y dejar de verlos y escucharlos. No lo podía ver morir de nuevo, en cada recuerdo de quienes lo quisieron, en cada sandez de quienes lo detestaban, y en cada frivolidad de quienes jamás podrán comprender su gesta.

Tuve que elegir el silencio para recordarlo mejor. Para que dejaran de matarlo. Para que muriera de una vez.

Yo los respeto a todos. A quienes hoy continuaron su rutina diaria como si nada, a los que tuvieron tiempo para reírse de memes y de chistes sin sentido, a los que solo les importan la irreverencia de su lenguaje, los dobleces de la moral, los errores de la vida íntima.

Yo he sido muy paciente con quienes no descansan el vicio de la injuria ni siquiera después de la muerte del destinatario.

Yo he comprendido a quienes no lo vivieron, a quienes no lo entendieron, a quienes lo han comparado sin el más mínimo criterio ni evidencia para hacerlo.

A los que se burlan, a los que minimizan, a los que denostan, a los que prejuzgan, a los que discriminan y a los que olvidan.

Yo los respeto a todos pero hoy déjenme tranquilo con mi dolor. Pónganme a salvo de los sermones y de las moralinas con doble sentido.

Un rato les pido, nada más, para despedirme de la persona que más quise, dentro de las que nunca conocí.

Déjenme recordarlo, porque él va a ser recordado cuando ustedes no sean ni la ceniza de su última foto.

Déjenme decirle que muchas gracias por haberme enseñado a llorar, justo a mí que me costaba. Hoy estuve practicando, y lo sigo haciendo muy bien. Aprendí tanto a llorar, que hoy no necesité ver el gol a los ingleses.

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