miércoles 23 de septiembre de 2020 - Edición Nº1036
Dar la palabra » Política » 31 ago 2020

No soy de aquí ni soy de allá. Exótico o Nativo. ¿Compasión, confusión o negligencia? (Por Adrián Schiavini )

Las especies exóticas han sido llevadas (con o sin intervención humana) fuera de su distribución natural. Es decir, se instalan en un lugar sin haber evolucionado en conjunto con las especies del lugar que, durante milenios, han interactuado en un paisaje. Su origen natural ha tenido lugar en otra parte del mundo.


Por:
Adrián Schiavini

Las especies exóticas invasoras representan  una de las mayores amenazas a la biodiversidad. Esto está reconocido en el Convenio sobre la Diversidad Biológica, al que adhirió Argentina mediante Ley 24.375 de 1994, y en cuyo texto se explicita que el país “Impedirá que se introduzcan, controlará o erradicará las especies exóticas que amenacen a ecosistemas, hábitats o especies”.

Las especies exóticas son especies que han sido llevadas (con o sin intervención humana) fuera de su distribución natural, es decir, son especies que se instalan en un lugar sin haber evolucionado en conjunto con las especies del lugar que, durante milenios, han interactuado en un paisaje. Su origen natural ha tenido lugar en otra parte del mundo. En la actualidad el hombre es el principal vector de introducciones de especies exóticas, moviendo especies de un lugar a otros por motivos de producción de alimentos, ornamentales, mascotismo, caza, etc. Cuando esas especies exóticas alcanzan números inusuales y producen alteraciones en la estructura y funcionamiento de los ecosistemas, en la salud humana o ambiental y en actividades económicas, comenzamos a hablar de especies exóticas invasoras, o especies dañinas o plagas en términos coloquiales.

No toda especie exótica es invasora.  Vacas, ovejas, trigo y avena, entre otras, son especies exóticas manejadas por el hombre para su beneficio, que pueden o no prosperar al “escapar” de nuestro control.  Por ejemplo, la retama en Tierra del Fuego es una especie exótica usada en los jardines, pero no vemos a las retamas ocupando sitios baldíos o banquinas, a diferencia de lo que sucede en Patagonia norte donde la retama desplaza a especies nativas. Lo que en Tierra el Fuego representan una especie ornamental icónica da lugar a una especie dañina mas al norte. Varias características de esta especie amenazan la dinámica natural del ecosistema. La retama es refugio para roedores, algunos de los cuales protagonizan las conocidas “ratadas” vinculadas a los brotes de Hantavirus. La sombra producida por las voluminosas retamas no permite el crecimiento de la flora autóctona debajo de ella. Su calidad como leña la hace fácilmente combustible, favoreciendo la ocurrencia de incendios.

 

 

Rasgos como el de la retama hacen a algunas especies exóticas capaces de, ahora sí,  invadir ambientes fuera de su distribución natural o histórica.  Esto da lugar a las especies exóticas invasoras. Ser prolíficas, aprovechar el disturbio generado por el hombre o el transporte moderno, resistir amplias condiciones ambientales, o invadir lugares sin especies parecidas a ellas, son algunos de los rasgos que confieren capacidad invasiva a una especie exótica.

Varios principios de la biología ayudan a entender el funcionamiento e impacto de las especies exóticas invasoras. Uno de ellos es el del “nicho ecológico”. Se resume en todo lo que hace una especie (donde vive, qué come, quién se lo come, etc.). No todos los nichos ecológicos están ocupados en un ambiente. Por ejemplo, en Tierra del Fuego los únicos mamíferos herbívoros de tamaño pequeño nativos son los conocidos “ratones de campo” y el “tuco tuco magallánico”. No existía un herbívoro de mayor tamaño hasta la llegada del conejo, que encontró lo que se llama “nicho vacante” en biología: ninguna especie cumplía ese papel. La consecuencia: competencia muy baja por los recursos de comida. Más comida se traduce en mayor descendencia. Otro principio biológico aplicable a las especies invasoras es que, cuando éstas ocupan nichos vacantes, su expansión está favorecida. Otro principio biológico refiere a la escasez de predadores: en su lugar original, una especie está “controlada” por los predadores que han evolucionado con ella. Cuando se instalan en un lugar sin predadores o con pocos predadores, se produce lo que se llama “liberación del enemigo”, que refiere a que la especie carece del control dado por los enemigos naturales de su lugar original y entonces su población se dispara. Combinando estos conceptos, se deduce fácilmente que si una especie se ha comportado como exótica invasora en todos los lugares donde ha sido introducida, se va comportar del mismo modo en cualquier lugar donde sea introducida. En consecuencia, la falta de evidencia local sobre impacto no es argumento para no actuar sobre una especie exótica invasora (y ante la duda, consultar los principios de prevención y precautorio de nuestra legislación ambiental argentina).

 

 

Argentina aloja unas 650 especies exóticas invasoras, que producen daños a la biodiversidad, la economía y  la salud. Los impactos en los paisajes y ecosistemas, en la actividad agropecuaria, en la salud de las personas, en la infraestructura, entre otros, se manifiestan con retrasos en el tiempo, son múltiples y a veces difíciles de visualizar. El mundo está aprendiendo a lidiar con estas especies exóticas invasoras, detectándolas antes que transpongan fronteras, erradicándolas temprano antes que prosperen o manejándolas cuando ya es tarde y avanzaron. En particular, Argentina como país está trabajando para elaborar e implementar una Estrategia Nacional sobre Especies Exóticas Invasoras, en un proceso que ha incluido el desarrollo de varios proyectos piloto para el manejo de algunas especies exóticas invasoras a fin de testear capacidades, procesos y enfoques.  Uno de esos proyectos piloto efocó en e castor en Tierra del Fuego.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), organismo multilateral del que Argentina forma parte como país, elaboró un ranking de las 100 peores especies exóticas invasoras del mundo. De esas 100, 14 son mamíferos, y seis tenemos en Tierra del Fuego: Cabra, ciervo colorado, conejo europeo, gato doméstico, rata negra y la laucha. A esos se suman otras especies que, aunque no pertenecen a ese ranking, afectan sensiblemente al ambiente como el visón, el peludo y animales asilvestrados (perros, vacas caballos y cerdos). Triste privilegio el de nuestra provincia que cuenta en total con, al menos, 16 especies de mamíferos exóticos silvestres o asilvestrados (que se escapan de control del hombre y prosperan en forma independiente al hombre).

¿Qué hacer frente al impacto que producen las especies exóticas invasoras?  Desde la ciencia de la ecología aplicada hay consenso en que la sociedad tiene obligación de tratar de reducir el daño que producen estas especies y de restaurar las condiciones de los ecosistemas a la situación previa que produjeron estas especies exóticas invasoras.

 

 

Algunas especies exóticas invasoras, como la rata negra, son combatidas sin duda por la sociedad. Sin embargo, parte de la sociedad cree que toda las especies animales y vegetales que vemos hoy alrededor nuestro forman parte de “la naturaleza”, lo que lleva al error de considerar que las especies exóticas invasoras integran el patrimonio natural de un lugar. Sumado al arraigado concepto de “equilibrio ecológico”, se llega a la errónea conclusión de “dejar que la naturaleza haga su trabajo”, es decir, no hacer nada. Peor aún, sociedades como la fueguina parecen haber olvidado lo que causó una especie exótica invasora como el conejo europeo en Tierra del Fuego hace apenas 50 años, y cree que los conejos que ve hoy en día representan parte de la fauna nativa. Esta visión “Walt Disney” de la naturaleza como un ente inocente que se regula solo, conduce al error de creer que todo en la naturaleza funciona “como debe ser”, y que la “naturaleza buena” todo lo ordena.  Pero la naturaleza es drama, es lucha por vivir y por dejar descendencia, y en esa historia evolutiva aparecen especies que son levadas a un sitio al cual no pertenecen.

Por lo general los ecosistemas no pueden hacer el trabajo de encauzar el impacto de las especies exóticas invasoras.  Imagine una obra de teatro en marcha, a la que ingresa un actor que no estaba en el guion. Ese actor se come a otros actores, rompe parte del escenario, desplaza a los actores que se van de la obra, enferma a otros, o una combinación de todas ellas. La obra terminará de modo muy diferente, o no terminará. Eso pasa con las especies exóticas invasoras: el escenario, la historia y el elenco cambian para mal, muchas veces de forma irreversible. Las especies nativas, salen perdiendo. La visión inocente y no informada de los impactos que producen esas especies nos hace creer que vemos una obra original: creemos que lo que vemos hoy en los paisajes de Tierra del Fuego  es natural, cuando en verdad representa “el día después” luego de la acción del castor, del visón, del conejo europeo, del zorro gris, de la cabra, del ciervo colorado, del peludo, de la rata negra, de la laucha, del perro y el gato asilvestrado, de vacas y caballos cimarrones. Nuevamente, la visión Walt Disney del mundo

Las prácticas difundidas para controlar el daño producido por especies exóticas invasoras han incluido históricamente el uso de herramientas letales: desde herbicidas y tóxicos de diverso tipo, hasta el uso de enemigos biológicos como en el caso del control de plagas agrícolas, pasando por la caza y el trampeo, representan soluciones efectivas para el manejo de estas especies dañinas. En determinados contextos, las herramientas no letales son útiles y factibles. Por ejemplo, hoy en día la producción ovina se defiende de los ataques de los perros asilvestrados mediante la disuasión producida por los perros protectores de ganado.  Sin embargo, en ausencia de herramientas no letales prácticas, eficientes, factibles y que resuelvan el problema, el manejo de una especie exótica invasora demanda el uso de herramientas letales. Pero eso va de la mano con hacer todo lo posible para provocar el menor sufrimiento posible en las especies blanco, utilizando las herramientas mas humanitarias posibles dada la especie y el contexto en que se encuentra: Las herramientas para tratar a una especie exótica invasora que vive en sitios no habitados por seres humanos en el paisaje rural no serán las mismas que para tratar a una especie que vive vinculada a nuestras casas.

En años recientes, parte de la sociedad cuestiona el uso de herramientas letales bajo el argumento, a primera vista loable, de respetar a todas las formas de vida. Lamentablemente, los defensores de la premisa de  “los individuos importan” llevan al extremo la imposición de su postura de respetar otras formas de vida. El resultado paradójico es condenar a la biodiversidad nativa, a la salud del ambiente y a la producción de alimentos  a convivir con los daños producidos por las especies exóticas invasoras. La "Conservación Compasiva", representa un movimiento emergente actual dentro de la ciencia de la conservación, que promueve prácticas "éticas" [1]. Se centra en cuatro principios: a) no hacer daño; b) los individuos importan; c) la inclusividad de animales individuales; y d) la convivencia pacífica entre humanos y animales. Recientemente, se ha promovido a la Conservación Compasiva como alternativa a la conservación convencional.

Sin embargo, los ejemplos presentados por los conservacionistas compasivos focalizan, deliberada o arbitrariamente, en mamíferos; son, inherentemente, no compasivos; y ofrecen soluciones de conservación ineficaces. Hayward y otros [2] demuestran que la Conservación Compasiva se centra arbitrariamente en especies carismáticas, en particular grandes predadores y herbívoros. Esta filosofía no es compasiva cuando permite que los predadores invasores persistan en el medio ambiente causando daño a las especies nativas. Obstaculizando el control de especies exóticas en un sitio no mejorará las condiciones de conservación de la mayor parte de la biodiversidad. Las posiciones tomadas por los llamados conservacionistas compasivos sobre especies particulares y sobre acciones de conservación pueden obstaculizar otras formas de conservación, incluidas las traslocaciones, las barreras de contención y el control de la fertilidad. El bienestar animal es increíblemente importante para la conservación, pero, irónicamente, la conservación compasiva no produce los mejores resultados de bienestar para los animales y, a menudo, es ineficaz para lograr los objetivos de conservación.

De ese modo, la adopción de la “Conservación Compasiva”, podría ser más dañina para la biodiversidad nativa que cualquier otra acción de conservación implementada hasta el momento. Además, causaría más daño neto a los individuos que lo que se pretende detener [2,3]. En un trabajo reciente, Griffin y otros [4] analizan este problema desde la psicología, afirmando que la empatía está sujeta a sesgos significativos y que la adhesión inflexible a reglas morales puede resultar en un enfoque de "no hacer nada". Eso termina siendo contraproducente para la conservación de la biodiversidad, como ya señalamos hace un tiempo acá (https://darlapalabra.com.ar/nota/350/no_hacer_nada_es_una_decision_por_adrian_schiavini/). Esos autores señalaron además que “nuestros sistemas emocionales no han evolucionado para contar con una base confiable para tomar decisiones sobre la mejor manera de garantizar la persistencia a largo plazo de nuestro planeta. En consecuencia, en su forma más radical, la filosofía de Conservación Compasiva no debe ser consagrada como un principio rector legalizado para la acción de conservación.”

La aplicación errónea de los conceptos “naturaleza” y “equilibrio ecológico”, sumado a la creciente conciencia sobre el bienestar animal, conducen a parte de la sociedad a oponerse al control letal de las especies exóticas invasoras. Este comportamiento, en principio humanitario y autoproclamado “ético”, centra su mirada sólo en una especie y en su derecho a vivir, desestimando la visión del ecosistema y de su integridad, bajo al confusión de considerar a una especie exótica invasora como parte integrante del patrimonio natural de un lugar y de sus ecosistemas. Diferir el manejo hasta contar con herramientas no letales, sentencia a las especies nativas a morir por predación, herbivoría, enfermedades o parásitos, a ser desplazadas o ver sus hábitats destruidos, y condena a la sociedad a convivir con los impactos.

 

 

La fusión de conceptos erróneos, como confundir especies exóticas con nativas, suponer que “la naturaleza ordena”, cerrar opciones al control letal de las especies exóticas bajo el paraguas de una loable compasión restringida a algunas especies, representa una combinación fatal para lograr restauración de los ecosistema afectados por la acción humana que ayer introdujo a las especies exóticas invasoras y ahora, proclama que hay dejar que las cosas sigan su curso.

En consecuencia, la conservación compasiva puede amenazar el apoyo público y gubernamental para la conservación debido a una comprensión equivocada y limitada de los problemas de conservación por parte del público en general, llegando a percolar en la jurisprudencia, mediante resoluciones judiciales que van construyendo una forma de pensar bien intencionada pero lesiva para el medio ambiente que pretende proteger.

En este marco, surge como deber de la ciencia explicar a la sociedad y, en especial, a los funcionarios todos los poderes del estado, lo que representan las especies exóticas invasoras, los impactos que producen, la consecuencias de no hacer nada y la necesidad de adoptar las mejores herramientas eficaces con el mayor grado de humanidad posible, de acuerdo a la especie y al contexto en el que se desenvuelven. Debemos como sociedad dejar de lado la visión indiferente derivada de creer que la naturaleza ordena y resuelve, y comprender que  es nuestra obligación intervenir con el mejor conocimiento disponible.

Si el modo de pensar que centra su atención en el derecho de algunas especies a existir en contra de otras prospera, las especies exóticas tendrán más derecho a persistir que las especies nativas y sus ecosistemas, que los paisajes productivos, que los modos de vida que dependen de los servicios que da la naturaleza, y que la salud del ambiente.

 

(*) Adrián Schiavini es Investigador Principal del CONICET, Profesor Titular de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego y miembro del Grupo de Especialistas en Especies Exóticas Invasoras de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

 

[1]  Ramp, D., & Bekoff, M. (2015). Compassion as a practical and evolved ethic for conservation. BioScience, 65(3), 323-327.

[2] Hayward, M. W., Callen, A., Allen, B. L., Ballard, G., Broekhuis, F., Bugir, C., ... & Davies‐Mostert, H. T. (2019). Deconstructing compassionate conservation. Conservation Biology, 33(4), 760-768.

[3] Oommen, M. A., Cooney, R., Ramesh, M., Archer, M., Brockington, D., Buscher, B., ... & Shanker, K. (2019). The fatal flaws of compassionate conservation. Conservation Biology, 33(4), 784-787.

[4] Callen, A., Hayward, M. W., Klop-Toker, K., Allen, B. L., Ballard, G., Beranek, C. T., ... & Clulow, S. (2020). Envisioning the future with ‘compassionate conservation’: An ominous projection for native wildlife and biodiversity. Biological Conservation, 241, 108365.

[5] Griffin, A. S., Callen, A., Klop-Toker, K. L., Scanlon, R. J., & Hayward, M. W. (2020). Compassionate conservation clashes with conservation biology: Should empathy, compassion and deontological moral principles drive conservation practice? Frontiers in Psychology, 11, 1139.

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

OPINIÓN