martes 14 de julio de 2020 - Edición Nº965
Dar la palabra » Sociedad » 29 may 2020

La búsqueda de la identidad social en TDF

PODCAST. Lágrimas atragantadas (Por Gabriel Ramonet)

Federico es un trabajador de la construcción de Ushuaia que vive en Andorra. Fue a visitar a su hija de 7 años y desconocidos le usurparon la casa. Entonces quedó en situación de calle, deambulando solo en su auto. Hasta que consiguió refugio en casa de un amigo. La policía lo sorprendió, y lo metieron preso por violar la cuarentena. Esta es su historia


Por:
Gabriel Ramonet

 

 

Federico Ramírez Mejía está sentado sobre un colchón viejo tirado en el suelo. La espalda contra la pared del calabozo. Las rodillas flexionadas. Las manos tomándose la cabeza.

En Sucre, su ciudad natal en Bolivia, la temperatura alcanza en mayo los 22 grados. Pero una sucesión de hechos que todavía no descifra por completo, lo empujó 3800 kilómetros al sur, hasta este reducto oscuro de la Comisaría Cuarta de Ushuaia, en el Fin del Mundo, donde la sensación térmica bordea para esta época el punto de congelamiento del agua.

Afuera la noche comenzó temprano. Un manto de escarcha casi transparente cubre las calles y las veredas. La cuarentena del coronavirus acentúa la imagen de un desierto gélido y solitario, apenas interrumpido por el deambular de algunos autos que patinan en el asfalto porque sus dueños todavía no les colocan las ruedas de invierno.

Federico siente frío por fuera y por dentro. Los policías que hace unas horas lo trajeron esposado, como si fuera un delincuente, no le acercan ni una frazada. Ni siquiera lo escuchan. Nunca lo entendieron. Como si hablara otro idioma. Como si sus palabras fueran la prolongación del desprecio que les genera la oscuridad de su piel, la mesura de su voz, la falta de prepotencia de su actitud.

Si hubiera sido otro, aquel 7 de mayo, hace apenas unos días, tendrían razón en reprocharle. Sin embargo no fue otro. Fue el mismo de hoy. Salió de la casilla del barrio Almafuerte, uno de los más humildes del Valle de Andorra, en las afueras de la capital de Tierra del Fuego. Y se fue a pasar dos días con su hija de 7 años.

Estaba contento porque la flexibilización de algunas restricciones del confinamiento le permitían realizar la visita, y también porque su ex mujer no había puesto objeciones a que el encuentro se realizara en casa de un amigo. Era una vivienda más acogedora que su rancho sin terminar en medio del bosque, y sobre todo tenía mejor calefacción. A cambio, el amigo solo le había pedido que cuidara a los perros.

Hubiese preferido recibir a su hija en casa, pero pensó que tendría tiempo más adelante. Por ahora, eran solo un par de ambientes de madera, sin terminaciones exteriores, con una precaria instalación eléctrica y calefaccionado a garrafas y tubos de 45 kilos. Había comprado la mejora en agosto de 2019, y tenía un boleto de compra venta que acreditaba la operación.

Su oficio de albañil le había facilitado la construcción. Tenía herramientas propias y había conseguido algunos materiales a buen precio, antes de la pandemia. En poco tiempo ya era uno más del barrio. Los vecinos lo reconocían y en su certificación de domicilio aparecía como habitante de la casa 14.

El gran desafío era pasar el temible invierno fueguino, en una zona inhóspita y alejada del centro, donde se acumula la nieve, se congela el agua de las cañerías y a veces no llegan ni los camiones garraferos.

Federico no sabía aún que el maldito virus era un obstáculo mucho mayor que cualquier contingencia climática. Empezó a entenderlo cuando su nueva pareja quedó varada en Bolivia. Con el cierre de las fronteras ya no pudo cruzar a Salta. Aunque hubiese podido, tampoco tenía vuelos de cabotaje para regresar a Ushuaia.

Por eso es que durante la visita a su hija, la casilla de Andorra quedó sola, cerrada con llave, con todas sus pertenencias adentro. Salvo un charango, que Federico se puso debajo del brazo porque imaginó que podría tocarlo para hacer reír y cantar a la pequeña. Ese reencuentro fue, tal vez, lo único que le salió bien en muchos días. Cuando dejó a la niña con la madre, todavía le resonaban en los oídos los acordes alegres de la música.

Regresó a la casa, colocó la llave en la cerradura, pero no pudo abrir la puerta. Golpeó y salió de adentro un hombre robusto de voz prepotente. “No vivís más acá. Y tomatelas porque te saco a los tiros si hace falta, boliviano de mierda”, le gritó el intruso.

Desesperado, sin chances de hacer justicia por sí mismo, el albañil  subió a su auto, un VW Voyage, y comenzó a dar vueltas sin rumbo. A las pocas cuadras tuvo una idea reveladora. Llamó por teléfono a su ex esposa, que trabajaba como niñera en casa de una abogada. Su ex pareja lo contactó con la letrada quien de inmediato se ofreció a ayudarlo. Comenzaron llamados a tribunales, para despertar a los fiscales, escritos para convencer a los jueces de que debían dictar una medida y restituir la casa de inmediato, denuncias y exposiciones en la policía.

Las gestiones judiciales no suelen seguir el ritmo de la luz del sol. Entrada la madrugada, el hombre estaba cansado y triste. Vencido por el sueño, se desplomó en el asiento del auto para dormir unas horas, a pesar del frío y la desazón.

Al otro día consiguió que un amigo le diera refugio provisorio, al tiempo que la justicia ordenó registrar la vivienda pero se negó a restituirla, hasta no escuchar la versión de los intrusos. De nada le sirvió mostrar los papeles de compra, el domicilio, el testimonio de los vecinos.

Mientras los muebles, la ropa y las herramientas de trabajo quedaron del lado de adentro, él quedó a la intemperie, del lado de afuera y con ingreso vedado al único ambiente más o menos cálido en el que había planificado pasar la temporada invernal, cuando además escasea el trabajo y se multiplican los gastos de supervivencia.

A veces el destino se ensaña con giros que sonarían inverosímiles en cualquier historia de ficción. Lo cierto es que Federico se despertó por el estruendo. Tardó unos instantes en ubicarse en espacio y tiempo, en reconocer la almohada ajena de una cama que tampoco era la propia. ¿Se habrá salido el freno de mano? ¿Habrá saltado el cambio? Pensaba en eso cuando salió a la puerta de su hogar prestado, y se encontró al Voyage fuera del lugar donde lo había estacionado, incrustado contra un pilar de luz.

El ruido llamó la atención de los vecinos que llamaron a la policía. Los uniformados preguntaron por el dueño del auto. Cuando éste se presentó, le pidieron el documento, y cuando vieron el domicilio, le cuestionaron que no estaba en su casa en medio de la cuarentena obligatoria.

Federico intentó explicar. Les habló de la casa usurpada, de la noche en el vehículo, de su amigo anfitrión. No hubo caso. Pidió llamar a su abogada. Tampoco. Le incautaron el coche, lo subieron esposado al patrullero, y le abrieron una causa federal.

Después de la noche en cautiverio, muerto de frío y sin dormir, sin casa y ahora también sin auto, el albañil recuperó sus botas de trabajo llenas de barro y el charango. Se sentó sobre una vereda con restos de hielo. Arañó unas notas con dedos temblorosos. Y estuvo un largo rato en la calle, mojando las cuerdas con lágrimas atragantadas.

 

La serie de PODCAST de Nosotros los fueguinos se publican en forma simultánea en Gamera. Hablamos distinto

 

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