miércoles 28 de octubre de 2020 - Edición Nº1071
Dar la palabra » Cultura » 6 may 2020

Cuento de cuarentena

Una historia de coronamor (Por Gabriel Ramonet)  

Alejandro conoce a Laura en la fila del supermercado, con barbijos y distanciamiento social, en medio de la pandemia de coronavirus. Se enamora de ella de inmediato, y hace todo lo posible para ser correspondido, con las limitaciones que la época le propone. ¿Podrá verla un día cara a cara? ¿Cómo es el amor acotado por las restricciones sanitarias y la cuarentena?


 

Se conocieron en la cola del supermercado, durante la cuarentena del coronavirus. En realidad, él la conoció a ella, en uno de esos días autorizados para hacer las compras. La vio por primera vez en la extensa fila de personas con changuitos separados por dos o tres metros de distancia. La hilera de hormigas comenzaba en las puertas del comercio, y bordeaba el edificio por uno de los laterales. Eran veinte o treinta esperando entrar, respetando la cantidad máxima de compradores que permitían las autoridades dentro del local, para disminuir el riesgo de contagio.

Hacía frío y el cielo estaba nublado. La escena era un tanto funesta. Sobre todo por el silencio reinante. Tal vez por el distanciamiento obligatorio. Quizá porque encima, todos llevaban barbijos tapándoles el rostro.

Cuando ella giró la cabeza, probablemente para mirar al trencito de gente que se había formado detrás, Alejandro le descubrió los ojos. Aunque mejor sería decir que se chocó con ellos. Con la luz que irradiaban sus pupilas celestes, con el fuego que ardía en su mirada profunda.

Quedó petrificado por unos instantes, y tuvo que disimular que manipulaba unas bolsas para que la cara de asombro no se le notara tanto. Fue un refucilo, un relámpago seguido de una descarga eléctrica que le sacudió todo el cuerpo. Hasta que ella volvió a mirar hacia adelante, y entonces tuvo que conformarse con observarla desde atrás, mientras se acomodaba el cabello rubio, mientras se ajustaba las cintas del barbijo, mientras trasladaba el peso del cuerpo de una pierna a otra, y se inclinaba para ver el celular.

Alejandro disfrutaba de una soledad buscada, prometida desde las ruinas de una relación que no había funcionado y lo había herido hasta dejarlo casi indefenso. Por eso no estaba en ninguna búsqueda premeditada, y el aislamiento social dispuesto por el gobierno le había venido perfecto para recluirse en la comodidad de su hogar.

Pero aquel día no le importaba nada. Ni siquiera dejar el chango en la fila y adelantarse unos metros con la excusa de ayudar a una señora mayor que cargaba productos en el baúl del auto. Ni siquiera aprovechar el ángulo de la vista durante el regreso a la hilera, para volver a cruzarse con sus ojos, y esta vez detenerse en sus pestañas y en sus cejas, y adivinar por primera vez cómo sería el resto de su cara debajo del barbijo.

Cuando la fila se movió, la inercia de los cuerpos trasladándose hacia la puerta, hizo que se fuera alejando de su radar, hasta perderla por completo. La buscó adentro del supermercado, entre las góndolas de los vinos, los lácteos y las verduras. Pero no pudo hallarla, y regresó a  casa, derrotado.

En los días siguientes pensó en ella como un tesoro perdido. Una noche, desesperado, hasta recorrió perfiles de Facebook buscando cruzarse con los ojos soñados, aunque como era esperable, la estrategia no resultó.

Volvió al supermercado una semana después. Los turnos de salida, por terminación de documento y número de patente del auto, le daban un poco de esperanza. Tal vez retornaría a comprar allí. O por ahí nunca más volvería a verla.

Comenzó a escrudiñar a las personas con un detenimiento incómodo, aunque imprescindible. Recorrió el estacionamiento del edificio con zigzagueos difíciles de explicar. Estaba dándose por vencido, cuando a lo lejos, una silueta familiar, un barbijo del mismo color que el ansiado, y unos artículos de limpieza desperdigándose por el piso, le llamaron la atención.

Apuró el paso durante casi treinta metros arrastrando el chango vacío, sin más plan que acercarse. Cuando faltaban tres metros, se dio cuenta de que era ella. Y también de que era tarde para pensar. Se agachó para ayudarla a levantar los productos del suelo, y cuando sus ojos celestes volvían a encandilarlo de un modo que no le permitían casi respirar, su voz firme, que escuchaba por primera vez, le pidió que no tocara nada, y que se alejara, “por favor”.

Alejandro ni se inmutó por la leve reprimenda. Se incorporó de un salto, la miró todo lo que pudo, y recibió como único premio un “gracias igual” que ella pronunció apurada, antes de alejarse con bolsas en las manos.

Él la seguía observando como si no le importara haber fracasado, acaso, en la única oportunidad que el destino le había regalado para entablar algún dialogo, para que ella, al menos, tomara nota de su existencia.

Recogió unos papelitos que habían caído desde una de las bolsas. Los abolló con furia y caminó unos pasos para arrojarlos al tacho de basura. Se miró la mano como un acto de inspiración. Extendió los dedos y revisó los papeles. Eran dos. Una tira con los productos de una compra, doblada en varias partes, casi ilegible. Y un ticket más pequeño, abrochado al más grande, como comprobante del pago de la operación con una tarjeta de crédito. Le estiró las arrugas, fijó la vista en unas cifras agregadas a mano, y encontró una firma, un documento, y abajo, un número de teléfono.

Tuvo el papel varias horas sobre el escritorio, juntando valor para hacer lo que todos sus sentidos le aconsejaban a gritos. Sabía que tenía un margen de error, y que aun acertando, sus posibilidades eran mínimas.

Se decidió a mandarle un mensaje. Le escribió que había encontrado el ticket de la tarjeta luego de intentar ayudarla con las bolsas, y que se ofrecía a devolverlo. Después pensó que era un idiota y tuvo ganas de borrarlo. Hasta que un rato después, ella le contestó.

Le dijo que muchas gracias, que no hacía falta. Pero la cadena de intercambios fue haciendo el milagro que Alejandro esperaba como un regalo de Navidad. Ella le contó que se llamaba Laura, que vivía con una amiga y que se turnaban para hacer las compras en el supermercado.

En los días posteriores se pidieron como amigos en Facebook y se siguieron en Instagram. Así, de manera virtual, se vieron las caras completas sin los tapabocas, mantuvieron extensas sesiones de chat donde fueron contándose gustos y lugares preferidos para vacacionar, e insultaron juntos a las penosas consecuencias del encierro extendido por el maldito virus.

Una noche, intuyendo ya que sería correspondido, Alejandro le dijo a Laura que se había enamorado de ella. Que lo había sentido desde aquel primer contacto, en que sus ojos lo habían  hipnotizado, y que si había tardado tantos días en confesarlo, era porque no quería apurarse, y que ella pensara que solo estaba buscando una relación circunstancial.

Laura lo hizo sufrir un poco, aunque al final terminó aceptando que también sentía algo por él, que al principio no entendía sus intenciones, pero que a medida que se conocieron, se había dado cuenta de que también lo amaba.

Durante unos días chatearon a toda hora. Se contaron secretos, intercambiaron fotos, se enviaron audios y videos. Hasta que una madrugada, Alejandro le planteó que quería verla. Le dijo que entendía la cuarentena y las restricciones para circular por la ciudad, pero que también estaba dispuesto a violar cualquier ley, con tal de estar con ella, aunque más no sea por unos minutos.

Se pusieron de acuerdo en pactar un encuentro con algunas condiciones. Laura iría hasta la casa de Alejandro, el día en que según el número de patente del auto, pudiera salir para hacer las compras. Llevaría unas bolsas en el asiento del acompañante, para mostrar en los retenes policiales. Estacionaría cerca, y entraría lo más rápido que pudiera. Eso sí, ambos usarían barbijos y no se acercarían a menos de dos metros, para minimizar el riesgo de contagio. No era un plan muy romántico, pero así al menos podrían conversar, y experimentar un contacto más humano que los pixeles de las pantallas.

Laura igual se vistió como para una fiesta. Se maquilló y se pintó los labios, aunque su rostro quedara cubierto por el barbijo. Alejandro la esperó con nervios que no sentía desde la adolescencia.

Se saludaron entre risas, a la distancia. Se sentaron en el living, separados un par de metros. Se miraron por primera vez cara a cara, aún con el suspenso de las máscaras faciales. Y cuando todo parecía conducir a una conversación de lo más razonable, Alejandro se incorporó del sillón sin ningún aviso, dio un paso hacia atrás y se bajó el barbijo. Laura le clavó los ojos celestes como flechas, y terminó haciendo lo mismo. Se observaron unos instantes sin pronunciar palabra. Se fisgonearon los cuerpos a la distancia, sintiendo crecer un deseo acumulado por tanto ensayo virtual y tantos días de encierro. Se sonrojaron sin vergüenza y se suplicaron sin hablarse. Hasta que ninguno pudo dominar más las prohibiciones sanitarias, y avanzaron de frente como una jauría en celo. Se encontraron por fin en el medio del ambiente, para fundirse en un beso interminable, para abrazarse como si se acabara el mundo, para tocarse hasta que no quedara territorio sin descubrir, para violar todas las leyes en un mismo acto, para incumplir todos los protocolos, para amarse de una forma tan urgente, que ningún miedo a una enfermedad podría haberlos detenido nunca.

Laura regresó a su casa con las bolsas vacías y con una sonrisa indisimulable que se le escapaba por debajo del barbijo. Tuvo que combinarla con su mirada celeste, para convencer a los policías del retén de que no había cometido ninguna infracción.

En las horas siguientes, Alejandro le llenó el teléfono de mensajes tiernos, que ella retribuyó sin dejar de lado ninguno. Después de mucho tiempo, no hablaron ni una palabra de la pandemia, ni maldijeron el encierro, y en cambio se dejaron llevar por el impulso de un amor que parecía haberlos aislado de tanta incertidumbre global.

A los pocos días, él la llamó entusiasmado, para contarle el alivio que sentía. No por haber encontrado a la mujer de su vida, ni por haber sido correspondido, sino por haber evitado el contagio.

Alejandro trabajaba en una empresa exceptuada de la cuarentena, en la que cumplía horario reducido y debía someterse a estrictas medidas de seguridad. Sin embargo, un brote inexplicable había afectado a tres de sus compañeros. Por suerte, pensó, él no había tenido contacto con ninguno de ellos. Lo había corroborado solo en su casa, repasando mentalmente cada uno de sus movimientos de los últimos días dentro de la empresa. No habían compartido espacios comunes, ni tocado los mismos objetos y se habían visto apenas y desde lejos.

Todavía no le habían hecho el hisopado, pero no tenía síntomas y se disponía a cumplir, ahora sí, con un estricto aislamiento preventivo de catorce días.

Alejandro hablaba sin pausas a través de su teléfono celular. Casi sin respirar, le soltaba a Laura un discurso plagado de optimismo. Cada dos o tres frases le recordaba que la amaba, que estaba agradecido por haberla conocido en medio de esta catástrofe mundial y que iba a ser difícil no volver a verla hasta una vez cumplida la cuarentena.

“Alejandro, escuchame”, trató de interrumpirlo Laura entre el alboroto de palabras que le llegaban del otro lado de la línea. Pero él seguía en su mundo. Decía que esto se iba a terminar pronto, que se estaba aplanando la curva de contagios, que en cualquier momento todo volvería a la normalidad. Y que la extrañaba mucho.

Ella probó de nuevo. Quiso hablar, pero él volvió a superponerse. Esta vez le pidió disculpas. Le dijo que solo sería un segundo más y le prometió que era lo último, y que después sería “todo oídos”.

Alejandro renovó su energía inicial, para recordarle que aquella tarde en su casa había sido la mejor de su vida, que podía reconstruir cada segundo de sus caricias, cada instante de su mirada, cada suspiro y cada palabra. Le confesó que había perdido por completo las esperanzas de encontrar a una mujer como ella. Y que por suerte, el destino le había regalado aquel encuentro fortuito en el supermercado.

Cuando no tuvo nada más para agregar, exhaló por fin, aliviado, con una mueca de satisfacción.

Se hizo entonces un silencio breve, y Laura pudo -por fin- desahogarse.

-Alejandro, tengo coronavirus.

 

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