lunes 01 de junio de 2020 - Edición Nº922
Dar la palabra » Cultura » 6 may 2020

Adelanto de novela fueguina

Península Mitre: Crónica de una estafa (Por Carlos Zampatti)

Península Mitre es una tierra de naufragios y vientos endemoniados; de hacienda baguala y caballos salvajes; de ambiciones y proteccionismo; de altruismo y negocios. En la disputa entre quienes desean establecer en la península una reserva natural y aquellos que la ven sólo como un gran negocio inmobiliario y turístico, todo parece ser corruptible: jueces, empresarios, políticos, periodistas. Pero a no inquietarse demasiado: todo es una mera ficción; nada de eso ocurre en Tierra del Fuego.


(Adelanto exclusivo de la última novela del autor, para Dar la palabra)

 

Los nueve jinetes detuvieron la marcha una hora después de su partida en la estancia María Luisa. La suave llovizna había cesado. Allí, desde la Cuesta del Monje, por primera vez veían el mar. Nelson Zambrano, el guía, se sacó la capucha de su campera y señaló la inmensidad a la que se asomaban.

—Éste es el momento de hacer un alto, reflexionar sobre lo que dejamos y sobre nuestras posibilidades de afrontar lo que viene. A nuestras espaldas, estimados, quedaron los últimos retazos habitables de la isla; lo que viene está un paso más allá del fin del mundo. Y de la historia.

Hizo silencio un momento y miró el rostro anhelante de los siete turistas y de su auxiliar. Era el monólogo de siempre. Lautaro, su asistente y compañero de viaje de los últimos tiempos, prestaba atención. Siempre encontraba algo nuevo que lo impulsaba a escuchar expectante, como quien oye por enésima vez su canción predilecta y espera la próxima coda, la siguiente cadencia, el sucesivo giro musical para gratificarse. Nelson, sabedor del manejo de los silencios y las expectativas, sintió que era el momento de continuar.

—Esto que tenemos delante —hablaba abarcando con su brazo una costa escarpada a cuyos pies dormitaba el océano en una paleta de colores pasteles verdes, ocres y azules— los marcará para toda la vida. Hasta ahora habíamos cabalgado lejos del mar, en una senda enmarcada por ñires y lengas. A partir de ahora el mar será nuestro compañero de ruta y se instalará en ustedes como una experiencia que amarán u odiarán; o las dos cosas al mismo tiempo. Quizás, en otros momentos de sus vidas, hayan visto o verán sitios más bellos o más extraños. Pero a ninguno perpetuarán en su memoria como a éste. Por una simple razón: eso —y volvió a señalar con ampulosidad— está más allá del fin del mundo.

La tarde estaba serena, todo lo serena que se le puede pedir en un mes de enero a la costa atlántica, a casi cincuenta y cinco grados de latitud sur. Y, además, gris. Nelson comenzó a bajar la intensidad de la voz y el semicírculo de cabalgados se fue cerrando para no perder detalle. Flotaba la expectación.

—Nos espera una semana en la cual —continuó ante el silencio del resto— sólo nos tendremos a nosotros mismos. Este teléfono satelital, la única conexión posible con el mundo, sólo será usado en caso de una emergencia grave. En mis diez años de excursiones a Península Mitre nunca lo he tenido que usar, y espero que esta travesía no sea la excepción.

Nelson repasó los rostros de los siete que habían contratado la travesía hasta Bahía Thetis. Dos parejas heterosexuales, una brasilera y una canadiense, más otra compuesta por dos mujeres. El séptimo se había agregado al grupo a último momento. La edad de todos, salvo este último que sobrepasaba con generosidad los cincuenta años, si situaba entre los treintaicinco y cuarenta años. Una gran cámara fotográfica colgaba del cuello del más veterano. Nelson detuvo su mirada un segundo más en Lautaro al advertir una especie de guiño cómplice. Luego, guardó el teléfono y continuó su arenga.

—Éste, tal vez, sea el lugar más inhóspito que jamás conocerán. En este lugar las tempestades han triturado contra las restingas decenas de barcos. Aquí, si bien no se han librado batallas que hayan signado el destino del mundo, hubo pequeñas proezas personales que marcaron para siempre a sus protagonistas. No es, por lo tanto, el lugar de grandes epopeyas; pero sí de pequeñas gestas. En nuestra travesía trataremos de comprender qué movió a los pocos protagonistas de este agreste rincón a hacer lo que hicieron, a intentar lo que intentaron, a morir como murieron.

Se había levantado una leve brisa que les pegaba de frente. Nelson comenzó a elevar de a poco el volumen de su voz:

—Pero la verdadera gesta será nuestra. Y lo será cuando, ateridos por el frío, mojados por la lluvia o la nevisca y descuadrados por el viento, nos preguntemos casi en agonía, en un grito que no escuchará nadie: «pero, ¡¿qué carajo estoy haciendo aquí?!»

Dicho lo cual, taconeó su caballo y se lanzó hacia abajo por la Cuesta del Monje. Los turistas, azorados, tardaron un instante en reaccionar. Se miraron entre sí y luego de ver que el auxiliar reía a mandíbula batiente, soltaron la carcajada. Al instante, siguieron al guía. Nelson ya les había sacado cincuenta metros de ventaja.  

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