Sergio Anselmino no conoce la clasificación de los temporales. Sabe que es abril y que está en el peor lugar del mundo para sobrevivir en soledad. Sabe que su vida pende de un hilo cuando el viento empieza a soplar de una forma inusitada, como nunca había sentido antes. Sabe que una borrasca se enreda entre las olas del Atlántico sur y se lanza como una bestia sobre la costa. Sabe que todo empieza a temblar. Los árboles, los animales salvajes, las maderas tiradas. Todo comienza a moverse como si lo azotara un terremoto.
La cabaña donde se encuentra es casi una tapera. Estuvo allí otras quince veces y acaso por eso le tomó afecto. Tal vez porque el precario refugio siempre lo esperó de pie, o de rodillas. Y porque siempre le brindó un poco de calor y le proporcionó un sitio de descanso, después de una jornada agotadora de camino.
Ahora las chapas gastadas del lugar vibran como a punto de deshacerse. Alambres atados en los tirantes del techo lo golpean sin parar. Las puertas y las ventanas se sacuden y desde afuera se oye un aullido, como si los animales u otras personas gritaran pidiendo auxilio. Pero nadie entra. Solo sigue sonando la turbina de un avión a punto de estrellarse. Solo el viento que no para nunca.
Anselmino activa el instinto de supervivencia y comprende que debe irse del lugar a la brevedad, antes de que la precaria construcción se desplome encima suyo. Aunque algo se lo impide. No es una fuerza física, sino algo que proviene de su propio interior. Por eso acomoda rápido la mochila, se acerca a la puerta y cuando toma el picaporte lo envuelve una inexplicable sensación de abandono. Siente que no puede dejar al sitio que tantas veces lo ha cobijado. No ahora, cuando más lo necesita. Ahora no puede abandonarlo.
Se debate en una pelea interna. La razón y la cordura lo instan a salir. No tiene miedo de hacerlo. Sabe que es la mejor opción. Pero no puede. Un sentimiento lo paraliza, lo obnubila y lo deja a merced del peor resultado. Sin más tiempo para nada, mira una mesa antigua y robusta ubicada en el centro del ambiente y decide meterse abajo. Acerca con sus manos un leñero de metal. Se queda vestido. Durante siete u ocho horas pasa la peor noche de su vida, hasta que el temporal amaina y lo sorprende la sensación tibia de seguir vivo. También lo asalta una certeza. Acaba de recibir la señal que necesitaba. La última y la más importante. Va a reparar ese rancho. Y se va a quedar a vivir allí solo, por mucho tiempo.
Frontera salvaje
El lugar más inhóspito del mundo existe. Está en Argentina, en el sureste de Tierra del Fuego. Se llama Península Mitre. Así lo bautizó en 1891 el explorador rumano Julio Popper en honor al expresidente Bartolomé Mitre.
Es un área despoblada de 3200 kilómetros cuadrados. La belleza del lugar es inconmensurable, pero las posibilidades de sobrevida humana en soledad son mínimas.
El frío puede ser extremo en verano e insoportable en invierno. Los temporales de viento alternan con algunos de granizo o de nieve. Y a veces se combinan entre ellos.
El suelo es inestable por el fango y la turba. No hay caminos para trasladarse de un lugar a otro. Apenas unos senderos que serpentean la costa, y de vez en cuando chocan contra columnas filosas de roca que emergen desde el interior de la tierra en los últimos estertores de la Cordillera de los Andes.
Algunos acantilados son trampas mortales. Si se los elige por error, a veces no hay regreso posible. No se puede cruzarlos y no se puede volver.
La vegetación es achaparrada por el viento. Hay tramos donde solo se puede pasar agachado, y también hay bosques de lenga para refugiarse, como hacen los caballos o el ganado salvaje cuando perciben el peligro.
Los ríos son caudalosos y helados en la época estival. Después se congelan y es imposible pescar en ellos. Igual que la luz solar, que abunda en diciembre hasta la medianoche, y desaparece temprano, a la hora del té, en pleno junio.
No es que nadie se haya animado. El lugar es un cementerio de naufragios, de ruinas de proyectos demasiado ambiciosos, de desafíos inconclusos.
El problema es atreverse a estar allí, sin comunicaciones de ningún tipo, sin electricidad ni gas. A cinco días a pie de cualquier otro humano. A merced de algún velero o de algún caminante casual.
A mil kilómetros de la Antártida, esta punta del continente sudamericano ha sido bautizada por algunos exploradores como la última frontera, o mejor aún, como el sitio más salvaje del mundo.
Aburrido del sistema
Anselmino llegó a Tierra del Fuego en 2000, cuando apenas tenía 21 años. El contacto con la zona confirmó su vocación de explorador. Desde entonces se dedica a caminar la provincia, con predilección por los lugares más extremos y despoblados. A caminarla y fotografiarla. A relacionarse con la naturaleza en el sentido más primitivo y literal.
En abril de 2018, cuando lo sorprendió el temporal, estaba en Puerto Español. Así se conoce a este paraje supuestamente reparado de las olas, situado dentro de la Bahía Aguirre, en Península Mitre.
La cabaña desvencijada a la que no quiso abandonar es una antigua casa de peones rurales. También es el lugar donde ha decidido afincarse para atravesar una experiencia de autoconocimiento, y de supervivencia extrema.
Ocho meses más tarde, en diciembre de 2018, el proyecto está por cristalizarse. La tripulación amiga de un velero lo ayuda a trasladar provisiones, la mayoría alimentos secos, y algunas pocas herramientas.
Con eso y con los restos de materiales que encuentra tirados, el explorador comienza a reconstruir el refugio. Saca clavos oxidados de otras construcciones. Con alambre fija la casa al suelo para prevenir que se vuele en otro temporal. Las reparaciones van convirtiendo la tapera en un hogar.
De a poco Anselmino se va adaptando a la vida en ese entorno natural que también se empieza a acomodar a él. Los animales que lo rodean, caballos, zorros, ganado, aves y hasta visones, dejan de verlo como un peligro y se le acercan para observarlo. Él los filma, les saca fotos. Se sienta en silencio a contemplarlos. Al final interactúa con ellos como una especie más del ecosistema.
Con el paso del tiempo, que allí transcurre más denso y sereno, Sergio va encontrando el significado de su propia experiencia. Se da cuenta que atraviesa un sentimiento anhelado, una sensación que siempre presintió de joven pero entonces no llegaba a comprender.
“Creo que el sistema en el que vivimos me aburre un poco. En especial la vida acelerada y llena de estímulos que ahora son casi todos virtuales. Me interesa conocerme y pienso que en el entorno diario, habitual, difícilmente se pueda”, reflexiona Anselmino.
¿Qué pandemia?
En julio de 2020 el explorador fueguino lleva un año y medio viviendo solo y ahora sí adaptado a la soledad más extrema cuando empieza a notar cierta merma del tráfico de barcos que habitualmente divisa desde la costa, algunos durante el día y otros, apenas algunas luces lejanas, durante la noche.
Una mañana se acerca a Puerto Español un barco de la Armada y él se pone contento porque hace cinco meses que no ve ni habla con ningún ser humano.
Cuando la tripulación desciende de la embarcación, un guía al que conoce de antes se adelanta unos pasos y Sergio le corresponde el gesto para saludarlo y abrazarlo, pero recibe una respuesta inesperada. El hombre lo frena en seco y le advierte que se detenga y que no lo toque.
Piensa que es una broma, que alguien va a distender el momento con algún comentario jocoso. Hasta que advierte que el resto de las personas se mantienen alejadas y distantes entre sí.
En unos minutos de discurso acelerado e inverosímil, el explorador recibe la noticia de que el mundo ha sido afectado por una pandemia, escucha las graves consecuencias de lo que está pasando y recibe la lista de cuidados y recomendaciones para evitar el contagio.
No puede asimilar todo de golpe, así que los invita a pasar a tomar un café a su cabaña remodelada, un poco para guarecerse del frío y otro para poder mostrar sus progresos edilicios.
Los visitantes se rehúsan con gestos serios. La tensión y los consejos que no paran de aturdirlo le hacen comprender que efectivamente, el mundo está en problemas.
Sergio ni siquiera tiene una radio AM para informarse. Así lo ha decidido por voluntad propia, y así opta por seguir. Los únicos aparatos electrónicos que lo acompaña son una cámara fotográfica digital, una computadora portátil y un par de paneles solares con los que carga las baterías de ambos dispositivos.
Apasionado desde niño por la fotografía, piensa primero en obtener imágenes para él mismo, como una manera de atesorar los recuerdos de aquellos días, pero de a poco le gana la idea de documentar toda su vida en ese lugar, para en algún momento compartirla con los demás.
La tarea no es sencilla. Trabaja en cada toma con un esmero puntilloso. Se pone delante del lente para que se lo vea haciendo los quehaceres diarios, hachando leña, bañándose en el mar, cocinando o interactuando con los animales.
Un día se da cuenta que, si bien no tiene ni la mejor cámara ni los equipos más sofisticados, posee una ventaja que cualquier documentalista envidiaría. Él está ahí todo el tiempo, de día, de tarde y de noche. Sin apuros, sin plazos que cumplir. Por eso se relaja y capta todo a su alrededor. Todavía no lo sabe, pero a su regreso a la civilización tendrá 350 horas filmadas y 50 mil fotografías, un tesoro difícil de concebir.
Chocolates que vuelan
Carolina es piloto de aviones de bajo porte y caminante. Ha visto a Sergio alguna vez, pero jamás imagina encontrarlo aquel día en Península Mitre, cuando llega al refugio junto a otras personas, como parte de un recorrido por la zona.
¿Qué chances tiene de enamorarse un hombre que vive solo en medio de la nada, casi sin contacto con otros humanos? ¿Cuántas posibilidades respecto de un ser “social”, que trabaja, va al gimnasio, a bailar a un boliche, tiene redes sociales o usa Tinder?
“Conocí a Carolina en contra de todas las posibilidades existentes en el mundo y en el universo”, reconoce Sergio.
“Hacía un año que estaba en el lugar y ella pasó caminando en una travesía que estaba haciendo a pie. Así nos conocimos y así empezó una relación que todavía perdura y que estuvo atravesada por la distancia y por experiencias que jamás podríamos haber previsto”, relata.
Ella había caminado hasta la Península en otras oportunidades, y desde el principio del vínculo entendió los deseos de la persona que acababa de conocer.
Sergio pensó siempre en ese amor como imposible. Sabía que no iba a regresar a una ciudad por un largo tiempo y que ella había pasado por allí de forma circunstancial.
Pensó mal, porque ella volvió. Incluso en dos oportunidades caminando sola cinco días desde el último sitio poblado, para poder verlo.
Hay una escena cinematográfica que describe mejor que cualquier palabra la historia de amor entre ambos: es invierno y Sergio lleva varios meses solo en su refugio. Un día caminando entre la nieve encuentra un chocolate con su envase reluciente. Era ella, que se los arrojaba desde una avioneta jugando a acertarle al refugio desde el aire.
Otras veces Sergio espera el arribo de ocasionales caminantes que le traen pendrives con audios y videos de ella, y los contesta usando a los montañistas como correo privado.
“Creamos una relación especial donde cada encuentro era muy esperado, lleno de dudas y de cosas para contarnos”, resume el aventurero.
Volver
Anselmino reformó y acondicionó la cabaña hasta convertirla en un refugio confortable para caminantes. Durante todo un invierno trabajó con maderas viejas y construyó una biblioteca para viajeros. Convocó a amigos para que le hicieran donaciones -cuando veía a alguno- y en veleros y un helicóptero empezó a recibir los libros. En la actualidad la biblioteca tiene cuatrocientos títulos. También montó un pequeño museo con piezas antiguas que recolectó en su constante deambular por la Península.
Con el tiempo fue aprendiendo a sobrevivir mejor. Cometió errores y tuvo que racionar algunos pocos alimentos que le llegaban por barco en fechas inciertas.
En el verano pescaba en un río, pero cuando el agua se congelaba tuvo que aprender a cazar toros salvajes. ¿Por qué toros y no vacas?, se preguntará alguien. Porque el ganado se mueve en grupo y es muy difícil de atrapar cerca de la costa. En cambio, los animales desplazados de la manada, ya sea por su edad o por incompatibilidad de caracteres, se adentran en el bosque y se mueven solos. Sergio pasó varios días diseñando una trampa con sogas. Falló varias veces hasta que atrapó al primero. Matarlo le significó un conflicto interno. Aun hoy le remuerde la conciencia. Pero un toro eran las proteínas que necesitaba para pasar varias semanas. Lo faenaba con sus manos y llevaba las mejores piezas a un cuarto helado de la cabaña, que funcionaba como freezer natural. La carne era dura, casi incomible. La estrategia para consumirla solía ser un ayuno previo, con apenas un café y un poco de pan como única ingesta diaria. “Después de eso el hambre altera los sentidos. Un bife pasa a ser una comida agradable, por más que sea de un toro viejo”, recuerda Anselmino.
La decisión de retornar a la civilización le costó varias noches de llanto. Una parte le pedía quedarse allí más tiempo. Acaso no regresar nunca. Los objetivos que ya había cumplido le hacían crecer una sensación de tarea completa. Había experimentado el silencio y el autoconocimiento en una dimensión nunca antes imaginada. Había documentado la experiencia y, sobre todo, había saldado una deuda con el refugio, al convertirlo en un “hotel tres estrellas”, como lo definen otros caminantes que ahora pasan por el lugar. Porque Sergio dejó ese legado. Un sitio para guarecerse, dormir, comer y leer en el lugar que más se lo necesita.
Había hecho más de lo pensado y eso jugó en su determinación final. Eso y Carolina, que desde hacía tres años lo esperaba sin apuro y lo ayudaba en el envío de provisiones.
Cuando por fin regresó tuvo que adaptarse de nuevo a los ruidos, a las voces, a los automóviles y a las muchedumbres.
“Creo que muchas veces he logrado olvidarme del futuro. La vida está llena de indicios de que el tiempo se acaba. Y eso sirve para pensar que no existe nada seguro. Por eso aliento a tomarnos pausas para lo que nos guste hacer. No importa el interés de cada uno. Hay que respetarlo y darle un tiempo. No digo que sea fácil, aunque hay que tratar de arriesgarse. La vida es muy linda y se vence rápido”, asegura Anselmino después de los cuatro años, seis meses y una semana en que vivió aislado del mundo.
La readaptación a la sociedad fue tan paulatina que le costó un año y medio estar preparado para contar su historia. Ahora habla casi sin parar. Rememora cada episodio con lujo de detalles. Aunque parezca mentira, también sueña con volver allí. Al silencio de todos los silencios. A la última frontera del mundo.