martes 23 de julio de 2024 - Edición Nº2435
Dar la palabra » Cultura » 28 sep 2023

La vida y el legado de Piedra Buena

Un capitán respetable (por Miguel Mastroscello)

En su clásica novela de aventuras “Billy Budd, marinero”, Herman Melville describe así a uno de sus personajes: “El capitán era uno de esos mortales dignos que se encuentran en todos los oficios, incluso en los más humildes; uno a quien todo el mundo coincide en llamar un hombre respetable”. No se me ocurre un perfil más apropiado de Luis Piedra Buena.


En su clásica novela de aventuras “Billy Budd, marinero”, Herman Melville describe así a uno de sus personajes: “El capitán era uno de esos mortales dignos que se encuentran en todos los oficios, incluso en los más humildes; uno a quien todo el mundo coincide en llamar un hombre respetable”. No se me ocurre un perfil más apropiado de Luis Piedra Buena.

Sus nombres son mencionados casi a la pasada en los libros de historia más leídos. No juegan en las grandes ligas, donde brillan los padres fundadores. Fueron hombres y mujeres que, muchas veces a costa de grandes sacrificios personales, hicieron posible la conformación de lo que hoy conocemos como nuestro país. Supieron llevar a cabo acciones que complementaron y hasta suplieron a las de Belgrano, San Martín, Urquiza, Mitre, Sarmiento, Roca y demás notables que hoy son arquetipos de la nacionalidad. Muchos no fueron guerreros ni políticos, sino personas comunes y corrientes que, quizá sin saberlo, consideraron a la patria un acto perpetuo, como en la Oda borgeana.

En el caso de la Patagonia argentina, la magnitud de esos héroes casi anónimos alcanza una significación especial, porque se trata de un territorio con características particulares (situación geográfica, dimensiones, clima, morfología, flora, fauna, etc.), sobre el cual Chile sostuvo, hasta bien avanzado el Siglo XX, reivindicaciones firmes de soberanía, y que además era observado con interés por el Imperio del Brasil y algunas potencias extrarregionales. Un espacio inhóspito, habitado por el pueblo tehuelche, a quienes los viajeros españoles del Siglo XVII, presuntamente asombrados por el tamaño de sus pies, dieron el apelativo de “patagones” del que derivaría el nombre de la región.

El más importante de nuestros próceres patagónicos semidesconocidos fue Luis Piedra Buena, que nació en Carmen de Patagones el 24 de agosto de 1833, es decir, hace poco más de ciento noventa años. Cabe recordar que, por entonces, el pequeño pueblo del Carmen (como se lo llamaba) recostado sobre el río Negro, a unos treinta kilómetros de su desembocadura, era la única localidad argentina del lejano sur. En la bahía Blanca sólo existía un fortín cuasi precario, y los galeses recién iban a instalarse junto al río Chubut en 1865. En el interior patagónico, las pretensiones del vecino llegaban hasta Mendoza, y en el litoral hasta, precisamente, la margen derecha del Negro. Un litoral, por cierto, extensísimo que la Argentina no estaba en condiciones de controlar, porque carecía de flota naval.

En buena parte de la bibliografía disponible, la de Piedra Buena es una figura difusa, reducida en ocasiones al papel de simple aventurero, uno más entre la multiplicidad de balleneros, loberos, exploradores y malhechores (aunque es cierto que varios de ellos aplicaban a la vez a todas esas categorías) que se animaban a recorrer sus mesetas y navegar las aguas peligrosas del Atlántico Sur. Entre los que se dedicaron a estudiar su vida destacan Raúl Entraigas, Arnoldo Canclini y Hernán Álvarez Forn, sin olvidar los trabajos de Canceco, Nozzi, Destéfani y Antonini, entre otros.

Quizá por esa escasa difusión, incluso en la Patagonia se sabe poco de él. Por ejemplo, aunque es conocida su vocación temprana por el mar, no lo es tanto que con apenas 14 años se embarcó en un ballenero que capitaneaba el estadounidense William Smyley, quien fue algo así como su padrino náutico. Las campañas de caza de ballenas duraban dos o más años, durante los cuales sólo se acercaban esporádicamente a tierra para reaprovisionarse de agua, leña y comestibles. En ese barco, Piedra Buena cruzó el Paso Drake y llegó a la tierra de Graham (hoy, península Antártica), lo que lo convierte en el primer argentino que estuvo allí. En cierta ocasión, junto a cinco compañeros, quedó atrapado con su lancha entre los hielos durante casi un mes. También es poco sabido que navegó por el río Paraná, transportando frutos del país. Bajo el mando de Smyley llegó a las Malvinas y llevó a cabo su primer salvamento, al rescatar a unos náufragos varados en un islote, frente a isla de los Estados; también participó del hallazgo de los restos de la expedición de Allen Gardiner en Puerto Español, en la isla Grande de Tierra del Fuego.

En 1854 viajó con su mentor a los Estados Unidos, donde permaneció más de tres años. Mientras estudiaba náutica en una academia de Nueva York, trabajó en un teatro que administraba Smyley, aprendió el oficio de carpintero de ribera y se familiarizó con la mecánica de instrumentos de medición. Se graduó como Piloto Naval y, después de navegar por el Caribe en un mercante, volvió a su país como primer oficial de Smyley en la goleta “Nancy”.

Casi enseguida, le compró ese barco al norteamericano y le cambió el nombre por el de “Espora”, para dedicarse a la caza de lobos marinos. Por entonces, las pieles de lobos de dos pelos alcanzaban cotizaciones muy altas en los mercados de Europa y China.  En 1859 remontó el río Santa Cruz hasta una isla ubicada a unos cuarenta kilómetros de su desembocadura, a la que más adelante dio el nombre de “Pavón” para conmemorar la victoria de Mitre sobre Urquiza. En ese lugar desértico se estableció con un almacén de ramos generales, practicando el trueque con los tehuelches, la ganadería menor y la extracción de sal. Así forjó una buena relación con los caciques Orkeke y Casimiro Biguá. El explorador inglés George Musters, que se alojó allí en uno de sus viajes, escribió que para los tratos comerciales “…se había establecido una tarifa moderada, con precios equitativos y que se observaban escrupulosamente, por la que se regulaba el trueque de plumas de avestruz y pieles”.

A partir de su amistad con Casimiro, pensó instalar una colonia argentina en la bahía San Gregorio, un paradero tehuelche sobre el estrecho de Magallanes. El presidente Mitre le prometió apoyo, pese a las restricciones que le imponían los tratados vigentes, en principio para instalar una baliza en cabo Vírgenes. Llegó a nombrarlo Capitán honorario (es decir, sin sueldo) de la Marina, y designó a Casimiro como “Cacique principal de San Gregorio y defensor de los territorios nacionales”; como tal, Biguá reunió a cuatrocientos jinetes en Pavón, jurando lealtad a la bandera argentina. Sin embargo, al desatarse el conflicto bélico con Paraguay la iniciativa no prosperó, por más que Piedra Buena había puesto allí una casilla. Tampoco su sucesor, Sarmiento, lo pudo ayudar, preocupado por no tensar demasiado la relación con el país trasandino. En esos tiempos, todavía había voces en Santiago que reivindicaban la existencia de un “Chile oriental” al otro lado de la cordillera.

La isla de los Estados fue otro ámbito en el que desarrolló una intensa actividad. Cazó pingüinos para fundir la grasa en un caldero, que él llamaba con cierta pompa “la fábrica”, y comercializarla como aceite. Levantó y mantuvo un refugio para náufragos, en el lugar donde muchos años después Lasserre construyó el famoso “faro del fin del mundo”. En el puerto natural conocido como “Penguin Rockery” (hoy Puerto Roca, frente a las islas del Año Nuevo) izó por primera vez la bandera argentina. En la Bahía de las Nutrias (Franklin) se fue a pique con su “Espora”, por lo que tuvo que construir un cúter, con el que volvió junto con su tripulación sana y salva a Punta Arenas. El investigador y museólogo Carlos Vairo situó los restos de la “Espora” en aquella bahía, y obtuvo “in situ” pruebas que demuestran que no la desguazó para hacer el cúter, sino que se arregló con la madera cortada en el bosque circundante. La construcción de esa embarcación sin planos, con pocas herramientas, en un par de meses y bajo condiciones extremas constituye sin duda una hazaña infravalorada.

Hay que decir que todo lo relatado lo llevó a cabo sin ayuda financiera del gobierno. Sólo para la interacción con los tehuelches de Casimiro se le enviaban “raciones” (harina, azúcar, yerba, tabaco y vajilla). Cuando en 1868 el gobierno argentino realizó las primeras concesiones de tierras en la Patagonia, lo que implicó un acto de posesión en la zona, el adjudicatario fue Piedra Buena: en reconocimiento a su labor de tantos años, recibió en propiedad la isla Pavón y la de los Estados.

Protagonizó numerosos salvatajes de náufragos, por los que recibió varias condecoraciones, entre ellas las del káiser Guillermo I de Alemania y la reina Victoria del Reino Unido. En cambio, nunca aceptó remuneración alguna por esas acciones, a contramano de lo que era costumbre aceptada en la época. Se casó en 1868 con Julia Dufour, natural de Buenos Aires, con quien tuvo cinco hijos: Ana Vicenta nació en 1869; Luis Miguel Pedro lo hizo dos años después; María Celestina, en 1873; Julia Elvira, apodada “La Negrita”, en 1876; y Luis José Pascual, en 1878. Se radicó con su familia en Punta Arenas, donde instaló un comercio de venta de materiales navales y otros artículos. Sus relaciones con las autoridades magallánicas fueron complejas; no estuvo a salvo, además, de la calumnia y la maledicencia, tanto en Chile como en la Argentina, en el contexto de la situación política y diplomática vigente.  Su esposa Julia pasaba largas temporadas sola mientras él estaba navegando, por lo que debió soportar muchas situaciones desagradables. Es cierto que no era bueno para los negocios, a los que antepuso siempre otros valores. No obstante, se hizo allí de buenos amigos. Uno de ellos fue José Nogueira, un portugués que se convirtió con los años en un poderoso empresario, rival y luego pariente político (se casó con Sara Braun) de José Menéndez. Con este último, Piedra Buena tuvo una relación áspera, ya que el español fue enviado por sus empleadores de la casa Etchart y Cía. para cobrarle una antigua deuda que él no estaba en condiciones de afrontar. Finalmente, Menéndez se hizo cargo de ese pasivo a cambio del negocio, tras lo cual se instaló con su esposa María Behety y sus hijos en la ciudad, para dar comienzo a su actividad empresarial en la región. Por el contrario, Nogueira lo ayudó siempre y le pagó un buen precio por su cúter cuando el argentino decidió liquidar todo para radicarse otra vez en nuestro país. Un dato interesante es la elogiosa opinión que mereció su desempeño de parte de historiadores chilenos tan respetados como Armando Braun Menéndez y Mateo Martinic Beros.

Una vez en Buenos Aires, fue incorporado a la Marina de Guerra. En 1878, el mismo año en que falleció su esposa víctima de la tuberculosis, se le confió el comando de la corbeta “Cabo de Hornos”, que funcionó además como escuela naval bajo su dirección. En ese barco, tres años más tarde, trasladó al sur a la Expedición Científica Argentina dirigida por el italiano Giácomo Bove. Meses después de regresar a Buenos Aires debió pedir licencia, ante el agravamiento de una cirrosis por la que murió en esa ciudad, el 10 de agosto de 1883. Los tres hijos que le sobrevivieron (Ana, Celestina y Luis José) fueron adoptados por su suegra; por gestión de su cuñado Juan Richmond, casi un año después se les asignó una pensión equivalente al sueldo de Teniente Coronel de Marina, grado que tenía Piedra Buena al fallecer. Su funeral contó con la presencia de autoridades del gobierno y la Armada, la tripulación de la “Cabo de Hornos”, y contemporáneos que lo apreciaban y admiraban, como Francisco P. Moreno y Ramón Lista. Desde “La Nación”, Bartolomé Mitre lo despidió con una sentida nota editorial, donde indicaba que “la pasión de su vida fue asegurar para la patria los vastos territorios del sur”, y agregaba: “Es un hecho histórico que a los trabajos del comandante Piedra Buena y a su patriótico anhelo se debe, en parte, la reivindicación de los territorios australes, sobre los cuales fue el primero en llamar la atención”.

 

(Las fotografías que ilustran esta nota son gentileza del sitio Histamar (www.histamar.com.ar)

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