miércoles 11 de diciembre de 2019 - Edición Nº749
Dar la palabra » Cultura » 14 nov 2019

Territorio y desarraigo

La prisión de Ushuaia (Por Carlos Zampatti)

"¿Cuál es el deporte predilecto de los que viven en Ushuaia? Irse. Sí señor. Los que pueden, en diciembre se van y no vuelven hasta que comienzan las clases. Y después sobreviven como pueden hasta las próximas vacaciones, donde nuevamente escapan casi con desesperación. La vida está, para esta gente, en otro lado, no acá".


—Ushuaia es una prisión —dijo el hombre que Ítalo Visentini tenía sentado frente a él en el bar de esa esquina céntrica.

Los dos hombres aparentaban la misma edad a pesar del abismo de quince años que los separaba. Mientras Ítalo había envejecido a una velocidad superior que la del calendario, el porte atlético del otro desmentía sus años.

—¿Me perdona? —le había dicho un rato antes el hombre mientras se sentaba en su mesa—, soy Negrín. Claro, usted no lo sabe porque no es de acá: en esta ciudad todo el mundo me conoce. Hace un tiempo que lo veo sentado, solo, como deseando tener a alguien que le cuente historias. ¿Me equivoco? —y sin esperar respuesta, continuó—; pues bien, yo tengo muchas historias para contar.

Así comenzó ese casi monólogo. Ítalo lo dejó hacer, no tenía ordenados los pensamientos y pensó que una forma de elaborarlos mejor era tomar distancia con ellos. Y ese hombre que estaba frente a él podría, tal vez, ayudar a alejarlos por un momento.

—Yo navegué los siete mares del planeta —le había dicho después de sentarse—. ¡Vaya si he juntado historias! Siempre de marinero ¿eh?, o alguna especialización menor. Barcos mercantes, exploradores, de investigación. Tengo quince campañas antárticas en un barquito científico que durante muchos años se aprovisionó en Ushuaia. Si sabré lo que es el frío y la soledad. Fueron muchos años; hasta que me cansé del mar y acá recalé.

Ítalo comenzó a mirarlo con atención. Tenía todo el aspecto de un viejo lobo del mar: una descuidada barba blanca de varios días y un gorro marinero de lana fuera de lugar en esa tibia mañana de enero. En su rostro las arrugas parecían haber sido cinceladas tanto por soles tropicales como por las terribles tempestades del Drake.

—Yo me llamo Ítalo, estoy en esta ciudad por un tiempito, nomás. ¿Usted hace mucho que vive acá?

—Quince años. Ayer nomás. O una eternidad, según de qué lado del arraigo se mire.

“¿Marinero?”, pensó Ítalo, “éste no habla como un simple marinero”.

—¿Sabe lo que tenía de bueno haber sido marinero? —dijo Negrín, como leyendo sus pensamientos—, que a uno le quedaba mucho tiempo. Y por eso me la pasaba leyendo, hablando con gentes en los puertos, conociendo sus historias, navegando en los, a veces, turbulentos mares de las confidencias. En fin, no perdí el tiempo.

Siguieron charlando vaguedades un buen rato, hasta que, imprevistamente, Negrín dijo aquello:

—Ushuaia es una prisión.

Ítalo arqueó las cejas y su tácita pregunta no pasó desapercibida.

—Mucha gente acá lo siente así. ¿Ve las montañas que circundan la ciudad? Ésas son las rejas para ellos. Aunque no lo digan, aunque no lo sepan, así lo sienten en alguna parte de su ser. ¿Conoce Río Grande?

—Sí, apenas; de pasada nomás.

—¿Vio que es una típica ciudad patagónica?, de horizonte plano, extendido y remoto. Bueno, si usted le pregunta a alguien de Río Grande si le gustaría vivir en Ushuaia, le diría que no, que siente que las montañas lo sofocan porque le esconden el horizonte y le quitan el aire. Cuando escuché esto por primera vez, supuse que era sólo una excusa exacerbada por la pica entre las dos ciudades. Pero una vez, hace no mucho, me di cuenta de que era más que eso.

Hizo una pausa para saludar con la mano a alguien que pasaba por la vereda y continuó.

—Fue cuando estuve visitando a unos amigos que tienen un hotelito en Cortina D’Ampezzo, en medio de los Alpes italianos. Un lugar celestial. Charlando con la esposa de mi amigo, una tana caderuda de más o menos mi misma edad, me contó que a ella no le gustaba mucho ese lugar porque extrañaba su Venecia natal. “Claro, me imagino, esa ciudad con tanta historia”, le dije; y ella me respondió “No. No es sólo eso. Aquí las montañas me asfixian, es como si me faltara el aire. No puedo ver el horizonte marino de mi Venecia”. ¡El mismo argumento que los riograndenses! O sea que ése no era sólo un invento de la paranoia cordillerana reinante entre estas ciudades, sino que se da habitualmente en quienes vienen de la llanura. No sólo acá sino también en Cortina. Y, quizás, en todo el mundo.

El hablar lento pero enfático y expresivo de Negrín fue ganando la atención de Ítalo, sorprendido por la idea de la asfixia y la falta de horizontes. Sin agregar palabra, lo dejó continuar.

—Pero la cosa no termina allí, porque la anécdota de Cortina me hizo reflexionar. En esta ciudad casi todos somos migrantes internos de la Argentina, y la mayoría venimos de los grandes centros urbanos: Buenos Aires, Córdoba, Rosario… ¿Qué tienen de común estos lugares? La llanura. Las pampas chatas. El horizonte lejano e inasible. ¿Qué le pasa a esta gente cuando migra a la montaña? Pues se sofoca. Siente que vive en una prisión cuyas puertas se abren una vez al año a fines de diciembre, cuando todos parten, ¡huyen!, alocadamente, por aire, por mar y por tierra en busca del horizonte perdido. Van hacia el aire que les resulta esquivo en este rinconcito.

Negrín pidió una nueva cerveza y continuó.

—Ushuaia por eso no dejó nunca de ser una prisión, por más que Perón haya cerrado el viejo presidio en el ’47. Durante casi medio siglo la cárcel estuvo en este lugar después de que la desmantelaron en la Isla de los Estados. Allá sí que era imposible vivir por las constantes tormentas, las lluvias diarias y el suelo invariablemente húmedo. Éste era el lugar perfecto para una cárcel, porque, claro, ¿quién se iba a escapar de acá? Ni siquiera hubiera sido necesario construir el penal pues esta isla constituía el verdadero calabozo: las rejas eran las montañas, las heladas aguas del Canal Beagle, los bosques impenetrables, los inmensos turbales infranqueables.

Tomó un largo trago de cerveza y continuó:

—Nadie se pudo escapar de la isla. Solamente Radowitzky, aquel famoso anarquista que mató al comisario Falcón. Pero lo logró porque sus camaradas habían contratado al único que podría sacarlo por mar, a Pascualín, el famoso pirata de Magallanes. Así y todo, finalmente lo agarraron los chilenos cerca de Punta Arenas. No, mi amigo, nadie se pudo escapar cuando estaba la cárcel, por más que todos querían huir: presos y carceleros. Porque es curioso, usted habla con viejos pobladores y muchos dicen que son descendientes de los guardiacárceles, pero nadie de los presos, ¿es que ningún preso se quedó después de cumplir su condena; no hay descendientes de presos en esta ciudad?

Sus ojos chispeantes resultaban más mordaces que sus palabras. Se permitió sólo una exigua pausa.

—Pero aun así, todos, o casi todos, se sienten presos acá. ¿Cuál es el deporte predilecto de los que viven en Ushuaia? Irse. Sí señor. Los que pueden, en diciembre se van y no vuelven hasta que comienzan las clases. Y después sobreviven como pueden hasta las próximas vacaciones, donde nuevamente escapan casi con desesperación. La vida está, para esta gente, en otro lado, no acá. Y la muerte también, porque la gente no muere en esta ciudad. Vaya usted al cementerio y verá que el número de enterrados allí es minúsculo respecto a la población. Y en relación hay más muertos jóvenes que viejos. Los únicos viejos enterrados en el cementerio son los viejos pobres, los que cuando se jubilaron no pudieron vender su casa para comprar algo en Buenos Aires, Córdoba, Madryn o Mar del Plata. Los viejos con algo de plata mueren en otro lado. Se fugan en pos de un poco de sol. Porque, créame, aquí no jode tanto el frío sino la falta de calor, que no es lo mismo. Tal vez no lo entienda, para eso debería vivir unos años acá. Por eso en Tierra del Fuego no hay folklore, porque no hay viejos. O hay pocos, como le dije. Porque al no haber viejos, ¿quiénes trasmiten las creencias a sus hijos o sus nietos, las viejas canciones de cuna, las comidas, la cultura en una palabra? Aquí ya nadie se acuerda de cómo era la vida de la aldea hace cincuenta años. La inmigración le pasó por encima a la memoria, como una aplanadora.

—¿Y a usted —preguntó Ítalo-, Ushuaia no le resulta una prisión?

—¿A mí? —remarcó—, no. Yo soy un representante de ese minúsculo grupo que, aun pudiendo elegir otro lugar, decidió dejar sus huesos en este rinconcito frío y húmedo. No sé. No me pregunte por qué; quizás porque anduve cuarenta años por todo el mundo, como escapando, que decidí hacer el camino inverso: venir a la prisión. Me siento protegido por estas montañas, más que encerrado. ¿Que éste es un clima de mierda? Y sí, pero se convirtió en mi hábitat cuando hace muchos años recalé detrás de una pollera. Hasta que un día ella me dijo eso. “No puedo quedarme más en este lugar, Negrín; para mí es como una cárcel”, y se fue. Se escapó. Me dejó. Y yo elegí quedarme en esta prisión. Pero mire amigo, creo que es en vano irse de esa manera. Ya lo dijo aquel poeta: “Como el que se prende fuego andan los presos del miedo, de nada vale que corran si el incendio va con ellos”. Cada uno tiene su propio incendio, no sé cuál será el suyo, pero el incendio, amigo, hay que apagarlo dentro de uno. Y, bueno, si no se puede, qué sé yo, es cuestión de tratar de aprender a convivir con él. Por aquello de que si no se puede con el enemigo, etcétera, etcétera, ¿no? ¿Qué opina?

Ítalo se quedó mirándolo un largo rato. El hombre que tenía enfrente, el viejo lobo de mar, se entregó a la placidez de la degustación de la cerveza que había aguantado espumosamente el fin de su relato. Sus ojos entrecerrados parecían haberse detenido en vaya uno a saber qué inasequible puerto de sus recuerdos. Quizás no esperaba respuesta a su última pregunta; quizás ni siquiera había sido una pregunta sino una forma de culminar la frase. O la conversación. Ítalo no se detuvo mucho a pensar en ello, pero igual se tomó un buen rato antes de decir algo.

—Pues yo tengo demasiados incendios dentro de mí. Ya he renunciado a apagarlos todos, aunque estoy acá para ver si puedo rescatar algo entre los rescoldos de uno de ellos. Quizás el más doloroso.

—Mire, amigo, no voy a cometer la impertinencia de preguntarle sobre eso, pero es bueno que se haya decidido.

—Al igual que usted —continuó Ítalo luego de un corto silencio-, también vine a Ushuaia por un asunto de polleras. Pero distinto.

—Un viejo amor –comentó Negrín, sin preguntar.

—Un viejo amor. Filial.

—¡Vaya! Una hija.

—Que hace muchos años perdí.

 

(*) Fragmento de la novela "Nuestro hombre en Ushuaia", escrita por el autor.

 

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