jueves 12 de diciembre de 2019 - Edición Nº750
Dar la palabra » Cultura » 1 jun 2019

El newsletter de Pablo

Un rosario colgado del espejo retrovisor (Por Pablo Nardi)

Llegué, la presentación estaba en la mitad justa, no me había perdido gran cosa. Nadie me puteó, al contrario, estaban todos muy amables, realmente amables, quizás demasiado. Para ser sincero, casi diría que agradecieron el retraso, lo cual me hizo levantar algunas sospechas de cuán agradable soy en persona.


Estimados:


Hola.

Así es: hola.


Para quienes no saben, y creo que no lo sabe casi nadie, no por ignorancia sino por indiferencia, lo cual me recuerda a ese lejano dicho que era, creo, algo así como que no hay peor ignorancia que la indiferencia, en fin, les decía, seguramente pocos sepan que, y ahora sí lo digo a pesar de toda esta maleza de comas saereanas, organizo un ciclo de lectura y música que se llama, por si no lo recuerdan o no lo saben, Quemar las naves. 

Costó atravesar ese párrafo, no lo nieguen. A mí también me costó, así que ya tenemos algo en común, ya generé la suficiente empatía como para que me acompañen en esta ardua confesión que en cierto sentido estoy prologando. 

La cuestión es que ayer, jueves 21 de febrero de 2019, se hizo la tercera edición de Quemar las naves en Córdoba 5217 (CABA). Es en un centro cultural hermoso que se llama La casa del árbol. Al fondo hay un barcito y al frente hay una librería con editoriales independientes, etc. Por razones estrictamente personales que no vienen del todo al caso, tuve que hacer un viaje urgente a La Plata después del mediodía. El evento era a las 19 horas, y yo terminé mi Asunto Personal a las 18. Para quienes no saben, y ahora es seguro que quienes no lo saben no es por indiferencia ni desidia sino por ignorancia plena y dura, La Plata queda a más de una hora y cuarto en colectivo de larga distancia (vale aclarar que el expreso cuesta $105, lo comprobé a la ida, y el lento cuesta $60, lo comprobé a la vuelta*).
El Asunto Personal me requirió hasta pasadas las 18 horas. Yo sabía que en Capital me esperaba Quemar las naves: había artistas a los que yo había invitado personalmente y me parecía una falta de respeto absoluta no estar ahí con ellos, además de que otra organizadora también faltaba porque está en medio de un viaje iniciático por el norte argentino, y por lo tanto todo quedaba en manos de una sola organizadora (en total somos tres). El Asunto era tan personal que a pesar de que tenía acceso a un reloj que me indicaba la hora de irme, no podía hacer nada más que atender el Asunto. Una vez liberado, me sentí más prisionero que antes. Suena paradójico, pero en el fondo tiene sentido: un prisionero solamente puede sentirse prisionero en la medida que tiene libertad para autopercibirse como tal. No en vano, en 1984 el horror absoluto llegaba cuando los sujetos se alienaban por completo y ya no podían pensarse a sí mismos como alienados**. 
Eran las 18:15. No solo tenía la hora y monedas para llegar a Capital que tarda el viaje, también me faltaba llegar a la parada y esperar el micro. El Asunto Personal me había impedido tomar siquiera un vaso de agua en toda la tarde, moría de hambre y sed. La parada del 129 estaba al lado de un kiosco, pero ya sabemos cómo es esto: basta entrar en el local y que el cajero se ponga a contar el cambio para que llegue el colectivo. No valía la pena arriesgarme, no si Quemar las naves me esperaba en algún lugar de la avenida Córdoba. Mandé un mensaje pidiendo disculpas, no sabía cómo articular mi discurso para que sonara lo más leve posible. Desanimado, triste, tuve una especie de deja vu. Cayó de golpe como un bloque, como cuando de repente uno recuerda lo que soñó. Reviví una sensación lejana, escondida, pero no pude identificar a qué situación del pasado correspondía. Era yo llegando tarde a un lugar en el que mi presencia era indispensable, era mi llegada tarde y el perjuicio, un verdadero perjuicio, a quienes dependían de mi asistencia. Era el eco de alguna situación traumática cuyo origen no pude detectar. 

Ya en el micro, traté de hacer memoria. Más de una vez, cuando tenía entre once y diecisiete años, había llegado tarde a partidos de campeonato y me habían puteado. Había llegado tarde a rendir finales, a entrevistas de trabajo. Un caso extremo fue cuando había organizado mi cumpleaños y, después de una serie de cuestiones, falté. Ni siquiera eso me había importado tanto; a fin de cuentas, no es nada raro que la gracia de ciertos homenajes resida en la ausencia del homenajeado. 
A todo esto, me llegaban mensajes al celular de si ya estaba cerca, cuánto faltaba, yo contestaba como podía y transpiraba. Una de mis fuentes me dijo que ya había empezado el evento y que una de las performances había sido extraordinaria. Le pregunté si había ironía en ese adjetivo; nadie salvo yo y las personas mayores de sesenta años usa esa palabra sin ironía. 

No, contestó. No es irónico, dijo, odio la palabra extraordinario porque es anticuada y fea, pero es la única palabra que describe lo que está pasando. Fue realmente extraordinario. Yo quedé feliz y herido: feliz porque amo la palabra extraordinario, no pude evitar sonreír, pero herido porque reviví las miles de veces que cuando falté a algún lugar todo había sido genial. En ese preciso momento estuve lo más cerca de recordar el trauma: había algo relacionado a que por mi ausencia, la chica que me gustaba -quizás era mi pareja- había conocido a otra persona -muy probablemente amigo o conocido mío- y había pasado algo, ese algo era terrible y se había producido gracias a que yo había faltado. No pude saber más que eso.

Cuando llegué a Capital eran las 20 hs. Bajé en el obelisco y tomé un taxi. -Vamos a Córdoba 5217 -le dije al taxista. El tipo, un hombre de rulos y ojos saltones, arrancó sin decir palabra. 

Todos los semáforos que se extendían a nuestro horizonte estaban en verde. Al fin una buena, pensé. Sin embargo, el taxista aceleraba y frenaba, daba volantazos. Lo miré de costado y vi que se dormía. 

-¿Cómo viene la tarde? -pregunté con voz firme. 
-... tranquilo… -balbuceó a duras penas. Demasiado tranquilo, pensé. 
No tengo carácter para decir la verdad, así que simulé un cambio de planes, al final “la fiesta” era en Córdoba y Jean Jaures, casualmente la esquina en la que estábamos. 

Me bajé. 

Subí a otro, esta vez el taxista era enorme y católico, quiero decir realmente católico. Tenía un rosario colgado del espejo retrovisor, en cada cuadra lo agarraba y murmuraba algo, quizás una oración. No hay nada peor que una persona religiosa hasta el fondo, nunca se sabe qué es capaz de hacer. Decidí que si me preguntaba, iba a decir que era católico pero no practicante del todo. Eran las 20:25, me llegaban videos de las lecturas, de la música. 

Tengo alguna que otra noción de procedimientos narrativos, sé que si llevé el relato hasta este punto no puedo defraudar en el final  Pero me temo, amigos, que, como suele pasar en la realidad, el final es más simple de lo que promete la historia: llegué, la presentación estaba en la mitad justa, no me había perdido gran cosa. Nadie me puteó, al contrario, estaban todos muy amables, realmente amables, quizás demasiado. Para ser sincero, casi diría que agradecieron el retraso, lo cual me hizo levantar algunas sospechas de cuán agradable soy en persona, pero por suerte las mitigué enseguida.

Final feliz, etc. 

Si llegaron hasta acá, yo tendría que exigirles plata, o quizás ustedes tendrían que exigírmela a mí. Como sea, alguien tendría que pagarle a alguien (?). 

Este es el mail más largo que habrán recibido de mi parte. Algunos van a odiarlo, pero sé que otros lo sabrán apreciar. Si es el caso, pueden hacérmelo saber.

Saludos estrictamente cordiales.

Pablo.


*los prosistas más exigentes reclamarán que la fonética de “60” rima con “vuelta” y por lo tanto tendría que cambiar alguna de las dos palabras. A mi favor puedo decir que las letras no riman con números, salvo que el número esté convertido en palabra, y no es el caso. Ese 60 pertenece al orden de lo numérico, la Matemática, y los números se suman, se restan, se dividen, se descomponen, pero no se riman. Sin embargo, ustedes podrían replicar que el problema no es la rima entre 60 y vuelta, porque de hecho no riman del todo, sino que el problema es que dos palabras antes está “lento”, y se genera un efecto de encabalgamiento con “60” que luego no tiene más opción que resonar con “vuelta”, además de que, si lo examinamos en detalle, también “cuesta” rima un poco con “vuelta”. Si formularan esa réplica, yo solo podría responder una cosa: “chúpenla, giles”. 


**interrumpo el curso lineal del discurso para decir que siento mucho placer debido a las condiciones materiales en las que se escribe este texto. Después de días de calor asfixiante, se acaba de largar una lluvia realmente brutal. Todos la esperábamos. Tengo la puerta abierta y escucho cómo pegan las gotas contra el piso mientras pongo a calentar agua para el mate. Las hornallas están justo al lado del patio, de modo que siento algo parecido al límite entre civilización y barbarie: yo estoy adentro, matecito, textito, y siento cómo afuera golpea la Naturaleza. Por supuesto, usé la hornalla más cercana al patio. 

 

(Este texto pertenece a la serie de mails que envío más o menos una vez por semana a quienes cometieron el error de suscribirse (tinyletter.com/pnardi). Este mail en particular fue enviado el 2/3/19)

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

OPINIÓN