lunes 20 de mayo de 2019 - Edición Nº544
Dar la palabra » Política » 16 dic 2018

Último escándalo de la Magistratura

El silencio de la impunidad (Por Gabriel Ramonet)

Mataron la fe pública en las instituciones. Acribillaron la credibilidad de origen. La necesaria legitimidad que debe tener la selección de un juez de jerarquía, para que todos sus actos posteriores gocen de una imprescindible presunción de equilibrio y de equidistancia del poder.


¿Conoce usted que lee, a algún abogado de Tierra del Fuego?

Si se lo cruza, dígale, por favor, de mi parte, que es cómplice de uno de los peores escándalos de la historia judicial de la provincia.

Es posible que se ría, que no le preste atención o que se acuerde de mi madre.

No se haga problema. Usted y yo vamos a entender de qué se trata. Usted y yo sabremos, mientras que él hará todo lo posible para desentenderse del tema.

¿Conoce usted a algún funcionario del gobierno provincial, a algún legislador, a algún miembro del Poder Judicial?

Proceda igual que con el experimento de los abogados.

Representantes de todos esos poderes o corporaciones se han confabulado para protagonizar una de las matanzas más crueles de la historia institucional fueguina.

Mataron la fe pública en las instituciones. Acribillaron la credibilidad de origen. La necesaria legitimidad que debe tener la selección de un juez de jerarquía, para que todos sus actos posteriores gocen de una imprescindible presunción de equilibrio y de equidistancia del poder.

Piense esto. La base del sistema republicano es el control que un poder del Estado ejerce sobre el otro. La Legislatura sobre el Ejecutivo, la Justicia sobre ambos.

Hay muy pocos actos de la vida institucional donde esos poderes actúan en conjunto, para un único fin. No para controlarse, sino para actuar por sí mismos, para ejecutar sin que casi nadie, ni nada, los controle a ellos.

Ese punto de convergencia del poder real se llama Consejo de la Magistratura. Allí van los embajadores de cada corporación para elegir a los jueces que luego decidirán sobre la libertad y los bienes de las personas.

Y van en silencio. Callados. Inflados de poder. La máxima manifestación de la impunidad es el silencio. Hacer sin dar explicaciones, sin ser cuestionado, sin pagar costos. Eso es tener poder.

No conozco al abogado Daniel Sacks. Jamás lo vi en persona. Hablé con él por teléfono, una sola vez. Me dicen que es un gran profesional. Y yo les creo. Como también es posible que pueda ser un buen juez de cámara en la Sala Civil y Comercial de Ushuaia.

Pero no se trata de personalizar en Sacks, sino de analizar su llegada al cargo.

No puede alguien que fue integrante del Consejo de la Magistratura, y que participó como jurado del concurso para elegir un puesto de camarista, ser parte de la decisión de dejar vacante un cargo, y a los pocos meses presentarse como candidato para ocupar ese mismo cargo.

No se puede porque queda flotando la idea de que se aprovechó de la función para tejer contactos, tentarse con las mieles del poder, y luego dejar la silla vacía para venir a ocuparla más tarde.

No importa si eso es verdad o mentira. La duda es el pecado original que jamás podrá lavarse.

Si además, el mismo abogado es asesor rentado del legislador que después te termina votando.

Si además, el mismo abogado compartió estudio jurídico con otro legislador que también te termina votando.

Si además, el único consejero que no te vota, es porque prefiere votar a su propio subordinado en el organismo donde trabaja.

Entonces se va configurando un paso de comedia que haría reír a carcajadas al auditorio de cualquier vodevil, pero que da ganas de llorar cuando uno comprende que es una historia real, sucediendo en la provincia donde todos simulamos que funcionan las instituciones.

De todas formas, nada de esto es lo más importante. Nada nuevo bajo el sol.

Lo más trascendental de esta historia, es lo que no ocurrió.

Lo más escandaloso es el silencio.

Porque esto sucedió delante de las caras de los representantes de los abogados de toda la provincia, que no fueron capaces de levantar la mano para decir: señores, esto no está bien. En nombre de los intereses que represento, no puede ser.

Y se callaron los consejeros abogados y todos los que se enteraron de esta maniobra y prefirieron mirar para otro lado, a ver si mañana me toca litigar en la Cámara de Apelaciones.

Y se callaron los representantes del gobierno, y los legisladores que, como en uno de los casos, me dio su palabra de que no avalaría este escándalo. Y yo le creí.

Y se callaron los máximos representantes de la Justicia. Sí, de la Justicia. Aquellos que por su rol, por la inamovilidad de su cargo y por la intangibilidad de su salario, se supone que deberían tener algunas garantías extra como para no volverse genuflexos del poder.

Hay una especie de mecanismo de defensa ante la corrupción propia. Nadie se cree a sí mismo corrupto. A todos los que acabo de aludir, si se les preguntara individualmente, tendrían justificaciones de lo más válidas. Que el sistema es así, que no se puede enfrentar a los “poderosos” en soledad, que ese fue el mal menor, que para vos es sencillo porque no estás sentado acá, que no es fácil gobernar esta provincia y que los demás “son una mafia” incorregible.

Silencio.

La línea plana del tiempo.

Escúchenlo.

Es un silencio a gritos.

Nadie va a decir nada de esta nota.

Es mejor así.

Callar hasta que el silencio nos perdone a todos.

 

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