martes 13 de noviembre de 2018 - Edición Nº356
Dar la palabra » Cultura » 19 oct 2018

Historia de Tierra del Fuego

A un siglo de la gran fuga (Por Carlos Zampatti)

Faltaba una semana para el noveno aniversario de su crimen a Ramón L. Falcón. También para su reclusión en solitario, a pan y agua, por veinte días, como había dictaminado el juez que lo condenó. Esta vez no iba a ser así. Había decidido, desde mucho tiempo atrás, que el próximo 14 de noviembre ya no sería el penado 155.


-¿Y, 155; qué pasa hoy que estás tan apurado para el desayuno?

El aliento agrio del celador, mezcla de tabaco negro y mala digestión, cacheteó el rostro de Simón Radowitzky. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para disimular su repugnancia. No quería, no ese día, ir a parar a la celda oscura. Tenía otros proyectos para esa jornada.

Era el 7 de noviembre de 1918. Hacía exactamente un año que los bolcheviques habían asaltado el Palacio de Invierno de Petrogrado, iniciando un nuevo capítulo en la historia del siglo XX. Ya nada sería igual. Radowitzky, debido a su aislamiento, probablemente nada sabía sobre la caída del zarismo. Él, que había escapado de su Rusia natal para no dar con sus huesos en un campo de trabajos forzados en la Siberia zarista, hacía 2.795 días que estaba recluido en la Siberia argentina. Éste sería el último, se dijo. Faltaba una semana para el noveno aniversario de su crimen a Ramón L. Falcón. También para su reclusión en solitario, a pan y agua, por veinte días, como había dictaminado el juez que lo condenó. Veinte días seguidos, cada año, a perpetuidad, a partir del 14 de noviembre.

Esta vez no iba a ser así. Había decidido, desde mucho tiempo atrás, que el próximo 14 de noviembre ya no sería el penado 155. Ese día estaría libre o, en todo caso, muerto; pero jamás detrás de estos muros.

Sí, estaba impaciente. Cuando a las cinco de la mañana la campana reverberó en el helado silencio del pabellón número cinco, Simón ya estaba levantado. El taconeo de los guardiacárceles, en su recorrido cotidiano desde la rotonda hasta el martillo, se superponía con las toses tísicas y las protestas de los demás penados que se levantaban pesadamente. Cuando se abrió la puerta de su calabozo, Radowitzky estaba con el zambullo en la mano a la espera de la orden de ir al baño a vaciarlo. Hilos de sangre arremolinaban el orín.

A las siete, desayudado y aseado (¡aseado!) ya estaba en el taller de hojalatería donde el celador Pedro Musso, un joven de veintitrés años, lo esperaba junto a otros siete penados para asignarles las tareas del día. Pidió permiso para ir al baño antes de comenzar su jornada. Se lo otorgaron con un gesto de condescendencia. Dentro, luego de encerrarse, tanteó detrás del inodoro y, con alivio, palpó lo que había dejado el día anterior: un traje de guardiacárcel que había armado durante muchos meses con retazos de los descartes que periódicamente mandaban al taller para ser usados como trapos. Un día una manga, otro una pernera, después otra parte del saco. Todo servía para ir armando con paciencia infinita el atuendo en una especie de pachware dislocado.

Se lo puso.

Cuando salió del baño sabía que esa vestimenta no engañaría a nadie que lo observase de cerca, pero quizás a la distancia no se vería tan mal. Una capa, más oscura que el traje, le cubriría las partes de éste que no habían quedado bien. Una gorra, con visera reconstituida con un pedazo de cuero negro, completaba la indumentaria.

Al comprobar que no lo observaba nadie, aprovechó una ventana abierta y saltó hacia el exterior con una agilidad que parecía desmentir los nueve años de postración carcelaria. Tuvo que franquear un acopio de troncos que ante su peso pareció que iba a desmoronarse, pero no lo hizo. Miró a su alrededor para confirmar que nadie lo había visto. Quizás se imaginaba que un penado amigo suyo, Filomeno Ferro, a quien le había confiado sus planes, desde el taller seguía las alternativas de reojo, tratando de no llamar la atención de nadie.

Radowitzky giró hacia la izquierda, en dirección a la costa, y sorteó otra pila de leña. A lo lejos, el español Miguel Ramírez, penado 116, mientras intentaba levantar una raja para llevarla a trozar en la carpintería, observó al extraño guardiacárcel que creyó ver saltando desde una ventana del taller de hojalatería. Le llamó la atención sobre todo la capa, en exceso arrugada, que le tapaba parcialmente la cara. No pudo reconocerlo; quizás ése haya sido el motivo por el cual no hizo ningún comentario posterior.

El fugado continuó su marcha en forma presta, aunque sin correr. Llegó a las vías que venían del galpón de las locomotoras y siguió la línea de los rieles en dirección al muelle. No pudo evitar pasar cerca de la garita número dos sin que el guardia, Julián Fidalgo, lo viera. Simón levantó el brazo en un vago saludo, con el cuerpo tremolado a la espera de la voz de alto. Recién cuando pasaron cincuenta metros, al no escuchar orden de detención, respiró aliviado. Sólo le faltaba sortear un sembradío de hortalizas, a la altura del galpón de las locomotoras, para llegar a la calle que, doblando a la derecha, lo dirigiría al pueblo.

Aceleró el paso y tres cuadras más adelante decidió subir hacia la montaña. A la altura de lo que es hoy la calle Gobernador Paz comenzaba el bosque y amparado por su protección, se dirigió nuevamente hacia el oeste, paralelo a la costa. No escuchaba ninguna sirena, ningún grito, ni tampoco observó movimientos nerviosos que indicaran que había sido detectada su fuga. Luego de poco más de un kilómetro de recorrido, bajó por un cañadón sin darse cuenta que embocaba en el cementerio. Allí, el guardia Ángel García, al mando de un grupo de penados que guadañaba los yuyos alrededor de las escasas tumbas, lo observaba fusil en mano. Paralizado, levantó el brazo en un medroso saludo. Luego de unos interminables segundos, el guardia se lo retribuyó con el brazo en alto, dio media vuelta y continuó vigilando los penados.

Prosiguió faldeando el cañadón, evitando acercarse al cementerio. Trescientos metros más adelante, con la seguridad de que estaba fuera del alcance de la mirada del guardia, bajó la rampa para retomar el camino hacia la costa. Allí se encontró con un sembradío. Los hermanos José y Manuel Padín aprovechaban la bonanza climática de ese día y estaban trabajando en su quinta, en lo que ahora sería parte de la plaza Piedrabuena y el hospital regional.

-¡Ey! ¡Mire por donde camina, hombre! —le dijo uno de ellos—. Allí está todo sembrado con papas.

Radowitzky se detuvo sobresaltado, no había advertido la presencia de esos hombres. Uno estaba a unos cincuenta metros de él, el otro más lejos, cerca de la bahía. Éste es el final, pensó, me van a reconocer y aquí termina mi fuga.

-Vaya más arriba, más pegado al barrancón —continuó José Padín—, por ese lado no hay nada sembrado.

-Bueno, gracias —repuso el fugitivo—. Voy apurado hacia… el viejo presidio militar en busca de un penado.

Padín dejó la herramienta de labranza en el suelo y quedó contemplando ese extraño guardiacárcel que se cubría parcialmente la cara con una capa más oscura que el haraposo traje. Diez minutos más tarde, sobre el puente de madera que salvaba un curso de agua al que tiempo después denominarían arroyo Trucha o Buena Esperanza, vio cómo el guardiacárcel se encontró con un hombre con el que se detuvo a conversar brevemente.

Padín no lo sabía, pero ese hombre era Apolinario Barrera, unos de los dirigentes del diario anarquista La Vanguardia, de Buenos Aires. Había viajado hasta Punta Arenas para contratar a la única persona que podría sacar al fugitivo de la isla y llevarlo rumbo a la libertad: Pascualín, el último pirata del Beagle. Barrera y Radowitzky continuaron la marcha evitando el camino hacia el viejo presidio militar abandonado. Subieron la colina dorada con rumbo a la bahía de las golondrinas en donde los esperaba el cúter del ya célebre marino napolitano.

Pero esa es otra parte de la historia que alimenta la leyenda de la más famosa fuga perpetrada en el presidio del fin del mundo. O en la Siberia argentina, como la recordaría Simón Radowitzky en su posterior exilio en Montevideo, España y México.

Algún día, quizás no muy lejano, se escribirá la novela que habrá de narrar esa epopeya. Nos la debemos.

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