viernes 14 de diciembre de 2018 - Edición Nº387
Dar la palabra » Cultura » 29 jul 2018

El encanto del invierno fueguino  

Hablando del esquí (otra mirada) (Por Carlos Zampatti)

A pesar de que vivimos en una estrecha franja de tierra habitable entre el mar y la montaña, en una extraña cabriola solemos darles la espalda a ambos. Entre tantas otras cosas decidimos no practicar actividades como el esquí de fondo o el alpino por considerarlos prohibitivos desde los económico o lo físico. Pese a nuestros prejuicios, no se necesita ser joven y esbelto —ni siquiera freudiano— para practicarlo.


A pesar de que vivimos en una estrecha franja de tierra habitable entre el mar y la montaña, en una extraña cabriola solemos darles la espalda a ambos, como si no quisiéramos inmiscuirnos en el paisaje que nos contiene. Entre tantas otras cosas decidimos no practicar actividades como el esquí de fondo o el alpino por considerarlos prohibitivos desde los económico o lo físico. Pese a nuestros prejuicios, no se necesita ser joven y esbelto —ni siquiera freudiano— para practicarlo. Dos extractos de sendos libros míos hablan de ello.

 

Siete minutos de soledad 

(Fragmento de la novela Nuestro Hombre en Ushuaia)

 

Era una de esas mañanas de invierno en las que uno se reconcilia con el clima de Ushuaia.

Guillermo Uriarte sentía en el aire que la temperatura estaba muy por debajo de cero; probablemente cinco o seis grados: las ramas desnudas de los ñires, florecidas de escarcha, lo confirmaban. Sin embargo, el sol, apenas elevado por sobre las montañas del Martial y asociado con la ausencia total de viento, daba a ese frío glacial una cierta apacibilidad.

Dudó entre estrenar el nuevo par de botas negras de skating o utilizar las viejas y cómodas que lo habían acompañado fielmente los últimos años. Finalmente se decidió, se colocó la vincha, se calzó los anteojos y se ajustó los auriculares del MP3. Bajó de su auto para destrabar los esquíes y los bastones que estaban en el techo y aspiró con deleite una profunda bocanada de aire helado.

Subió los escalones que lo llevarían al refugio. Pagó el derecho de uso del circuito de esquí y caminó unos metros hasta llegar a la planicie en la que, bajo medio metro de nieve, reposaba, congelado, el turbal. Trabó la punta de su calzado en las fijaciones que le dejaban libre el talón y sintió la tenue adherencia de las angostas tablas sobre la nieve.

Dirigió su mirada hacia el sudeste, donde la costa de la Isla Navarino se elevaba por sobre la mansa horizontalidad del Canal Beagle. Entrecerró los ojos pensando en el deleite que le brindaría el goce de la helada soledad, lejos del padecimiento de las colas de los remontes en los atestados centros de esquí alpino.

Iba a afrontar la mejor oferta de Ushuaia para la práctica de ese tipo de esquí y se dispuso a disfrutarla: comenzó a deslizarse por la pista con un corto y enérgico empuje de sus bastones, acompañado con el impulso de sus esquíes.

Superados los primeros trescientos metros de terreno llano, sobrevino la primera trepada. El hombre la encaró sin disminuir la marcha. Luego de dejar atrás la estrecha lengua del bosque, la pista continuó sobre un helado turbal ascendente y tuvo que esforzarse para recorrer esos jadeantes trescientos metros. Sabía que al final de esa subida el esfuerzo se vería recompensado con el desahogo de un descenso. Al final del mismo, una veloz curva a la derecha lo obligó a aminorar la velocidad con un firme canteo de esquíes. El sendero entró en un bosque joven y enfermo y la pista se convirtió en una recta que habría de terminar en una bajada vertiginosa. Una vega helada, en cuyo centro invernaba un arroyo cubierto por varios decímetros de nieve, lo recibió con una bifurcación. Optó por la huella de la derecha y se dirigió al enorme turbal en donde aletargaban tres lagunas congeladas.

Después de un corto y suave repecho pudo verlo en toda su amplitud. El velo de niebla de no más de un metro de altura que cubría la planicie le confirmaba que el frío no era figurado. La atmósfera diáfana, sin embargo, lo impelía a continuar y antes de hacerlo seleccionó la música que habría de acompañarlo en la soledad de los siguientes siete minutos. La amilongada cadencia de un piano comenzó a insinuarse en sus oídos mientras demoraba su mutación por el fraseo que delinearía la mano derecha.

Volvió a deslizarse sobre la nieve. Bajo la suela de sus esquíes la nieve gruñía crocante, desgarrada por el peso y la fricción de las tablas. En los primeros cuarenta segundos el contrabajo entregaba mansamente su esencialidad a los otros instrumentos: es como el aire, pensaba Uriarte, sólo se siente cuando no está. Mientras el sol se filtraba sesgado en la nube de afilados cristales de hielo, el bandoneón dilataba una nota que vaticinaba la melancolía de los seis minutos restantes.

La pista, sin más marcas que las modeladas la noche anterior por la máquina pisanieve, le confirmaba que era el primero en utilizarla esa jornada. Deleite de madrugador pensaba mientras sus esquíes rasgaban el suave corderoy de nieve: su sordo quejido apenas se percibía como fondo del fraseo del bandoneón de Astor que exploraba lejanas soledades. Lejanas e inasibles como las que buscaba Uriarte en su inmersión en ese silencio blanco.

Adelante, hacia el oeste, la cordillera Darwin emergía soberbia sobre el macilento bosque de lengas. Las huellas poco profundas del esquivo zorrito de siempre volvían a cruzar el circuito notificándole, una vez más, su invisible presencia. Casi en el tercer minuto, al enmudecer el bandoneón, emergió el violín al tiempo que se enfrentaba con el acceso al Mirador. Declinó la tácita invitación y dobló a su derecha para continuar bordeando el bosque de lengas que le brindaba un reparo que, no obstante, ese día sin viento no necesitaba.

La dulzura del violín, acentuada por el contrapunto del piano, parecía insinuar la inexistencia de la soledad. Que su búsqueda era el pretexto para la exploración de las propias honduras: su cabeza y su corazón comulgaban en esa soledad.

Luego de unas curvas y contracurvas de suaves armonías, una bajada placentera lo recibió con su par de cientos de metros de suave y agradable declive. La guitarra de Oscar comenzaba a colarse sigilosamente cuando una curva muy cerrada lo obligó a esforzarse con sucesivos y nerviosos pasos de cambio para mantener el equilibrio.

El piano enmudeció para dar paso a un doliente contrapunto de cuerdas mientras los esquíes cubrían con habilidad decenas de metros por cada minuto. Por cada compás.

Un cartel le indicó que se encontraba en el lugar más frío del circuito. El sol, que proponía una frágil tibieza a las montañas circundantes, no llegaba a ese sitio y otorgaba más frialdad al diálogo de la guitarra y el piano.

La pista comenzó a gambetear un bosque de árboles gigantes que proyectaba una sombra fantasmal a la extenuante trepada que protegía. El turbal de los guindos, al final, recibió a Uriarte con un soleado respiro. Austera, la guitarra se desvaneció al adueñarse el piano del final de la frase con un vendaval de reiterados acordes. Los finísimos esquíes canteaban alternativamente en V para propulsarse acompasados con el bastoneo. Mientras la pista de esquí engarzaba los pequeños turbales en su blanco collar, el piano se retiraba definitivamente con un mordiente pizzicato.

Luego, una fuerte bajada lo introdujo velozmente en un bosque de guindos al tiempo que todos los instrumentos se desgarraban anhelantes.

Un desvío lo condujo, pendiente abajo, a la planicie de las tres lagunas, cuando en sus oídos reverberaba el lacerado final de sirenas mezclándose con el sonido que el viento producía por el rápido descenso.

Finalmente, el silencio.

Sin detenerse, Uriarte apagó su equipo de música. Ningún sonido debía interponerse al largo placer de la degustación.

 

Antes del sismo

Diálogo entre un instructor de esquí y su alumna

(Fragmento de la novela El Día del Sismo)

 

El sol va consolidándose en la atmósfera tersa de la fría mañana. Al asomarse hacia la derecha de la aerosilla, comienza a acariciar con su tibieza los distintos sectores del anfiteatro que, por encima de la cota seiscientos, son el núcleo vital del centro de esquí.

―Plausible lo tuyo, Fiorella. ―Pereda comienza a hablar con suavidad, como si no diera importancia al comentario anterior―. Siempre es bueno tener un objetivo que te exija superarte. Pero me traicionaría a mí si no te dijera ahora lo que siempre les señalo a mis alumnos: no es necesario ser el Maradona del esquí para encontrar el deleite supremo. Cualquiera puede lograrlo teniendo en cuenta un par de reglas básicas. En principio, lo verdaderamente importante es ser consciente de nuestros propios límites, saber hasta dónde llega nuestra aptitud para no correr peligros innecesarios. Éste es un deporte de riesgo, pero lo minimizaremos si aprendemos a no andar por las pistas o fuera de ellas a tontas y a locas. Claro que siempre puede haber un accidente, cosa que también te puede suceder cruzando la calle. Pero tener bien en claro nuestros límites nos permitirá disfrutar la nieve sin riesgos. Es cierto que aun los más experimentados se accidentan, pero eso sucede porque quien mejor esquía siempre lo hace al filo de la navaja, sondeando las fronteras de su propia aptitud; es entonces cuando una mínima distracción o falta de concentración desencadena el accidente. Por eso digo siempre que el verdadero goce de la actividad comienza a partir del momento en que uno sepa dominar las tablas lo suficiente como para doblar bien y descender en pistas de mediana dificultad.

Hace una pausa mientras su mirada se pierde en un esquiador que baja con mediana pericia el muro de la pista Cóndor, seguramente algún alumno suyo. Luego, continúa:

―La montaña está aquí, con sus nieves, sus bosques, sus incomparables vistas hacia el valle y a las otras montañas, todo servido en bandeja por la naturaleza. Sólo le falta el esquiador para que pueda contemplarla, fotografiarla, compartirla. La montaña te coquetea, te histeriquea, te desafía en un intento de hacértela difícil. Pero está ahí, siempre está ahí, esperándote. Te espera porque te necesita para mostrarse. La montaña es como una mujer hermosa: la mitad de su belleza depende de ella y la otra mitad de quien la mira. La una sin el otro no existen. Y el invierno, además, te permite navegar sobre la nieve deslizándote con armonía cuesta abajo en un combo perfecto: una danza irrestricta de endorfinas y una sensación de, casi, felicidad perfecta. Y ése es mi trabajo, darle al alumno las herramientas técnicas como para que pueda superar sus miedos, sus propias limitaciones, y brindarle la seguridad necesaria como para que disfrute a pleno de esta maravilla.

Fiorella, que lo había escuchado en total silencio, comienza a aplaudirlo pausadamente con sus manos enguantadas.

―Sí, ya sé, me fui de pico. Muchas veces me pasa ―dice él con resignación, mientras superan la estación intermedia y responde con un ademán al saludo del sillero que terminaba de ayudar a un esquiador a bajar de la silla precedente―. Merezco tu sarcasmo.

―No, Ganso. No me malinterpretes ―responde con entusiasmo y una mirada nueva, distinta, no ya distante―. Diste una cátedra magistral de amor a la montaña. Sigo aplaudiendo ―lo hace ahora con mayor entusiasmo―, y te lo agradezco profundamente: acabo de comprobar que no me equivoqué cuando te contraté. Sos el tipo ideal para lo que estoy buscando.

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