lunes 24 de septiembre de 2018 - Edición Nº306
Dar la palabra » Política » 18 jun 2018

El avance del movimiento feminista

Mujeres bravas de muñecas verdes (Por Guillermo Worman)

En Argentina, la mujer fue entrando de a poco en el llamado gobierno del pueblo. Su camino fue desde afuera hacia adentro, ocupando hoy lugares centrales y determinantes en la vida política actual. Pero aún falta. La mujer sigue viviendo postergaciones en un sistema que, sin medias tintas, debe incorporarlas y tratarlas como iguales; como lo que son.


Hay una corriente política que plantea que la idea central de la democracia es una amplia, furiosa, extendida y profunda deliberación de ideas. Con nombre y apellido, la llaman “Democracia deliberativa”. Se la valora por la trascendencia de llevar adelante debates robustos. Podría pensarse que se trata de una versión opuesta a la democracia facilista, de confort y donde la ciudadanía se sienta cómoda para ver cómo se producen los hechos que generan sus representantes.

Ante todo, es un formato muy dinámico y de ruptura, que valora enormemente la libertad de expresión. Incluso, parte del ADN de esta forma peculiar de percibir a la democracia se basa en ejercer el derecho a la igualdad. Todo lo contrario a lo que sucede con la democracia tradicional. ¿Qué otra cosa que cambios profundos vino a traer la democracia cuando se la comenzó a instaurar desde finales del 1700?

De esto trata lo que se produjo hace muy pocos días. Instalar un hondo debate sobre las posibilidades de la mujer en el siglo en que vivimos y, por sobre todo, cuál igualitarias son las condiciones en la democracia actual.

En Argentina, la mujer fue entrando de a poco en el llamado gobierno del pueblo. Su camino fue desde afuera hacia adentro, ocupando hoy lugares centrales y determinantes en la vida política actual. Pero aún falta. La mujer sigue viviendo postergaciones en un sistema que, sin medias tintas, debe incorporarlas y tratarlas como iguales; como lo que son.

Cuando comenzó, la democracia era un club chico, donde sólo entraba poca gente. Hombres blancos, letrados y propietarios de grandes extensiones y comerciantes exitosos fueron los primeros asociados a aquel selecto círculo. El 20 de febrero 1854 se produjeron las primeras elecciones presidenciales en el país y recién el 11 de noviembre de 1951 más de 3 millones de mujeres pudieron votar por primera vez. Sin dudas, llamar a eso una democracia machista no hubiera estado lejos de la realidad.

En sus respectivos momentos, cada logro siempre fue visto, en general, como un escándalo de ocasión. Que voten, que puedan estudiar, que puedan ser propietarias, que puedan ser electas, que puedan trabajar, que cobren lo mismo, que puedan decir que sí, y que puedan decir que no; que puedan decidir por ellas.

En este largo camino, que todavía no ha terminado, ahora se está debatiendo en el Congreso la autonomía que tiene la mujer sobre su propio cuerpo. Sí son dueñas de sus decisiones o no. Como si las mujeres pudiesen funcionar como incubadoras que laten.

Una metáfora mundialista: Todos conocemos cuál fue el resultado del partido de ida de esta final en plena efervescencia futbolística. Y ahora se jugará la final en el Senado.

Sin temas profundos que debatir, las democracias se venían volviendo, por momentos, una simple rutina intercalada por elecciones regulares. Pero la independencia, en cada una de sus formas, reoxigenó el sistema. En Europa, explotó con las autonomías: Catalunya, Escocia y Baviera instalaron esos debates. En nuestro caso, explotó sobre el grado de libertad que pueden poseer por derecho propio las mujeres sobre su propio cuerpo. En todos y en cada uno de los ejemplos, siempre les tiraron con el Código Penal. La amenaza de la sanción para quienes buscan ser cada día un poco más libres.

Algunos consideran bandidos a los ciudadanos de regiones que quieren independizarse y delincuentes a aquellas ciudadanas que quieren resolver sobre el destino de su cuerpo. Una inquisición sutil y modernizada, cargada de nuevas formas de ir contra aquellas mujeres que quieren cruzar las fronteras que les intentan imponer.

Como era de prever, las reacciones siguieron siendo las mismas. En cada ocasión en donde se debaten más derechos y mayores libertades, siempre se producen procesos de resistencia a estos tipos de cambios. Y siempre con parecidos o equivalentes argumentos.

Ahora bien, tras un largo tiempo de batallas políticas, sociales, institucionales y laborales (por ejemplo, una heladería de renombre fue condenada a contratar mujeres, ya que únicamente admitían hombres en su plantel), finalmente las mujeres lograron, por sí y a pesar de un sin número de prejuicios, saltar de espectadoras sociales a ciudadanas en pleno proceso de expansión.

Fue mérito de ellas. Tuvieron todo en contra. Principalmente les pusieron obstáculos en la base: sinrazones intelectuales, fanatismos y una cultura ancestral, profundamente machista.

Si se quiere, también se puede comparar que tuvieron que parir su propio crecimiento social y político.

A la mujer le costó, le cuesta y le seguirá costando construir nuevas reivindicaciones. Es la teoría de la ruptura y producción de reacomodamientos. En todos estos casos, desalojos de lugares históricamente ocupados por los hombres o mentalidades masculinas. Ejemplos hay por millares. Hasta cierto momento de la historia, todos los cargos políticos, de dirección empresarial y hasta de conducción deportiva estaban monopolizados por hombres.

Quién lee esta nota ¿cree que exagero con la afirmación? Por ejemplo, ¿cuántas dirigentes mujeres ocupan altos cargos de conducción sindical, cuando deben existir igual o mayor cantidad de trabajadoras mujeres que varones?

La crisis de representación política, en gran parte, tiene que ver con esto. El dilema que se produce cuando la sociedad siente o entiende que sus representantes no necesariamente los representan.

Hay muchas cuestiones para destacar. Desde ya, el fenómeno de movilización transversal que se vino produciendo en los últimos tiempos. Sumado a esto, el crecimiento de nuevos liderazgos, fenómeno que oxigena a la comunidad política. Un tercer logro es la resolución de conflictos a través de una vía institucional como sucede en el interior del Parlamento. Una ganancia más: una votación ampliamente fundada, en cada una de las argumentaciones que se produjeron. Los fanatismos, siempre presentes, quedaron claramente en off side, y fueron tanto cuestionados como ampliamente rechazados socialmente.

¿Por qué una mujer no puede resolver sobre el destino de su cuerpo y de su futuro? ¿Debe tener un hijo y volverse madre por una obligación? ¿No es, por el contrario, una clara opción soberana de una ciudadana que vive en un moderno sistema democrático de toma de decisiones individuales y colectivas?

Por lo pronto, a las mujeres les sigue tocando batallar cuesta arriba. Y, casi siempre, deben dar explicaciones que a los hombres no se les exigen.

Para lo último, destacar algo por demás importante: un extraordinario fenómeno de participación política juvenil que no se veía en Argentina desde la década del 70. Dentro y fuera del Congreso Nacional. En cada plaza, en los bares, en cada uno de los colegios o en cenas familiares. Entre ellas. Entre ellos. Es que el derecho a decidir movilizó a toda una sociedad. Y esto último es uno de los pilares de un sistema ideado para lograr mayor libertad individual y colectiva. Justamente, para eso mismo las democracias fueron reemplazando a los absolutismos.

Bienvenidos sean, entonces, todos estos intensos y furiosos debates en donde se discuten constantes ampliaciones de derechos.

Y que sean cada día más libres, más soberanas de sí mismas; construyendo sus nuevos espacios, ante un sector de la sociedad que sigue anclado en prejuicios de tiempos añejos que tienen que dejar de ser.

Y nunca dejemos de subestimar los miedos que se generan cuando se ponen en discusiones dos conceptos por los que se han dado todo tipo de batallas desde el comienzo de la humanidad: poder y libertad.

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