martes 17 de julio de 2018 - Edición Nº237
Dar la palabra » Urbanismo » 15 may 2018

Polémico informe de Telefé

 Veredas frías, veredas calientes (Por Pablo Sulima)  

Podríamos tener una discusión a nivel nacional respecto del uso de los recursos. Si los fueguinos queremos mantener el derecho a calentar nuestras veredas, también podríamos preguntarnos si estamos dispuestos a subsidiar el uso del aire acondicionado de forma similar en lugares cálidos: evitar descompensaciones por el calor puede ser socialmente tan necesario como evitar caídas peligrosas en el hielo. O por ahí sí podamos calefaccionarlas, pero sin que los demás tengan que financiar eso a través de sus impuestos.


El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges, Los justos

 

Karl Popper (no Julius, el genocida vernáculo que da nombre a una tienda también vernácula) fue uno de los filósofos más importantes y controversiales del siglo pasado. En el ámbito de la filosofía de la ciencia se lo recuerda por su obstinada defensa del falsacionismo, que consiste básicamente en decir que como lógicamente no se puede probar la verdad de una hipótesis pero sí su falsedad, la labor del científico consiste en justamente intentar rebatir sus propias ideas. En la medida en que una hipótesis resiste los intentos de falsación (dicho en criollo, se la banca), se la admite provisoriamente como parte del corpus científico, y sólo hasta que finalmente logre probarse su falsedad: a partir de allí se formulará una nueva hipótesis que correrá la misma suerte. Para Popper, ése es el secreto del éxito del conocimiento científico: la ciencia progresa porque siempre está dispuesta a deshacerse de todo aquello que, por bonito,  conveniente o reconfortante que parezca, no sobrevive a la prueba de los hechos.

Popper nos está diciendo que la misión del científico genuino es estar, como Abraham con su hijo Isaac, dispuesto a destruir sus propias creaciones en la búsqueda de la verdad. Y utilizo dicha metáfora para ilustrar lo difícil que es estar en la vida cotidiana dispuesto a reconocer los propios errores. Las neurociencias hoy nos brindan una explicación más que plausible: los seres humanos no evolucionamos para percibir la realidad objetivamente, sino que lo que percibimos es útil para la supervivencia. Los últimos quinientos años de historia, sin embargo, nos muestran que, a pesar de lo que nos parezca, por más que estemos profundamente convencidos de algo, si la ciencia nos dice que estamos equivocados, eso es así por mucho que pataleemos. Si usted no me cree, estimado lector, le recuerdo que si tiene la suerte de poder veranear en algún lugar caluroso el próximo verano, seguramente usará algún protector solar, para defenderse de los peligrosos rayos ultravioletas que sus ojos no pueden percibir, porque el agujero de ozono, también imperceptible, lo creamos nosotros (de los doscientos mil años de homo sapiens en el planeta, ¡eso lo supimos recién hace treinta años!).

La ciencia moderna, en ese sentido, recalca lo en los últimos siglos lo que Platón ya había anticipado dos milenios antes: el conocimiento verdadero es antiintuitivo, por lo que  muchas veces estamos equivocados aunque nos dé toda la sensación de estar en lo cierto. La tierra es redonda y se mueve, a pesar de que mis ojos la ven plana y en reposo. La mayor parte de la materia es espacio vacío (la órbita de los electrones comprendería un estadio de fútbol y el núcleo del átomo una mosca, si recordamos la famosa analogía), a pesar de que ese vacío es imperceptible. No hay nada más antiintuitivo que la física cúantica, que nos dice, según el célebre postulado de Schrödinger, que un gato puede estar vivo y muerto simultáneamente…

Los ejemplos se pueden sumar y sumar, pero la lección de Popper es clara: muchas veces nuestros deseos, nuestras expectativas y nuestra forma habitual de percibir el mundo no nos permiten acceder al conocimiento objetivo de la realidad. Por lo tanto, si estamos deseosos de verla tal como es, debemos estar en guardia de nuestro instintivo hábito de creer tener siempre razón.

Hecho este extenso preámbulo, vayamos al punto en cuestión: en estos días el periodista Rodolfo Barili sostuvo que, en el contexto del problema tarifario de los servicios públicos, en Tierra del Fuego (en realidad se dice en la Patagonia en la nota) se derrocha energía calefaccionando veredas. A mí la nota me pareció bastante pobre, a decir verdad, por falta de rigor periodístico, por hacer extrapolaciones dudosas y por apelar a un lenguaje emotivo y demagógico (no es la intención de este columnista hacer una crítica periodística, así que me eximo de mencionar otros errores). Por supuesto, esto produjo repercusión inmediata en los medios y redes sociales. De hecho, en este mismo portal ya se expresaron varias voces al respecto (hasta la del mismo periodista en cuestión). No es mi intención ni defenderlo ni atacarlo, sino señalar algunos aspectos relevantes para analizar el problema de forma autocrítica y honesta.

En primer lugar, se puede determinar cuánto se gasta en hacer y mantener una vereda con piso radiante, cuánta superficie se utiliza con ese dispositivo y cuánta no (por ahí el gasto de recursos sea insignificante comparado con lo que se evita pagar a futuro. Sin relevamiento alguno es imposible saberlo). Por supuesto, habrá que tener en cuenta que la alternativa, la limpieza manual, se hace después de las nevadas (el piso radiante, en contraposición, evita la formación de nieve y hielo) y que muchas familias (o trabajadores afectados)  pueden no hacer o no hacer bien la limpieza (o que no lo hagan a tiempo), por lo que existe el riesgo de que eso provoque accidentes y lesiones. Este mismo que suscribe estas palabras hace dos años se resbaló en hielo lavado luego de una nevada, cayó mal y se fracturó el peroné, por lo que hubo todo un gasto que, en caso de usar el sistema en cuestión, muy probablemente se hubiera evitado. ¿No se puede calcular económicamente lo que el gasto en el uso del sistema de piso radiante ahorra después en internaciones, cirugías o indemnizaciones? O más aún: ¿es justo exponer a la población a tal peligro, pudiendo evitarlo con el dispositivo en cuestión?

En segundo lugar, entiendo que sopesar el contexto climático es inevitable. Al momento de escribir estas líneas, 13 de mayo por la noche, todavía no hemos tenido ninguna nevada en la ciudad, y es de esperar que el calentamiento global potencie ese tipo de situaciones en el mediano y largo plazo. En ese sentido, también la producción y el consumo de gas, aunque en un grado bastante menor que el carbón y el petróleo, hacen su aporte al efecto invernadero. Asumiendo que para el consumo hogareño e industrial sea legítimo, ¿podemos decir lo mismo cuando hablamos de nuestras veredas?

Tercero, es necesario entender la discusión en la coyuntura actual. Es sabido que el estado argentino es altamente deficitario, y que buena parte de los recursos financieros se han utilizado para subsidiar las tarifas de gas y energía eléctrica, generando atraso en el precio de los servicios y aumento desmedido del gasto público. No hace falta más que ver las noticias de actualidad para advertir las consecuencias tanto en las cuentas públicas como en los impuestos que pagamos los contribuyentes (que en el caso de Tierra del Fuego son sustancialmente menores, debido a la exención de IVA, ganancias y bienes personales. Todo sea dicho.). Puede que Barili no tenga razón, pero es entendible la objeción que plantea.

Y por último, podríamos tener una discusión a nivel nacional respecto del uso de los recursos. Si los fueguinos queremos mantener el derecho a calentar nuestras veredas, también podríamos preguntarnos si estamos dispuestos a subsidiar el uso del aire acondicionado de forma similar en lugares cálidos: evitar descompensaciones por el calor puede ser socialmente tan necesario como evitar caídas peligrosas en el hielo. O por ahí sí podamos calefaccionarlas, pero sin que los demás tengan que financiar eso a través de sus impuestos.

Como nos enseñó Popper, tal vez la mejor forma de resolver la disputa sea empezando por admitir que quizás sea el otro el que tenga razón. No sé si el buen Barili la tenga, pero para vivir en un país mejor lo que sí hace falta es aprender a empatizar unos con otros y a tratarnos con más respeto y amabilidad. El epígrafe de esta columna resume esa idea.

Deseo por lo tanto que, sin importar quién tenga razón, sea usted, estimado lector, el que esté en lo cierto.

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