martes 25 de septiembre de 2018 - Edición Nº307
Dar la palabra » Política » 4 may 2018

Cierre y desfinanciación de entidades

Tras las huellas de los Institutos de Formación Docente: desapareciendo identidades (Por Eduardo José Oyola)

Eliminar los institutos de formación docente supone desconocer que esas instituciones han construido un ser institucional que da lugar a las necesidades y particularidades de esa comunidad. Implica desparecer identidades.


(El desierto avanza

 ¡Ay de aquel que en su alma

alberga desiertos! 

Friedrich Nietzsche)

 

A propósito del cierre de los veintinueve institutos de formación docente en la ciudad de Buenos Aires, y del desfinanciamiento de muchos otros, como por ejemplo, el Instituto Provincial de Enseñanza Superior “Florentino Ameghino” de Ushuaia, cabría realizarse algunos interrogantes: ¿Qué es un Instituto de Formación docente? ¿Quiénes, en nombre de la jerarquización, están interesados en que esto suceda? ¿Qué efectos genera el cierre de estas instituciones?

Los institutos de formación docente son espacios donde se gestan ideas, se producen encuentros, se pausa de la vorágine de lo que supone una carrera hacia algún lado, se investiga desde la diferencia y se disponen espacios de pensamiento colectivo situado. Pensar situadamente en torno a una comunidad, investigar latiendo desde esa perspectiva, pausar el deber ser, escuchar al otro y pensar juntos, son construcciones que demandan una política de la sensibilidad. Es allí, en los institutos de formación docente, donde esa clave encuentra lugar. No en un aula magna de 300 estudiantes, quienes atomizados toman nota de la exposición de la más renombrada eminencia. Es en los institutos de formación docente, donde el primer profundo ejercicio de la docencia sucede: una escucha sensible del otro.

La palabra (uni)versidad invita desde su etimología a pensar en la “vuelta a lo unívoco”, a lo único, es volver a ser una única matriz. Pensar en “la universidad docente”, o como quieran llamarla, supone en principio una sola cosa: borrar identidad.

Para el pensamiento técnico, efectista y “jerarquizante”, estudiar en una universidad supone mayor prestigio, mayor nivel académico, mejor formación y más calidad. Para quienes habitan las aulas de los I.F.D esto es una falacia. Quienes hemos pasado por universidades y hemos estudiado en Institutos de Formación docente, está claro que el nivel académico, en lo que a profesorados respecta, suele dejar mucho que desear en el ámbito de los primeros. Sin embargo, no es lo académico lo que aquí nos ocupa, es algo mucho más fundamental, es la identidad.

¿Qué significa eliminar un instituto de formación docente? Hacer desaparecer un instituto de formación docente, o veintinueve con sus cuarenta mil estudiantes, amontonándolos en un único espacio, supone desconocer que esas instituciones han construido un serinstitucional que da lugar a las necesidades y particularidades de esa comunidad. Es ignorar que dentro de cada espacio acontecen otros encuentros que no solo están reducidos a cursar asignaturas. Es desestimar el encuentro con el otro institucional.

El primer espacio fundamental para un futuro docente en su formación, es reconocerse y ser reconocido en su ser único en comunidad. Ese primer encuentro, que debe ser sostenido a lo largo de su tránsito por el profesorado, y es lo que luego marcará cada encuentro posterior con sus estudiantes.

El maestro o docente no es aquel técnico que domina las disciplinas, aquel que recita los manifiestos sobre teorías del aprendizaje, o quien planifica un clase de acuerdo a los cánones académicos. Un verdadero docente sería quien, reconociéndose en su ser y en su comunidad logra ponerse a la escucha de ese otro en situación, y a partir de allí proponer y gestar (con el otro) oportunidades.

La universidad docente borra identidad: desconoce cada construcción colectiva que han llevado tiempo, dedicación y recursos, y busca hacer del profesorado una instancia técnica y unificada que, en nombre de la “jerarquización”, hace desaparecer lo particular, lo propio y lo colectivo. De allí la resistencia: es un grito por sostener aquello que se ha forjado durante años y nos identifica, es un no aceptar ser todos iguales, es no querer ser parte de la factoría académica, y es defender lo plural, la identidad colectiva e individual. En síntesis, es no aceptar una imposición dogmática que pretende un rumbo árido, desprovisto de identidad colectiva y que busca desintegrar y olvidar lo forjado.

Las voces, los tiempos y los espacios, se reducen. Las políticas de la (in)sensibilidad y la técnica avanzan, se tornan desierto. Las huellas resisten a ser borradas. El grito desesperado por sostener la identidad colectiva no renuncia.

Solo resta aguardar, como decía Roberto Juarroz, que se abra algo entre la palabra y el silencio.

 

(*) Docente – investigador de inglés y coordinador de departamento de lenguas extranjeras en nivel secundario. Es Diplomado Superior en Ciencias Sociales con mención en Gestión de las Instituciones Educativas (FLACSO) Actualmente cursando la Especialización en Gestión y Conducción de los Sistemas Educativos y sus Instituciones (FLACSO).

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