viernes 22 de junio de 2018 - Edición Nº212
Dar la palabra » Medio Ambiente » 26 abr 2018

Debate sobre la ruta 30

Atrévete a saber: Castores no, costeras si (Por Pablo Sulima)

Hace un par de semanas en este mismo portal tuvimos ocasión de hablar del problema de los castores. Una de las posiciones del debate fue (en realidad, la sigue siendo) que hay que aniquilar la población completa de esos animales en la isla, debido a las alteraciones que está provocando en el ecosistema local. Me gustaría que se aplicara ese mismo criterio a la hora de evaluar el proyecto de construcción de la ruta costera que se está discutiendo en estos días.


Hace un par de semanas en este mismo portal tuvimos ocasión de hablar del problema de los castores. Una de las posiciones del debate fue (en realidad, la sigue siendo) que hay que aniquilar la población completa de esos animales en la isla, debido a las alteraciones que está provocando en el ecosistema local.

Me gustaría que se aplicara ese mismo criterio a la hora de evaluar el proyecto de construcción de la ruta costera que se está discutiendo en estos días. Tratemos de precisar algunos aspectos de lo que está provocando la controversia: se afirma que a partir de la concreción de la obra, habrá un nuevo atractivo turístico para ofrecer al mundo, con la posibilidad de potenciar el desarrollo económico local y, sobre todo, de generar nuevas oportunidades de empleo en la provincia. En virtud de ello, ya se está hablando de un costo de construcción de mil setecientos millones de pesos (que provendrán de un nuevo endeudamiento), de una empresa a cargo floja de papeles y de un estudio de impacto ambiental tan necesario como al día de hoy inexistente. Muy serio todo. Por supuesto, todo ello en un contexto de aumento del índice de pobreza en la provincia, de los vaivenes de la producción fabril y de continuidad de los problemas inflacionarios en el tiempo.

Permítaseme discrepar  de una lógica que justifica sacrificar hectáreas de bosques y kilómetros de costa virgen de intervención humana,  sin antes haber considerado de forma responsable su impacto tanto presente como futuro en un entorno natural único, quizás de los pocos que quedan en el planeta, enarbolando las banderas del desarrollo económico. La pregunta es por qué no se aplica el mismo criterio para respetar a los castores. Sin duda alguna tiran árboles, modifican cursos de agua y así alteran su entorno para asegurar su supervivencia; pero me parece que con un impacto global mucho mayor (no quiero exagerar y usar el término “catastrófico”) hacemos algo parecido los humanos.

Para contextualizar el problema, midiendo el impacto de la revolución industrial y el crecimiento económico subsiguiente, hay autores que sostienen que el ser humano está cerca de provocar en poco más de dos siglos un nivel de extinción de especies  similar al de la última catástrofe de escala planetaria, la misma que significó entre otras cosas el fin del reinado de los dinosaurios sobre la tierra hace sesenta y cinco millones de años.

Si cabe, más aún: el problema no está en la falta de recursos de los que disponemos los humanos; de hecho, nuestro gran problema es que el actual sistema económico (el mismo que ha permitido la septuplicación de la población global también en esos doscientos años y le ha dado una calidad de vida inédita a una buena proporción de ella, digamos todo), no puede solucionar la desigualdad económica también récord que ostentamos hoy. O sea: no es que los seres humanos necesitemos de más recursos para sobrevivir, de hecho hoy no sólo producimos como nunca antes en términos de abundancia –con la consecuente sobreexplotación y su impacto en el medio ambiente-, sino que lo hacemos por medio de un sistema que para funcionar necesita del crecimiento económico permanente.

Todavía más: el fenómeno mundial de la robotización y automatización de productos y servicios (también hablaremos de eso alguna vez) está empezando de generar de manera creciente el aumento del desempleo a nivel mundial, y recién estamos en los comienzos de ese proceso. O sea, para producir la misma cantidad, o más incluso, de bienes, utilizaremos cada vez menos trabajo humano.

Y cuando ello empiece a agravarse (ya que la tendencia parece irreversible), ¿qué vamos a hacer? ¿Vamos a aplicar las mismas recetas y seguir creciendo, alterando otros ecosistemas, para aumentar artificialmente el empleo y de esa manera proveer de ingresos  financieros a las personas?

Es momento de hacer explícito algo que subyace a lo que venimos expresando a propósito de diferentes temas en este espacio: si nos abstraemos de la coyuntura, a nivel global el capitalismo está mostrando sus límites. El paradigma instrumental y cortoplacista está revelando una verdad cada vez más evidente: el crecimiento económico ilimitado en un planeta de recursos limitados no cierra. Y el desarrollo tecnológico contemporáneo nos invita a sumar a ese diagnóstico  el hecho de desafiar algo tan básico como la necesidad humana de trabajar: nunca en la historia hemos creído que podíamos tener todo a nuestro alcance sin necesidad de esforzarnos por ello. Y como la forma de organización económica contemporánea fue generada  a partir del uso de la fuerza de trabajo humano, todavía no podemos dejar de mirarnos el ombligo y reconocer que estamos desbordados en nuestra propia lógica, aumentando artificialmente la cantidad de bienes y servicios disponibles sólo para dar empleo a las personas.

Por supuesto que se me podrá calificar de poco (o nada) realista. Para responder a esa objeción vuelvo a pedir salirnos de la coyuntura y recordar nomás lo que eran los inviernos en Ushuaia hace veinte años y compararlos con los de ahora. No hay más que abrir los ojos, y reconocer que crecer más aplicado a escala global implica hoy en día más calentamiento global. El tema es que si no empezamos a tener una mirada más crítica y abierta de lo que somos como especie, siendo realista, me imagino a nuestros nietos sufriendo las consecuencias descontroladas del cambio climático y preguntándonos por qué, cuando ya era evidente que estábamos destruyendo el planeta, no hicimos nada para impedirlo.

Sigo creyendo a esta altura que en la comparación entre castores y humanos no estaríamos saliendo muy bien parados.

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