jueves 15 de noviembre de 2018 - Edición Nº358
Dar la palabra » Política » 9 abr 2018

Columna especial de Dar la Palabra

Atrévete a saber: Qué culpa tiene el castor (Por Pablo Sulima)

Hasta donde yo sé, cada castor individual es incapaz de reconocer el impacto que genera la población del conjunto de ellos. Análogamente, cada uno de nosotros individualmente es incapaz de reconocer el impacto global que genera el conjunto de la población humana. Si pensamos que es legítimo matar castores para preservar un ecosistema, no veo por qué no debiéramos hacer lo mismo con los seres humanos.


En estos días ha trascendido en medios nacionales el problema del castor en Tierra del Fuego. La historia resumida sería ésta: en la década del 40 del siglo pasado, se introdujeron por decisión política unos pocos castores traídos desde Canadá para a futuro generar una industria alrededor de la explotación de su pelamen. Los cráneos responsables de tal decisión no advirtieron en ese momento dos  aspectos que se volverían cruciales más adelante: en primer lugar, en Tierra del Fuego hace sustancialmente menos frío que en Canadá, con lo cual los castores que se adaptaron mejor al nuevo entorno tenían un pelaje que no era comercializable; y en segundo, que a falta de predadores naturales, su población empezó a crecer en forma exponencial.

Ahora, siete décadas después, ya sabemos las consecuencias: se han perdido decenas de miles de hectáreas de bosque fueguino, y los castores son tantos que incluso ya han cruzado la isla y han comenzado a extenderse por el continente. Por supuesto que a lo largo de los años se implementaron  campañas y programas (incluso internacionales) que tuvieron por objetivo controlar su población, pero la evidencia está por todas partes: no sabemos qué hacer con tantos castores.

Por supuesto, a continuación aparecen las soluciones finales: son los castores o el bosque fueguino. Una cosa o la otra. Y así vemos desfilar alegremente a funcionarios, investigadores y opinólogos con la respuesta inexorable, definitiva: hay que aniquilar a la plaga.

¿Plaga?, ¿Cuál plaga?

Cito un fragmento de Sapiens. Breve historia de la humanidad, de Yuval Noah Harari:

“La colonización de América por parte de los sapiens no fue en absoluto incruenta. Dejó atrás un largo reguero de víctimas. La fauna americana de hace 14.000 años era mucho más rica que en la actualidad. Cuando los primeros americanos se dirigieron hacia el sur desde Alaska hacia las llanuras de Canadá y el oeste de Estados Unidos, encontraron mamuts y mastodontes, roedores del tamaño de osos, manadas de caballos y camellos, leones de enorme tamaño y decenas de especies grandes cuyos equivalentes son hoy en día completamente desconocidos, entre ellos los temibles felinos de dientes de sable y los perezosos terrestres gigantes que pesaban hasta 8 toneladas y alcanzaban una altura de 6 metros. Sudamérica albergaba un zoológico todavía más exótico de grandes mamíferos, reptiles y aves. Las Américas eran un gran laboratorio de experimentación evolutiva, un lugar en el que animales y plantas desconocidos en África y Asia habían evolucionado y medrado.

Sin embargo, toda esa diversidad desapareció. Dos mil años después de la llegada de los sapiens, la mayoría de estas especies únicas se habían extinguido. Según estimaciones actuales, en este corto intervalo Norteamérica perdió 34 de sus 47 géneros de mamíferos grandes y Sudamérica perdió 50 de un total de 60. Los felinos de dientes de sable, después de haber prosperado a lo largo de más de 30 millones de años, desaparecieron, y la misma suerte corrieron los perezosos terrestres gigantes, los enormes leones, los caballos americanos nativos, los camellos americanos nativos, los roedores gigantes y los mamuts. Tras ellos, miles de especies de mamíferos, reptiles y aves de menor tamaño e incluso insectos y parásitos se extinguieron también (cuando los mamuts desaparecieron, todas las especies de garrapatas de mamuts cayeron en el olvido).”

Los humanos hemos pasado de ser un millón de habitantes en el planeta hace doce mil años a los más de siete millones que somos hoy (¡éramos mil millones sólo hace doscientos años, al comienzo de la revolución industrial!), y se calcula que seremos unos nueve mil quinientos millones a mediados de este siglo. Hemos transformado completamente la  faz del planeta. La superficie cultivable sólo de trigo en el mundo es de 2,2 millones de kilómetros cuadrados, prácticamente diez veces el tamaño de Gran Bretaña. Ni que decir, por ejemplo, de los millones de kilómetros cuadrados de bosques, sabanas y selvas que hemos transformado en campos de producción de alimento humano. Y también podemos sumar nuestro aporte a la contaminación ambiental, la acumulación de desechos, la acidificación de los océanos, o (si puede haber algo peor en todo esto) el fenómeno del calentamiento global, que pone en peligro la habitabilidad del planeta tal como la conocemos hoy.

Hasta donde yo sé, cada castor individual es incapaz de reconocer el impacto que genera la población del conjunto de ellos. Análogamente, cada uno de nosotros individualmente es incapaz de reconocer el impacto global que genera el conjunto de la población humana. Si pensamos que es legítimo matar castores para preservar un ecosistema, no veo por qué no debiéramos hacer lo mismo con los seres humanos.

Sapere aude, estimado lector.

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

OPINIÓN