viernes 27 de abril de 2018 - Edición Nº156
Dar la palabra » Cultura » 4 mar 2018

La fiebre del oro y el señor Popper (II) (Por Lucas Potenze)

No es simple juzgar con ecuanimidad la obra de Julio Popper en Tierra del Fuego, la que ha sido ponderada y denostada con igual entusiasmo por diversos autores. Sin duda causa admiración su espíritu emprendedor, su capacidad organizativa, su confianza en sí mismo y su espíritu de aventura, características que eran comunes a los viejos pioneros de la Patagonia.


Por:
Repasando la Historia

No es simple juzgar con ecuanimidad la obra de Julio Popper en Tierra del Fuego, la que ha sido ponderada y denostada con igual entusiasmo por diversos autores. Sin duda causa admiración su espíritu emprendedor, su capacidad organizativa, su confianza en sí mismo y su espíritu de aventura, características que eran comunes a los viejos pioneros de la Patagonia. Llevar adelante un emprendimiento como el que él creó, literalmente de la nada, en El Páramo, lugar que su sólo nombre nos evoca desolación y miseria, no es tarea para cualquiera, y Popper no sólo lo llevó a cabo sino que debió superar una cantidad de imprevistos como el naufragio del barco en que había enviado la mayor parte de los recursos necesarios para su primera fundación. Sin embargo, para materializar su quimera, debió enfrentar límites que lo llevarían a convertirse en un personaje sumamente controvertido.

Su primer biógrafo, Boleslao Lewin, en el título de su biografía lo llama “conquistador patagónico”, lo cual es toda una definición. La palabra “conquista” tiene un sentido positivo en tanto define la concreción de un objetivo difícil en el que necesariamente tiene que vencer importantes obstáculos, pero por otro lado evoca a personas que no reconocen límites –morales o legales– para obtener su cometido. El otro historiador que se ocupó de Popper fue Arnoldo Canclini, quien lo llamó “quijote del oro fueguino”, lo que si bien puede ser un acierto si pensamos en su obstinación en perseguir quimeras tan esquivas como peligrosas, sugiere una imposible identidad entre los nobles objetivos que guiaban al hidalgo manchego y los mucho menos desinteresados que tenía el ingeniero rumano. Armando Braun Menéndez, en su “Pequeña Historia Fueguina”, le llama más sencillamente “el Dictador Fueguino”.

Téngase en cuenta que Popper llegó a acuñar moneda, que servía como medio de cambio en su zona de influencia y a imprimir estampillas que se usaron para la correspondencia interna. Ambas cuestiones son, por su propia índole, monopolio de los estados soberanos, pero en aquellos territorios casi desconocidos terminaron aceptándose. En última instancia, pagar en monedas de oro, por más que su valor no estuviera controlado ni certificado por autoridad estatal, era mucho menos grave que los pagos en vales sobre la proveeduría de los obrajes que entonces eran comunes en los territorios del norte, como lo denunció Bialet Masé en su “Informe sobre el Estado de la Clase Obrera” (1904).

Por otro lado, Popper obtuvo permiso del gobierno para trasladar a su establecimiento una tropa que no superó los 20 ó 30 soldados, pero a quienes organizó como un ejército, con uniformes confeccionados sobre el modelo del ejército austro–húngaro y donde formaban oficiales y el ingeniero se desempeñaba como general en jefe. Los entrenó como un verdadero ejército y con ellos mantuvo algunas escaramuzas con los aborígenes y con policías chilenos, en una zona donde aún no había sido demarcada la frontera internacional.

Lo que es innegable es que durante los pocos años en que su empresa funcionó en nuestro territorio, fue prácticamente el dueño y señor del norte de la Isla. Por sus establecimientos de El Páramo, Bahía Slogget, Arroyo Beta y Carmen Sylva pasaron alrededor de 540 personas que trabajaron para él en tiempos en que (según el censo de 1895), el territorio estaba habitado por sólo 477 habitantes (sin contar los aborígenes), con la capital en Ushuaia, o sea del otro lado de la Cordillera. En estas condiciones, es lógico que la zona norte dependiera más de lo que podía proveer el establecimiento de Popper que lo que podía aportar el Estado. La misma defensa del territorio contra intrusiones de buscadores de oro chilenos (que sostenían erróneamente que las arenas auríferas del arroyo Beta estaban en territorio de ese país) fue obra de Popper al mando de su pintoresco “ejército”. Sin embargo, los gobernadores del territorio, primero Félix Paz y luego Mario Cornero, vieron menoscabada su autoridad por el poder adquirido por el ingeniero e intentaron poner en claro quién mandaba en la isla haciendo cumplir las ordenanzas de minería que consideraban vigentes.

En el caso de Paz, el asunto se complicó por una serie de agravios que ambos intercambiaron publicados en los diarios de Buenos Aires, lo que llevó al gobernador a iniciar un juicio por calumnias e injurias contra el ingeniero. Pero a pesar de ser la autoridad legal, Paz carecía de influencias dentro de los círculos de poder y la prensa porteña, y llevaba todas las de perder ante aquel aventurero que tanta fascinación ejercía a partir de su vida novelesca y su prosa elegante y aguda, que se manifestaba en las cartas que enviaba a los diarios mofándose del funcionario y exagerando sus éxitos y los servicios que prestaba al país en aquellas latitudes. Finalmente, amigos comunes lograron una reconciliación entre las partes pero, con su orgullo herido y su autoridad menoscabada, el primer gobernador de nuestro territorio, se vio impulsado a renunciar cuando aún le restaban dos años de mandato.

El caso del segundo gobernador del territorio, el cirujano Mario Cornero, fue muy similar: El también entró en conflicto con Popper cuando intentó imponer su autoridad sobre el empresario rumano, y envió un informe a Buenos Aires donde desaconsejaba la ampliación de la concesión de tierras que Popper había solicitado. Volvieron a sucederse los combates en la prensa en un tono similar al anterior, también Cornero demandó por calumnias e injurias a Popper, y el gobierno central envió un veedor a la zona, el teniente Carlos Beccar, quien aconsejó sostener al gobernador a pesar de algunas faltas menores que éste mismo podría subsanar sin costo para el erario público. Pero la Justicia absolvió a Popper en el juicio por calumnias y, a pesar del consejo del veedor, el gobierno nacional resolvió remover de su cargo a Godoy en abril de 1893.

Otro punto en que se critica ácidamente a Popper es en el referente a su relación con los indígenas: Sus hombres tuvieron encuentros violentos con grupos de indígenas y, en uno de ellos, éstos tuvieron dos bajas y Popper se hizo fotografiar junto al cadáver de uno de ellos, simulando que se encontraba en medio de una batalla contra un grupo mayor. De este episodio, algunos autores han deducido que el rumano fue un asesino de indígenas y hasta se lo llegó a tildar –muy livianamente– de genocida. Lo cierto es que en un principio veía al indígena como un potencial enemigo, con el tiempo fue cambiando de idea y publicó en el boletín de la Sociedad Geográfica una de las defensas más elocuentes del derecho de los indios ante el avance de los estancieros: “…he podido cerciorarme –decía– que no sólo son susceptibles de llegar al más alto grado de perfección, sino que se hallan dotados de elevados y nobles sentimientos humanitarios, que tienen raciocinio sensato ,que son magnánimos hasta el punto de saber perdonar a sus enemigos, que –más aún– llevan el desdén de la venganza hasta compensar el mal con el bien, hasta convertirse en protectores de la raza que los persigue, conduciendo a náufragos varados en las playas hacia los puntos donde puedan encontrar auxilio […] [Dicen los estancieros] ¡Son ladrones!; nos roban las ovejas, destruyen nuestros cercados. Es bien cierto pero pongámonos por un momento en el caso del indio. Desde siglos remotos el ona da caza a los escasos y ariscos guanacos de la isla […] De repente, un suceso inesperado viene a perturbar su vida de cazadores nómadas. […] Hombres de raza desconocida aparecen en el litoral, desembarcan y ponen en sus terrenos, de una sola vez, tres, cuatro o cinco mil ovejas, guanacos, blancos, mansos, gordos. Es un espectáculo nuevo, inesperado: de una parte dos mil indios sin comida, pero hambrientos; de la otra, cinco mil ovejas y sólo tres o cuatro hombres. ¿Qué significa este singular fenómeno? se preguntan los indios…” Y explica a continuación como cazan ovejas y son reprimidos y muertos como ladrones tras una patética batalla entre fusiles de repetición y arcos y flechas. Y termina diciendo: “La injusticia no está del lado de los indios, no señores, los gobiernos no deben permitir la oveja en aquellos parajes o deben fomentarla en gran escala, en cantidad ampliamente suficiente para que de su procreación se puedan mantener también los indios, sin perjudicar los intereses del hacendado ni los de la civilización indígena”.

Es posible que no fuera sólo un sentimiento filantrópico lo que llevaba a Popper a defender a los aborígenes y que en realidad detrás de este alegato esté el interés de controlar una colonización por parte de los estancieros que a la larga chocaría con sus intereses; sin embargo, sus reflexiones son muy acertadas y sirven para mirar con mayor ecuanimidad la leyenda negra que recayó sobre él.

Finalmente, la empresa de Popper se disolvió tan rápidamente como había crecido, pues aunque sus cartas, conferencias y publicaciones hacían pensar en riquezas incalculables, tras su muerte se comprobó que se encontraba casi en la ruina y que el oro fueguino se encontraba prácticamente agotado y no justificaba las inversiones realizadas.

Popper quedará en la historia de Tierra del Fuego como un hombre formidable y contradictorio, con una inmensa ambición pero, como señalamos en un artículo anterior, citando a Boleslao Lewin, Popper mucho más que oro ansiaba fama y tenía avidez de grandes obras. Para lograrlo no vaciló en desconocer más de una vez las leyes y la autoridad de los gobernadores, aunque debemos reconocer que, en las zonas donde actuó, aquella era poco más que nominal.
Obtuvo fama efímera y realizó grandes obras que no se pudieron sostener; realizó aportes importantes al conocimiento de la isla, dejando su huella en varios nombres con que enriqueció la toponimia de ríos y montañas, y, en nuestros días, se lo recuerda en la denominación de la península que forma la desembocadura del río Grande, y dos calles en Ushuaia y Río Grande. Los niños de las escuelas difícilmente escuchan hablar de él.

(*) Historiador. Profesor de Historia.

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