viernes 27 de abril de 2018 - Edición Nº156
Dar la palabra » Cultura » 4 mar 2018

Repasando la Historia

La fiebre del oro y el señor Popper (Por Lucas Potenze)

No tenemos noticia de nadie que se haya hecho verdaderamente próspero lavando las arenas auríferas que llevaban pequeñísimas cantidades del preciado metal en las aguas de los ríos, en general cerca de sus desembocaduras; aunque no es posible dejar de hablar de un raro personaje que fue en realidad el único individuo que convirtió la búsqueda de oro en una verdadera empresa y que terminó convirtiéndose por un breve tiempo en el hombre más poderoso de Tierra del Fuego.


Hasta ahora sólo hemos hablado lateralmente de las consecuencias de la aparición de oro en la zona del estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego. Señalamos que, lógicamente, la noticia de la existencia de vetas auríferas en la isla atrajo, primero en la parte chilena y muy pronto en la argentina a una importante cantidad de aventureros de todas las nacionalidades que, convocados por la mágica palabra “oro”, se lanzaron a lo desconocido con la ilusión de hacerse ricos fácil y rápidamente.

Sin embargo no tenemos noticia de nadie que se haya hecho verdaderamente próspero lavando las arenas auríferas que llevaban pequeñísimas cantidades del preciado metal en las aguas de los ríos, en general cerca de sus desembocaduras; aunque no es posible dejar de hablar de un raro personaje que fue en realidad el único individuo que convirtió la búsqueda de oro en una verdadera empresa y que terminó convirtiéndose por un breve tiempo en el hombre más poderoso de Tierra del Fuego. Nos referimos al ingeniero rumano Julio Popper, personaje con una vida verdaderamente novelesca, donde lo real se mezcla con lo legendario, que aún suscita debates sobre si se lo debe considerar un aventurero patriota y filántropo o un ser ambicioso y sin escrúpulos, que encontró en nuestra tierra el lugar ideal para sus avidez de riquezas, fama y gloria.

Había nacido en Bucarest, Rumania, en 1857, en el seno de una familia judía, culta y refinada, pero al terminar sus estudios preparatorios se trasladó a Paris donde completó la carrera de ingeniería. En cuanto terminó sus estudios de grado, comenzó su vida de viajero explorador: Quería conocer el amplio mundo y partió hacia los orígenes: visitó Constantinopla, Egipto y desde allí se dirigió a Japón, China y la India, que si todavía en nuestros días nos parecen destinos exóticos, en la segunda mitad del siglo XIX debían ser lugares verdaderamente legendarios y misteriosos. Regresó luego a Rumania, pero sólo para comprobar que en la sociedad conservadora y prejuiciosa de la joven monarquía nunca alcanzaría, por su condición de judío, el lugar del que se creía merecedor. Partió entonces nuevamente primero hacia Siberia y luego a los Estados Unidos, donde los trabajos que consiguió no lograron saciar sus ansias de aventura. Se dirigió entonces a La Habana, estuvo en México y luego pasó al Brasil en 1884, con lo que, antes de haber cumplido los 30 años, ya conocía los cinco continentes y se había convertido en un caballero políglota y un agudo conocedor de la naturaleza humana.

En 1885, estando en Brasil, se enteró del descubrimiento de oro en la zona del Estrecho y resolvió dirigirse a Buenos Aires, donde gracias a su cultura, su dominio de lenguas y su encanto personal logró relacionarse con lo más selecto de la clase gobernante, incluido el presidente Roca, el canciller Bernardo de Yrigoyen, el empresario Joaquín Cullen, que luego se convertiría en socio de sus empresas, el periodista José Manuel Eizaguirre, autor de la primera crónica sobre Tierra del Fuego publicada en diarios de Buenos Aires, Lucio V. López, hijo del ministro Vicente Fidel López y nieto del autor de nuestro himno nacional, de quien se hizo muy amigo, y muchos otros hombres de influencia en los círculos políticos y empresarios. Esto le permitió ser aceptado en la masonería, en la Logia Docente Nº 11, a la cual pertenecieron personalidades como Leandro N. Alem, el nombrado Vicente Fidel López, los futuros presidentes Roque Sáenz Peña e Hipólito Yrigoyen, el ministro Antonio Bermejo y los futuros ministros José María y Ezequiel Ramos Mejía, entre muchas otras personalidades. De más está decir que pertenecer a la Orden en aquellos tiempos abría puertas de los despachos oficiales, garantizaba la confianza y proporcionaba la ayuda de los hermanos, y consolidaba relaciones personales y laborales.

Comenzó trabajando en la Compañía “Lavadero de Oro del Sur”, la que en 1886 le encomendó la inspección de una concesión minera que explotaba en el cabo Vírgenes. Allí, el ingeniero rumano comprobó que las reservas auríferas de la zona estaban en franca declinación, pero reparó en las posibilidades existentes en la vecina Tierra del Fuego, cuyo sector argentino aún no había sido explorado. Fue por eso que, vuelto a Buenos Aires, creó la firma “Popper y Cía” junto con el Dr. Joaquín Cullen, y obtuvo una concesión en Santa Cruz, desde donde pasó a Tierra del Fuego para explorar el territorio, llegando a la conclusión de que valía la pena invertir allí en la búsqueda de oro. A su regreso a Buenos Aires dio una recordada conferencia en el Instituto Geográfico Argentino, el 5 de marzo de 1887, donde logró interesar a científicos y –sobre todo– a inversionistas sobre las posibilidades de la isla. Inmediatamente inició un segundo viaje de exploración y pronto obtuvo otra concesión, de 2500 hectáreas, en el norte de la Isla Grande.

En el invierno de ese año lo encontramos instalado en El Páramo, en la punta norte de la Bahía San Sebastián, donde levantó su campamento principal, con “comodidades” para alrededor de 100 hombres. Poseía una torre de observación, corral para los animales (llevó bueyes y caballos a la zona), un sistema de circulación de agua potable, galpones y un estanque para llevar agua a los lavaderos de arenas auríferas. Allí llegó a haber una población superior a los 100 hombres, la mayoría de ellos extranjeros, destacándose los trabajadores de origen yugoslavo. Según el teniente Carlos Beccar, enviado por el gobierno nacional para informar sobre las actividades de Popper en 1891, en aquella época el establecimiento del Sr. Popper era el único donde se lavaba el oro bajo un sistema organizado, aunque en diversos puntos existían agrupaciones de mineros que trabajaban en igual explotación.

Aunque no debemos sobreestimar la magnitud del establecimiento, no se puede ignorar que era por mucho el más importante del norte de la isla, donde no existía prácticamente otra autoridad de hecho que la del ingeniero rumano. Inclusive había logrado el nombramiento como jefe de policía del Departamento de San Sebastián a su hermano, Máximo Popper, a pesar de ser extranjero y tener apenas 23 años de edad. De esta manera unía el monopolio de la fuerza legítima con el manejo de la principal, sino la única, fuente de producción de riqueza, conformando prácticamente un estado independiente.
Y si bien no tenía una constitución, el establecimiento tenía un reglamento, elaborado por el propio Popper, que fijaba los derechos y deberes de los trabajadores y que si bien en principio era consistente con las leyes argentinas y respondía a las ideas humanitarias que caracterizaban a los hermanos masones, tenía la particularidad de que en su último artículo disponía que “el Director de la explotación (es decir Popper) podrá ampliar o modificar a su juicio lo estipulado en el presente reglamento”, es decir que la sola voluntad del ingeniero podía convertir en letra muerta, según sus necesidades, todas las reglas y garantías que él mismo había establecido.

Popper ideó y fabricó un aparato al que llamó “cosechadora de oro” que, aparentemente, facilitaba el trabajo economizando tiempo y esfuerzos para la más rápida y completa extracción de oro. Esta máquina fue patentada en 1889 y, aparentemente, dio excelentes resultados en los años más productivos de la compañía, hasta 1893. En esos años la empresa de Popper se convirtió en una verdadera leyenda y tanto en Punta Arenas como en Buenos Aires se hablaba de las extraordinarias riquezas que se habían extraído de las arenas fueguinas. Sin embargo, como suele ocurrir, la realidad fue mucho menos fantástica que lo que se decía. Para algunos entusiastas se habían encontrado recursos que revolucionarían nuestra economía, mientras que para otros, como el teniente Beccar a quien el gobierno central envió para informar sobre las explotaciones del sur, si bien se trataba del emprendimiento más serio de la zona, sus resultados eran mediocres y la relación costo/beneficio no justificaba el entusiasmo que mostraba cierta prensa y ciertos círculos de Buenos Aires. El mismo Popper, en una conferencia pronunciada en 1891 en la Sociedad Geográfica dijo que había extraído más de 600.000 gramos de oro. Es una cifra importante pero no fabulosa y no tenemos forma de comprobar si es cierta. Sin embargo, representa sólo una parte de lo extraído en los lavaderos de El Páramo, Carmen Sylva y Bahía Slogget en el período en que estuvieron establecidos en la isla entre 1887 y 1893.

Sin embargo, según Boleslao Lewin, el principal biógrafo de Popper, contra la opinión generalizada, el rumano no pertenecía a los individuos que sólo codiciaban oro. “Mucho más que oro ansiaba fama y tenía avidez de grandes obras. Pero tampoco era un idealista o un asceta que despreciaba los bienes terrenales. Mas sólo [ambicionaba riquezas] en la medida en que le permitía realizar sus arriesgados proyectos y llevar la vida de gran señor en los centros de cultura”. Por eso mismo, sólo dirigió personalmente la explotación aurífera entre 1886 y 1888, reemplazándolo luego su hermano Máximo y luego otros administradores, aunque el director nunca dejó de viajar a la zona supervisando personalmente los trabajos.

Era un hombre sin duda ambicioso, pero no fantasioso, como lo demuestra una frase pronunciada en la Sociedad Geográfica Argentina y que define su visión realista del futuro de Tierra del Fuego: “Al pasar en revista el carácter general del país –decía– me inclino a creer que su porvenir está librado a dos industrias importantes: una, la menos productiva y la más halagüeña, consiste en la explotación de los yacimientos auríferos y servirá como introducción a la otra, más positiva y fecunda, que es la cría del ganado ovino”.

Buena parte de la toponimia del norte de la isla es debida a Popper, quien bautizó los siete cursos que desaguan en el Atlántico como río Juárez Celman (el actual río Grande) en homenaje a quien era entonces presidente de la República; río San Martín, obviamente para honrar al Libertador, río Cullen, inmortalizando el nombre de su socio y mentor, río Carmen Sylva (seudónimo de la reina de Rumania), y los arroyos Alfa, Beta y Gama. También fue Popper quien bautizó las sierras Sorondo (presidente del Instituto Geográfico Argentino), Yrigoyen (entonces canciller del presidente Juárez Celman) y Lucio López (su querido amigo, muerto tempranamente en un duelo) y la península Mitre en homenaje a quien en aquella época ya era llamado el “primer ciudadano argentino”. La mayoría de estos nombres aún se mantienen, y demuestran otras facetas de la personalidad de Popper como eran su inclinación a las observaciones científicas y su capacidad para la diplomacia y la adulación.

Para su explotación, Popper había obtenido 2.500 hectáreas en 1887 cedidas por el presidente Juárez Celman y luego, en 1891, se le concedieron condicionalmente otras 80.000, comprometiéndose a instalar a 250 familias indígenas y hacerse cargo de su educación y formación laboral, lo que nunca llegó a realizarse. Más tarde, solicitó 375.000 hectáreas más a cambio de una serie de obras de infraestructura, entre las cuales las más importantes eran el trazado y construcción de un camino que uniría la parte norte con el sur de la isla y la instalación de un telégrafo que comunicaría la isla con el continente. La imaginación de Popper no tenía límites al igual que su confianza en sus fuerzas y en su ingenio para realizar obras que el Estado era aún incapaz de llevar a cabo.

Vaya uno a saber a dónde hubiera llegado la acción de Popper si no hubiera sido por su temprana muerte, ocurrida el 6 de junio de 1893, en su casa de la ciudad de Buenos Aires cuando aún no había cumplido los 37 años. Esa mañana fue encontrado sin vida, recostado sobre una piel de guanaco que utilizaba como alfombra y que de alguna manera se correspondía con su pasión por Tierra del Fuego.

La vida de Popper fue tan breve como inquieta: conoció el mundo, se relacionó con gobernantes y sabios, hizo amigos en las más altas esferas del país; pensó en empresas fantásticas y en buena parte las llevó a cabo y, como los héroes clásicos, murió joven como si los dioses no pudieran aceptar que un mortal acaparara tanta gloria.

Cierto que una persona de tamaña personalidad no podía dejar de tener contradicciones, de cometer errores e injusticias y de ganarse una buena porción de enemigos. Todo hombre emprendedor tiene sus admiradores y sus detractores y Popper no escapó a esta ley. Tuvo problemas dentro y fuera de la isla, debió enfrentar demandas importantes, se peleó con los dos gobernadores con quienes convivió y, aparentemente, al momento de su muerte, se encontraba cerca de la ruina y con sus reservas de oro prácticamente agotadas. En un próximo artículo, trataremos de echar luz sobre los principales problemas que debió enfrentar y sobre cómo se creó y se derrumbó su leyenda, casi simultáneamente con su poder y su prosperidad.

(*) Historiador. Profesor de Historia.

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