viernes 22 de junio de 2018 - Edición Nº212
Dar la palabra » Sociedad » 4 mar 2018

La adaptación a Tierra del Fuego

Elaborar el desarraigo, poder arraigarse (Por Patricia Caporalín)

El tránsito por el proceso de desarraigo, como efecto de la migración, no es precisamente agradable y plantea dos cuestiones claves: separarse de lo anterior y aceptar lo nuevo.


El tránsito por el proceso de desarraigo, como efecto de la migración, no es precisamente agradable y plantea dos cuestiones claves: separarse de lo anterior y aceptar lo nuevo.

En el transcurso de ese proceso, se revivirán etapas muy tempranas de nuestra vida, en las que fue imprescindible contar con una madre (o alguien que cumpla dicha función) que nos acoja y a su vez nos acompañe cuando quisimos separarnos de ella para poder construir otros vínculos, una mamá que no se enoje ni nos abandone cuando necesitábamos separarnos y nos atraían otras cosas en la vida además de ella. Si en esos momentos nos fue más o menos bien, contaremos con más recursos emocionales para pasar el trance: desarraigo–arraigo (y para la vida en general, claro).

El proceso, a nivel de la personalidad individual entonces, conlleva sentimientos de angustia muy profunda, a veces asociada a procesos de despersonalización: la persona no se reconoce a sí misma en eso nuevo que tiene que aprender a ser.

La capacidad para poder elaborar duelos, también va a ayudar a la persona a atravesar este proceso de manera más segura. Para eso, tiene que poder desidealizar lo que dejó, acordándose qué era lo que no le gustaba de lo que dejó, porque por algo lo dejó no? También ayuda buscar lo bueno en lo que encontró.

De todas maneras, el dolor hay que pasarlo, los momentos depresivos que ayudan a integrar lo bueno y lo malo de cada lugar, sanan el proceso volviéndolo más realista. Si una persona se queda idealizando lo que dejó no va a poder disfrutar lo que tiene, y si se queda pensando que lo que dejó era malo para no extrañarlo, va a aceptar mejor lo que tiene pero no va a tener una visión realista que es lo que ayuda a construir con bases sólidas.

Aprender a vivir de otra manera sin por ello dejar de sentirse uno mismo es, creo yo, el desafío mayor en el proceso de arraigo.

Cada uno acepta el “arranque de la raíz” de mejor o peor manera, según lo que lo motivó, pero en uno u otro caso, es lógico que duela, porque siempre uno algo pierde y no es cuestión de negarlo sino de aceptarlo como parte de la vida.

La persona tiene la vivencia, por un tiempo , de estar partida entre las ganas de recuperar lo que dejó y así recuperar la sensación de volverse conocido , y las ganas de conocer lo nuevo y aventurarse a descubrirse diferente.

Los motivos que produjeron la migración, también agregan lo suyo. No es lo mismo que alguien haya venido a vivir a Ushuaia porque le fascina la montaña y el frío que alguien que detesta el frío pero sólo aquí encontró trabajo.

Así entonces, cada uno reaccionará de una u otra manera, según la historia que dejó y lo que vino a encontrar o encontró. Pero, a grandes rasgos todos, pasarán momentos de tristeza, soledad, rechazo más o menos consciente a lo nuevo, añoranza, momentos de frustración, temor al fracaso, ansiedad, y también esperanzas, ilusión, alegría por los logros que apoyarán el optimismo.

Las enfermedades psicosomáticas, también pueden ser una respuesta si la exigencia es mucha y no nos damos tiempo para adaptarnos presionándonos para sobreadaptarnos.

Otra cuestión es la de muchas personas que han puesto kilómetros de distancia a conflictos que en realidad siguen en su cabeza, en lo inconsciente de su ser. Al tiempo, esos conflictos, volverán a reaparecer disfrazados de otra cosa, pero en el fondo, siendo el mismo conflicto que exige ser resuelto en la cabeza ya que la distancia geográfica no logra resolver lo que nos traemos en la cabeza. Nuevos personajes aparecerán para volver a repetir los mismos patrones de conducta con los que se reorganizarán los mismos conflictos.

La apertura para poder asimilar lo nuevo, la capacidad para vincularse con situaciones diferentes y personas nuevas, ayudarán para arraigarse a un lugar diferente con sus propias reglas geográficas y sociales, con sus cosas buenas y malas, sin cosas ideales ni demoníacas. Si se polarizan los sentimientos se tiene una visión menos realista del entorno y de uno mismo, con lo que se hace mucho más difícil arraigarse sanamente.

Si más adelante nacen hijos, plantearán una nueva reedición del conflicto arraigo–desarraigo, ya que , en principio, al criarlos en un lugar diferente al que se criaron sus padres, éstos no pueden verse del todo reflejados en las infancias de sus hijos, porque difieren en tiempo pero también en costumbres locales.

Cuando los hijos crecen, a su vez, plantean otro nuevo dilema: ¿tienen que volver al norte? ¿Son unos fracasados si se quedan aquí, que es el lugar en el que nacieron, el lugar que eligieron sus padres para realizarse?

Lo cierto es que no hay respuestas seguras, respuestas que sirvan a todos y que ya estén hechas, cada uno estará inventando la suya y probablemente la mejor respuesta para uno no sea la mejor para el otro.

Creo que aceptar que no hay un único lugar bueno para todos, puede ayudar a la elaboración individual y colectiva del tema que estamos tratando.

Al mismo tiempo, colectivamente nuestra sociedad, al menos, debería tener presente éstas y otras preguntas acerca del desarraigo que la atraviesa, para ir de a poco construyendo las respuestas conjuntas que la alivien.

Aprender a tolerar al diferente, aceptar que la ciudad no es una postal eterna en el tiempo, que formar parte del crecimiento global trae aparejadas cosas que nos gustan más y otras que nos gustan menos, eludir los mensajes apocalípticos, son algunas respuestas que me parecen interesantes.

Conocer más nuestro ecoespacio, sus múltiples interrelaciones y la posición que ocupamos dentro de él, creo que es una de las grandes deudas que nosotros, como comunidad aún tenemos, para poder atenuar los efectos dolorosos del desarraigo.

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

OPINIÓN