viernes 27 de abril de 2018 - Edición Nº156
Dar la palabra » Sociedad » 3 mar 2018

Las preguntas que nadie hace en público

¿Somos felices los fueguinos? (Por Gabriel Ramonet)

Si tuviera la posibilidad de contratar una encuesta, me gustaría saber qué opinan los habitantes de Tierra del Fuego sobre su propia felicidad. La hipótesis de este modesto relato consiste en preguntarnos si acaso podría existir una relación entre el presunto inconformismo que acompaña nuestros días de vida en la Isla, y el modo y la calidad de las discusiones públicas que se producen en torno a los principales problemas de agenda de los fueguinos.


Si tuviera la posibilidad de contratar una encuesta, me gustaría saber qué opinan los habitantes de Tierra del Fuego sobre su propia felicidad.

Desde luego, pido disculpas de antemano al microclima por distraer con semejante nimiedad el desarrollo de discusiones de mucha mayor trascendencia.

Sin embargo, tal vez no haya tanta distancia entre política y felicidad. Es más, la hipótesis de este modesto relato consiste en preguntarnos si acaso podría existir una relación entre el presunto inconformismo que acompaña nuestros días de vida en la Isla, y el modo y la calidad de las discusiones públicas que se producen en torno a los principales problemas de agenda de los fueguinos.

Por supuesto que podemos ser más claros.

Aún sin números en la mano, no es tan difícil de imaginar que un porcentaje importante de coprovincianos reniega de su destino sureño, aún a pesar de la férrea decisión de quedarse para soportarlo.

Ungida por el pecado original del desarraigo, esta mayoría aparentemente invisible sufre cada día más de lo que supone. El escritor Jorge Navone define el problema con claridad irrefutable, cuando sostiene que “la provincia está llena de escapandos, de tocando fondo, de fugados de otras cárceles” o de “apurones transplantados”.

Si bien algunos han elegido vivir aquí por voluntad propia, también es cierto que otros llegaron por necesidad, para alejarse de crisis familiares o económicas, para dejar atrás el pasado y forjarse un porvenir nuevo. “Llega quien viene planificando, cae quien no tiene más remedio”, nos ilustra Navone.

Y sin más remedio que convivir con desconocidos en el culo del mundo, muchos fueguinos arrancados de sus orígenes parecieran dar rienda suelta a un inconformismo casi patológico. Entonces se enojan cuando hace frío en invierno, se deprimen porque nieva, maldicen la escarcha cada día, como si pudieran derretirla con insultos, despotrican contra la condición insular, añoran el sol y las tardecitas en su pueblo, y hasta perfeccionan el recuerdo del tío Jorge.

Como la “cárcel” al menos les ha dado bienestar económico, no pueden irse, pero tampoco están contentos por quedarse. Y ya que permanecen a la fuerza, entonces tienen derechos, muchos derechos. El pago por aguantar, por resistir aquí. La compensación que se mide en años. “¿Vos cuándo viniste? ¡No! Yo estoy desde el 84”.

Demás está decir que el pagador es el Estado, al que se le exige todo: desde las camisetas para el equipo de fútbol, hasta el terreno y la casa; desde el salario más alto para cambiar el auto otra vez, hasta el mejor hospital, colegio o comisaría.

Pero la infelicidad no sólo se evidencia en los reclamos, en algún punto legítimos y propios de la naturaleza humana, sino en la forma de ejecutar esas reivindicaciones. Es como si ese vacío original que llevamos por dentro se llenara con la violencia que le imprimimos luego a nuestros discursos, a nuestras acciones, a nuestro modo de relacionarnos con el poder.

¿No podría acaso un turista, lo suficientemente lúcido, pararse en algún punto panorámico de la ciudad y preguntarse qué hacen estos tipos, reunidos en un lugar paradisíaco, alejados de los mega centros urbanos, con recursos económicos más que dignos para vivir, atacándose a los gritos en medio de la calle, odiándose como en una guerra, simulando crisis que sólo ven por televisión?

La mayoría de los fueguinos ha logrado al cabo de unos años de residencia en la provincia, cumplir con metas que de ningún otro modo podría haber alcanzado en  latitudes foráneas. Esa mayoría lo sabe. Todos lo sabemos.

Las preguntas siguen siendo: ¿somos felices los fueguinos? ¿Estamos conformes con nuestros destinos?, ¿qué otros hechos debieran ocurrir en nuestras vidas para sentirnos más completos o satisfechos?

Y por consiguiente, si aceptáramos que no somos felices, ¿cómo influyen los problemas comunes de nuestra insatisfacción general, en el modo en que armamos y discutimos nuestra agenda pública?

Porque tal vez, y sólo tal vez, pasamos demasiado tiempo discutiendo temas aparentemente importantes, peleándonos por las migajas del quién tiene razón, mientras estamos ignorando la fuente real y más profunda de nuestras módicas desgracias.

Quizás el botón de la felicidad, detone los mecanismos para las soluciones que hasta ahora no podemos encontrar.

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