martes 23 de octubre de 2018 - Edición Nº335
Dar la palabra » Sociedad » 3 mar 2018

La moda de facturarse el progreso

Me acuerdo cuando llegó a la Isla (por Gabriel Ramonet)

Una conducta difundida entre los fueguinos consiste en facturarnos el progreso. Siempre, claro, sin la presencia del aludido, solemos referirnos a alguien que posee un presente exitoso en materia económica, y lo contraponemos sin miramientos con aquel origen humilde que esa misma persona tenía cuando llegó a la isla. “Miralo a fulano, pensar que cuando llegó era un hippie que no tenía donde caerse muerto, y ahí lo tenés ahora, podrido en plata”.


Una conducta difundida entre los fueguinos consiste en facturarnos el progreso. Siempre, claro, sin la presencia del aludido, solemos referirnos a alguien que posee un presente exitoso en materia económica, y lo contraponemos sin miramientos con aquel origen humilde que esa misma persona tenía cuando llegó a la isla.

“Miralo a fulano, pensar que cuando llegó era un hippie que no tenía donde caerse muerto, y ahí lo tenés ahora, podrido en plata”.

La actitud es curiosa por dos motivos centrales. Primero porque, en general, el autor de este tipo de comentarios posiblemente también haya sido víctima de otro similar proferido por un conocido cuando él no estaba presente. Es decir, son pocas las personas que habiendo vivido en Tierra del Fuego una cantidad de años considerable, no ha terminado mejorando su situación económica en menor o mayor grado.

En segundo término, y tal vez el más trascendente, llama la atención nuestra natural tendencia a negarle al otro el derecho al progreso. O, lo que es lo mismo, a adjudicarle a ese crecimiento un sentido peyorativo, de alta carga de negatividad.

Es como si el otro (en definitiva muy parecido a nosotros) no hubiese podido mejorar gracias a su esfuerzo, mérito o contracción al trabajo. Que su éxito haya tenido necesariamente que ver con algún tipo de accionar turbio, oscuro, ajeno a la hombría de bien y a la rectitud moral que sólo guardamos para nuestro propio desempeño.

También es interesante pensar por qué el progreso del otro nos enoja o nos provoca envidia, en lugar de alegrarnos. ¿Por qué no reaccionamos comentando lo reconfortante que resulta ver la mejoría del otro, en lugar de teñir ese proceso de una sospecha que muchas veces no tiene?

Por si alguien ya lo pensó, no estamos indultando con estas líneas a los ex funcionarios, empresarios, comerciantes, punteros políticos o periodistas corruptos que se han enriquecido a fuerza de esquilmar al Estado de todas las maneras imaginables. Nada más lejos de eso.

Nos parece, simplemente, que la conducta de denostación del progreso abarca un abanico mucho más amplio que la clase dirigente fueguina y la corrupción en sus versiones estatales.

La pregunta es por qué, y las posibles respuestas (como siempre en nuestro caso) no son ni certeras ni seguras.

Daría la sensación que el progreso del otro nos remite definitivamente a nuestra propia historia, y que la comparación entre ambas circunstancias deriva muchas veces en la defenestración ajena.

Este punto es clave porque puede servir para explicar esa especie de carrera maratónica y desesperada hacia el bienestar económico que corremos los fueguinos empujados por un apuro difícil de razonar.

Es como si la adrenalina de habernos ido lejos nos durara más allá de lo aconsejable, aún después de haber llegado y haber logrado calmar las necesidades más urgentes con que nos animamos a venir.

Una idea perturbadora consiste en señalar que tal vez no admitimos el progreso ajeno porque no registramos el progreso propio.

Estamos mejor, mucho mejor, pero no nos damos cuenta. Como hemos dejado mucho por venir, como hemos sufrido para alejarnos y poder cambiar, y como este lugar nos ha dado tanto en tan poco tiempo, terminamos creyendo que se trata de una simple transacción comercial. La isla nos paga por nuestro esfuerzo de habitarla. Y nos parece lógico que nos pague. Nos parece justo.

Nos olvidamos pronto de cómo llegamos nosotros, y de cómo estamos ahora respecto de ese pasado que no nos gusta recordar. Pero en cambio exhibimos una memoria puntillosa a la hora de rememorar el pasado ajeno, y de puntualizar el crecimiento de los demás.

La combinación no parece muy auspiciosa. Si no registramos nuestro progreso y catalogamos de negativo el de los demás, es muy probable que de repente nos convirtamos es máquinas perfectas de exigir. Queremos más paga para estar como los otros, que sí progresan.

Ya no importa de dónde y cómo vinimos, lo que hemos logrado, lo que pudimos hacer. Interesa que nos deben dar, porque a los demás les dieron. Y mirá cómo están, podridos en guita.

“Mirá que yo te conozco desde cuando vendías repuestos en Karelo”. Con distintas voces, y el mismo tono socarrón, la frase va y viene durante los últimos años.

El que habla me está facturando el progreso, pero tal vez sin darse cuenta, habilita un mecanismo de lo más saludable: el de acordarnos cómo estábamos cuándo vinimos.

Quizá si en una charla entre amigos, durante una sobremesa o después de un café, fuéramos capaces de realizar ese ejercicio consistente en relatar cómo sobrellevamos ese inicio plagado de dificultades, y cómo llegamos hasta donde estamos hoy, entonces podríamos contemplar un poco más tranquilos nuestro propio progreso.

No se trata de conformarnos con lo que tenemos, ni de abandonar ningún sueño o meta posible, sino de poner la vara de nuestras exigencias en su justa dimensión.

Pretender el progreso económico es tan legítimo como natural. Pero negar ese progreso, aun cuando exista, puede enfermarnos gravemente de voracidad.

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