domingo 25 de septiembre de 2022 - Edición Nº1768
Dar la palabra » Política » 27 ene 2022

Cuento Ushuaiense: Cosas de los grandes (Por Alejandro Rojo Vivot)

Hoy, al despertarme, sentí un extraño movimiento en toda la casa. Los ruidos eran distintos, los silencios parecían más espaciados. El sol se filtraba lentamente entre las rendijas de las persianas del dormitorio, iluminando las partículas de polvo en suspensión que, como diminutas pompas de jabón, multiplicaban los rayos de luz.


Por:
Alejandro Rojo Vivot

“Como un naufragio hacia dentro / nos morimos, como ahogarnos en el corazón, / como irnos cayendo desde la piel al alma”. Pablo Neruda

 

Hoy, al despertarme, sentí un extraño movimiento en toda la casa. Los ruidos eran distintos, los silencios parecían más espaciados. El sol se filtraba lentamente entre las rendijas de las persianas del dormitorio, iluminando las partículas de polvo en suspensión que, como diminutas pompas de jabón, multiplicaban los rayos de luz.

A pesar de sentirme cómodo y bien abrigado, decidí levantarme aunque mamá no hubiera venido a desearme los buenos días de todas las mañanas.

Me vestí, sabiendo que más tarde mamá opinaría con un gesto sobre la ropa elegida.

Al abrir las persianas vi el otoño en las primeras escarchas, el pálido amarillo del pasto, los pájaros demorados en su peregrinaje anual y algunos manchones de nieve en los cerros más altos.

El corredor estaba iluminado tan solo por la luz que se colaba del dormitorio de mamá, pues las demás puertas estaban cerradas aprisionando al silencio.

Las fotos familiares desparramadas en las largas y altas paredes parecían mirarme fijamente, como lo hace mamá al retarme por no comer toda la comida o por llegar tarde cuando me quedo jugando sin avisarle.

Después de un portazo, que resonó en el silencio de la casa, escuché el taconear de mi abuela, único en su tipo pues se parece al paso redoblado de los soldados en los desfiles patrios o cuando pasan marchando en sus prácticas en el puerto.

Rosario, así se llama mi abuela, cruzó sin siquiera prestarme atención pues estaba apurada como siempre, cerró suavemente la puerta y se quedó mirándome en silencio. Luego me hizo señas para que la siguiera y se fue, como siempre, sin importarle mi respuesta.

Otra vez quedé solo ante las fotos de mis abuelos y tatarabuelos que parecen estar enojados por ser retratados o cansados de esperar que les reiteremos nuestros saludos; el retrato de papá es distinto, pues es el único que se parece a mí y, además, sonríe.

Por los murmullos provenientes del comedor me di cuenta donde estaba la familia. Al pasar frente al cuarto de mis padres también oí algunos movimientos.

En aquel momento no supe qué hacer, y como cuando no sé qué hacer hago algo, me puse a silbar y a cantar bajito para no despertar a las sillas, pues parecían seguir durmiendo. Las sillas siempre descansan tranquilamente apoyadas sobre sus patas, por eso rara vez se nota cuando están despiertas.

Ya no silbaba más ni cantaba bajito cuando se abrió la puerta del comedor dejando pasar a mi tía Maru para llamarme a tomar el desayuno, previa pregunta de qué hacía levantado. Callé por suponer la pregunta como una equivocación por parte de ella, pues siendo grande no podía hacer preguntas sin sentido; años después sabría que la mayoría de los grandes hacen ese tipo de preguntas a los niños.

Entré al murmullo, el cual se diluyó en el aire apenas me observó. Todos me miraron fijo como las fotografías del corredor.

Atravesé la caldeada habitación casi sin ver las miradas clavadas en mis movimientos y me senté a la mesa donde había una taza humeante y varias tostadas. En ese momento tuve la sensación de ser juzgado por algo que no había hecho pero que tampoco sabía cuál era la razón. De grande varias veces sufrí el malhumor de mis jefes, ya que la descarga siempre baja por los puntos más débiles.

Comí lentamente como lo hacen los jubilados en el bar del centro: primero un bocado, luego una larga ojeada al diario, después un sorbo de café o té, según su preferencia, otra mirada gastada al diario en busca de noticias, más tarde otro bocado mientras controlan el paso de la gente por la calle... En mi caso hice lo mismo, menos tomar té o café pues mi tía me sirvió chocolate, no leo el diario ni miro a la calle, pero sí lo tomo lentamente acompañado de tres o cuatro miradas que se estudian entre ellas para luego observarme hasta que les presto atención pues en ese instante desvían la vista. Es como un juego sin mucho sentido.

El chocolate me controla desde la taza, medio enojado pues lo sigo revolviendo y a él eso no le gusta demasiado; las tostadas calladas esperan atentamente que las coma, pero no lo voy a hacer, así pueden acompañar al impaciente brebaje que quedó en la taza casi llena.

De grande comprendí cuán molesto resulta el silencio si no deseamos reflexionar, por eso muchas veces hablamos aunque sea sin sentido para no meditar cuando no queremos pensar. El silencio perturba como cuando uno está frente a un precipicio. El silencio puede ser como un lamento o un ruido ensordecedor. El silencio nos expone como si estuviéramos frente a un gran espejo, por eso frecuentemente lo disimulamos con un velo de palabras. No hay nada mejor que estar siempre haciendo cosas para no escuchar el silencio.

Los ojos de mis primos grandes siguieron apuntándome como si tuvieran rifles de aire comprimido o cuando jugamos a mirarnos todos “a ver quién se ríe primero”, aunque lo dejaron de hacer en el momento que papá entró al comedor.

Otra vez las miradas se entrecruzaron pero ninguno habló. Mi “buen día papá” sonó como si lo hubiera gritado.

Papá me abrazó mientras lloraba. Fue la primera vez que lo vi llorar. Luego me tomó de los hombros, como lo hace cuando salimos a caminar por la costanera, y en silencio me llevó entre las fotografías de mis abuelos y bisabuelos. Llegamos al dormitorio grande y apenas entramos vi un cajón rodeado de flores y velas encendidas.

Papá me dijo que la besara. La besé.

Mi abuela me llamó y como no me moví me sacó del dormitorio mientras me repetía que “son cosas de los grandes”. Apenas cerró la puerta comenzaron los martillazos.

Maru me esperaba en mi dormitorio para ayudarme a cambiarme el pantalón pero la convencí de que me dejara solo. Las ventanas daban paso a la mañana que nos espiaba desde el jardín.

Ya estaba vestido con la mejor ropa cuando papá golpeó suavemente la puerta y me avisó que “está todo listo”. Miré hacia el jardín sin tener en claro qué buscaba.

Salimos de casa y subimos a unos autos negros que de tan perfectamente brillantes parecía que se burlaban. Todos permanecimos en silencio como tratando de escuchar no sé qué cosa.

Enseguida la procesión se puso en marcha bajando en dirección a la avenida que bordea la costa. Las calles casi desiertas nos recordaban el feriado nacional.

La bahía parece siempre un inmenso lago azul. Los vientos provenientes de la cordillera o del mar abierto se revuelcan por entre las piedras del fondo y las rocas de la costa. Sus infinitos brazos intentan a cada instante aferrarse a la orilla, pero las voces de las montañas los empujan hacia el horizonte enclavados entre valles y picos nevados.

Mar que vestís riguroso luto en tu inmenso y profundo fondo, y que tantas veces surqué tu piel en compañía de mamá, hoy me saludás y a ella la despedís con millones de pañuelos blancos entre tus olas de lágrimas que rasgan sus vestiduras entre las rocas que sobresalen, te pido que no llores más pues mamá no ha muerto ya que tan sólo se ha ido como a veces nos decía.

Quienes conforman una familia y los que desgranan una amistad, nunca mueren totalmente pues el recuerdo los mantiene presentes.

Quienes han sabido comer manzanas bajo los árboles, mirar durante horas seguidas a las estrellas, sentir el viento en la cara, tratar de comprender al crepitar de un fogón, por siempre estarán en otros que se sienten bajo las copas de los árboles, se detengan en las noches prístinas a oír al viento o sean capaces de hablar con el fuego.

La serpentina negra recorrió las últimas calles hasta llegar a donde descansan los primeros pobladores, los de las fotografías y otros que en otras fotografías en otras casas miran fijo a los chicos. También están los que no tienen fotografías y los que ya nadie los recuerda.

Nos detuvimos donde se alza una gran muralla blanca interrumpida por una enorme puerta de rejas verdes que deja ver el interior y, desde allí, permite apreciar la bahía en toda su extensión hasta donde el horizonte la envuelve entre la bruma.

Alguien abrió la puerta del auto y nos dijo que nos adelantáramos.

El silencio dio paso al romper de las olas y al revoloteo de unas curiosas gaviotas. Algunos chicos jugaban enfrente, donde los rosales pujan hace años por crecer sin mucha suerte.

Caminamos en cortejo por los pasajes internos, entre los antiguos pobladores, algunos árboles dispersos y el silencio. Los cuidadores nos miraron pasar, interrumpiendo su trabajo por unos instantes.

Una compañía de ceremonial compuesta por nubes blancas, en formación cerrada, cubrió el sol con sus banderas de sombras desplegadas por entre los valles y cerros circundantes. Una fosa cavada recientemente recibió a mamá.

Las hojas ocres y amarillas, que suplantaron al verdor de los árboles, nos vieron pasar de regreso caminando en silencio.

Subimos por las calles que dan la espalda a la bahía hasta llegar a nuestra casa. Como si fuera el resultado de un acuerdo tácito, sin decir palabra alguna fui a mi dormitorio que seguía inundado por el Sol.

Otra vez sin saber bien qué hacer, abrí la enorme ventana y pasé al jardín que aún estaba húmedo ya que los cerros le hacen sombra hasta bien pasado el mediodía.

Corrí por la calle que baja hasta estrellarse en la bahía. El mar siempre colmado de copos de nieve en las crestas de las olas azules y verdes nunca deja de repetir su deseo de avanzar como huyendo del horizonte.

Una vez en la playa, acostado sobre un enorme promontorio negro, el fuerte viento parecía atraerme hacia el mar. Las olas, como un cormorán rugiente, me invitaban a dar un paso y entrar a su juego de siglos.

Sin poder contenerla, una bocanada espesa me surgió como un grito largo y desafinado lastimándome la garganta. Entonces, por primera vez en ese día, lloré.

Lloré como el chorrillo que hace años se lamenta de los bosques que ya no están, de las canoas que casi nadie ni rememora, de los habitantes originarios que fueron violentamente muertos hace mucho, de los grande fuegos que se apagaron por los vientos del progreso, de los pájaros que se escaparon para siempre, del aire no tan límpido, de las aguas turbias...

Lloré por mamá.

Lloré por todo lo que no haremos juntos.

Tendido en una piedra gastada por el llanto milenario del mar, apoyé mi cabeza y me quedé dormido junto a las heladas aguas.

 

NOTA

Este cuento da inicio a “Relatario”, Editorial Dunken. Segunda edición. Buenos Aires, 2012.

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