lunes 23 de mayo de 2022 - Edición Nº1643
Dar la palabra » Sociedad » 20 dic 2021

Crónicas de viaje

Agua, plata y paciencia: La odisea de los fueguinos al salir a vacacionar por tierra (Por Gabriela Bersier)

Otra vez fila y todos los pasajeros a mostrar su identidad ante los tres puestos de control en la cabina correspondiente (Migraciones, Aduana y SAG). Una vez sellado seguimos viaje, casi la mitad del recorrido superado. Llegamos a Bahía Azul, una fila interminable de camiones del lado derecho de la ruta y otra mucho más extensa de autos al lado. Dos barcazas hacen el cruce de autos y pasajeros.


(*) Sábado 18 a las 5 de la madrugada llegamos al paso fronterizo San Sebastián desde la ciudad de Río Grande. En el lugar ya se había formado una fila de dos km y medio. Cientos de personas que llegaron minutos antes que nosotros o muchas otras que pasaron la noche en el lugar, durmiendo en el auto con niños y niñas, adultxs mayores y muchas, muchísimas, acompañadas por sus perros.

El puesto fronterizo San Sebastián comenzó puntualmente la atención de pasajeros a las 6 de la mañana. La espera fue de cinco horas. El momento del trámite fronterizo es rápido si tenes todo actualizado: DNI, partidas de nacimiento si viajas con pequeños, cédula azul del automóvil y nada más. En ningún momento nadie nos requirió el certificado de vacunación, ni Mi Argentina actualizado ni nada similar.

Primer paso, superado. Que alegría comprobar que es cierto y no un espejismo la pavimentación de los 14 km que separan San Sebastián argentino y chileno. La ruta tantas veces prometida, anunciada, proyectada, fotografiada y tantas veces obra incumplida es una realidad: la alegría del mismo dio para tomar algunas fotos. ¡Sin el fastidio de la espera seguro que me bajaba del auto y pisaba esa ruta descalza para sentir que es cierto!

Al llegar a San Sebastián chileno la fila se dispersó y nos ilusionamos con una agilización de los trámites y menos tiempo de espera: error. Acá el sistema no funciona con filas sino con la distribución de números, cada automóvil estacionado en un amplío estacionamiento y luego a las cabinas de control de documentación. Aunque mejor organizados en la distribución de autos y personas, la espera sigue siendo eterna: cuatro horas para acceder al trámite aduanero.

Son momentos en que los fueguinos nombramos al viento pero esta vez por su ausencia. “Que suerte que nos tocó este día!”, “Hay como 20 grados”, “Tomen agua y usen protector”. Esas fueron las frases que escuché y también pronuncié en la espera. Larga, eterna, pesada, pero con un optimismo arrollador, porque lo que queremos es cruzar y nada ni nadie nos detiene en la cruzada. Solo el viento al que nombramos para que no se sienta solo y se ofenda y vuelva con fuerza, porque entonces ahí no cruza nadie y será otra vez la espera de horas y horas como ocurre en este domingo. Lo comentaron en una estación de servicio en Río Gallegos y pensamos, “menos mal que cruzamos”, “¡qué cagada los que se quedaron!”

Pero estamos todavía en la isla de Tierra del Fuego, haciendo el trámite de egreso. Si llevas el SAG (Servicio Agrícola Ganadero) completo vía remota te podes ahorrar el momento de tener que pedir el formulario en la oficina y volverte locx  para completarlo, porque ¿quién lleva una birome todo el tiempo y a todos lados?. Casi nadie.

Otra vez fila y todos los pasajeros a mostrar su identidad ante los tres puestos de control en la cabina correspondiente (Migraciones, Aduana y SAG). Una vez sellado seguimos viaje, casi la mitad del recorrido superado. Llegamos a Bahía Azul, una fila interminable de camiones del lado derecho de la ruta y otra mucho más extensa de autos al lado. Dos barcazas hacen el cruce de autos y pasajeros.

El domingo pasado reforzaron con una más según el relato de los trabajadores de Broom Ltda. Otra vez la espera. En el lugar hay baños públicos, un kiosko en el que un jugo Andina de litro y medio cuesta $550 y una gaseosa de litro $400. A cien metros hay un bar/kiosko donde el mismo jugo sale $380 y una botella chiquita de agua $200. Si queres un barros luco (un sándwich caliente de carne y queso) tenes que desembolsar mil pesos. Cosas de la devaluación.

Dos horas de espera en Bahía Azul y subimos a la barcaza. El cambio desfavorable hace que el cruce tenga un valor de 4300 pesos argentinos para unir isla y continente. Veinte minutos dura ese tramo, en los días de sol y cuando las escaleras están habilitadas para la parte superior el paseo tiene su atractivo. Te quedas pensando en porque es tan caro, porque no buscaste pesos chilenos y porque no firmamos con el Fondo a ver si de algún modo la economía se acomoda y dejamos de pagar locuras por todo. O miras el estrecho de Magallanes y sacas fotos y te ilusionas en que una tonina salte, que este muy cerca, te maravilles con la naturaleza y te olvides de lo que pagaste por 20 minutos de olas y profundidad, de cielo limpio y de olor a aceite, sal y viento.

Ya en lado continental transitamos los kilómetros que nos separan de la próxima aduana chilena, Monte Aymond. Un salón de grandes dimensiones alberga a todos y todas, con barbijos, manos sanitizadas y en fila. Una hora y media para sortear otra vez los tres controles (migraciones, aduana, SAG), sellos en cada papelito y yo pienso que es el último día del cuadro con Piñera sonriente en la pared de este edificio público.

Hay elecciones, no son obligatorias, y el empleado de migraciones me comenta que “a este no lo queremos más” mientras mira de reojo el cuadro. “Nos gustaría algo en el centro como la Bachelet”, me dice y estampa sellos mientras cierra la conversación con un “no voy a poder ir a votar porque abrimos mañana, una pena porque me gustaría hacerlo”.

Seguimos en ruta, con la botellita de agua de 200 pesos y algo de agua caliente para el mate. Llegamos al puesto fronterizo Integración Austral, previo a llegar a Río Gallegos. Acá la fila es de personas, todas bajo un sol tibio y latente. Empiezo a ver ojotas, shorts, crocs y gorras. ¡Estalló el verano en esta fila de 70 minutos! Una empleada de migraciones nos toma los datos, ahí en la intemperie. Corrobora que cada unx de los que dicen que van en ese auto efectivamente están. Y de ahí, el titular del auto puede ingresar a la oficina para terminar el trámite. Pensemos que si para cada unx fue un fastidio hacer esa fila, debe haber sido mucho peor para esa mujer bajo el sol, vestida con uniforme negro y repitiendo la misma frase durante horas: los documentos por favor, quien es el titular del auto, ¿hasta dónde van? Una sola persona para tomar los datos de más de 800. Así funcionamos. Así somos. Así nos maltratamos.

Otro paso casi superado. “¿Están vacunados?”, fue la pregunta de la empleada de Migraciones que, ante la respuesta afirmativa, sello una hoja, no levantó la mirada y mucho menos se molestó en pedir los certificados de vacunación. Afuera de esa oficina, antes de levantar la barrera, un gendarme repitió la pregunta: “¿Están vacunados?”, ¡Siiii!, respondimos. Esa esperanza intacta, esa fe en que nos decimos la verdad, ese modo de no control total con una pregunta basta y con un SI, sobra. Todos vacunados, todos cansados, pero de vacaciones finalmente.

 

(*) originalmente publicado en el sitio www.tardeperoseguro.com.ar)

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

OPINIÓN