miércoles 19 de enero de 2022 - Edición Nº1519
Dar la palabra » Sociedad » 27 nov 2021

Historias y reflexiones

PODCAST. NOSOTROS los fueguinos II. Capítulo 42. Amanda, te pedimos perdón (Por Gabriel Ramonet)

Te pedimos perdón, de verdad. Tanto los que no sienten la necesidad, como los que estamos convencidos. Los que ni siquiera te conocemos bien, pero defendemos causas, no personas.


 

Te pedimos perdón, Amanda. En nombre de todos y todas. Por cada gacetilla infame que se regodea en anuncios vacíos. Por cada foto que ilustra reuniones inútiles. Por cada declaración de saco y corbata. Por esa acuarela de cinismo en que se transforma cualquier manifestación de deseo, cuando se choca de frente contra el caso concreto.

Te pedimos perdón, Amanda del Corro, porque haber sido legisladora de la provincia, ministra de Educación o dirigente política, no te exime de la categoría de mujer y de víctima de violencia de género.

No sos menos víctima porque sos política, o porque sos instruida, o porque fuiste docente.

Y no sos menos creíble porque te animaste a denunciar a un legislador en funciones, o porque los hechos ocurrieron adentro de un local partidario, porque tu presunto agresor tiene poder.

Por eso te pedimos perdón, Amanda. Porque no te creímos. Porque tu caso, como vos misma lo explicaste, es un compendio de todo lo que no debe suceder ante una denuncia de violencia de género.

Te pedimos perdón porque cuando fuiste al juzgado a radicar tu denuncia, en lugar de hacerte pasar y escucharte, te mandaron a la Comisaría de Género, donde te atendió un oficial varón, y después otro, por si hacía falta corroborar el error.

Te pedimos perdón porque terminaste en la Fiscalía de Ushuaia, donde te hicieron creer que te iban a creer. Y hablaste dos horas un día, y después te armaron una puesta en escena con secretarias mujeres, para que pareciera que de verdad eras una víctima. Y volviste a declarar como cinco horas, contando detalles de tu verdad, ofreciendo pruebas, pidiendo medidas de protección, dejando claro que no tenías ninguna otra intencionalidad que motivar una investigación a fondo de lo ocurrido.

Te pedimos perdón porque el fiscal Eduardo Urquiza, el fiscal Mayor de Ushuaia, el que intervino porque el denunciado es un funcionario público, terminó firmando un dictamen donde desestimó la formación de una causa penal, por entender que no se había cometido ningún delito. Si, sin investigar, un fiscal de la provincia, ya se había dado cuenta de que no existieron ni amenazas, ni contexto de violencia de género. Sin escuchar a testigos, y sin que se dispusiera ninguna prueba, el fiscal ya sabía que todo lo denunciado se podía reducir a un conflicto de índole laboral. Y que por supuesto no hacía falta dictar ninguna medida de protección contra ninguna víctima. Porque, de repente, la víctima había dejado de existir. Y el intocable parecía ser el legislador denunciado. O mejor dicho, el poder al que representa el legislador denunciado.

Te pedimos perdón, Amanda, porque el juez de instrucción 3 de Ushuaia, Federico Vidal, que debería haber investigado tu caso, confirmó el dictamen del fiscal. Después de todo, si el propio fiscal dice que no hay presunción de delito, él es apenas un juez que puede hacer el control de legalidad de la opinión fiscal. Nada más que eso. Qué culpa tiene el juez de que ni siquiera tu causa haya comenzado a investigarse.

Perdón, Amanda. Porque no te tratamos igual que al resto de las mujeres. Porque habíamos aprendido, a fuerza de insistencia y de la persistente militancia de los movimientos feministas, que a la mujer denunciante primero se le cree. Primero se le cree. Después se investiga, y se buscan pruebas, y se corrobora o se desechan las acusaciones. Pero primero se le cree. Se le cree y se la protege. Y no se la deja sola.

Te pedimos perdón, Amanda, porque en tu caso se callaron la boca casi todos, y todas. Porque algunos (y algunas) adormecieron su conciencia con un comunicado por Facebook, con tres mensajes de Twitter o con un comentario en la radio.

Porque otros (y otras) prefirieron no hablar demasiado, a ver si enojaban sus jefes (o sus jefas) que forman parte del mismo poder al que pertenece el legislador denunciado.

Porque tus propios pares, que hacía una semana habían creado por ley un cuerpo de abogados para defender a víctima de violencia de género, de repente se convirtieron en un monasterio con voto de silencio perpetuo.

Te pedimos disculpas, Amanda, porque casi todos los que tenían que hablar, optaron por callarse. Los propios y los ajenos. Los cercanos y los lejanos. Todos, Amanda. A ninguno pareció escandalizar que vos dijeras que tu agresor consumía droga y que por eso se violentaba, o que tenía 72 asesores.

La Legislatura no reaccionó nunca, Amanda. No hubo reuniones de comisión, ni cuestiones de privilegio, ni debate, ni nada.

Tampoco reaccionó el Gobierno, tan afín a los discursos progresistas y tan lleno de oficinas cuya supuesta misión es ocuparse de este tipo de situaciones.

Te pedimos perdón por haberte dejado sola, justo en el momento en que más compañía necesitabas. Por haberte dejado llorar a escondidas, por haber tenido miedo, por haber preocupado a tu familia, a tus hijos y a tus hermanos.

Te pedimos perdón por haber fallado como sociedad. Porque en tu caso no funcionaron las instituciones, no hubo división de poderes, ni se ejerció la libertad de expresión.

Te pedimos perdón por no haber organizado marchas, poniendo tu caso como testigo. Por no haber hecho campañas en las redes sociales, por no haber firmado petitorios a las autoridades, por no haberle exigido a la Legislatura y a la Justicia. Por haber mirado en silencio como la denuncia se escurría hasta deshacerse entre otros temas de actualidad.

No supimos, Amanda. No pudimos acompañarte. No entendimos la relevancia, no medimos la peligrosidad. No quisimos poner en práctica el discurso que ensayamos todos los días. Nos dio miedo que la violencia de género tocara a un poderoso. Pensamos que el agresor iba a ser siempre un don nadie, un medio pelo fácil de demonizar. Y resultó que esta esta vez era un señor con cargo, repleto de conexiones y cargado de secretos.

Te pedimos perdón, de verdad. Tanto los que no sienten la necesidad, como los que estamos convencidos. Los que ni siquiera te conocemos bien, pero defendemos causas, no personas.

Los que vamos a estar al lado tuyo, cuando se aleje hasta el último lameculos del poder berreta que protegió a tu victimario.

 

 

 

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