martes 28 de septiembre de 2021 - Edición Nº1406
Dar la palabra » Sociedad » 10 jul 2021

Historias y reflexiones

PODCAST. NOSOTROS los Fueguinos II. Capítulo 23. Hace 10 años, José murió soñando (Por Gabriel Ramonet)

Pero sus ojos se encendían de verdad cuando tenía que referirse al futuro. El tono de voz, los gestos, todo servía para convencer y para insistir en que sus palabras no eran un cuento de hadas, que sus planteos tenían fundamentos reales.


 

“¿Hola Gabriel?, habla José. Quería decirte que me quedé solo un rato en mi casa y me puse a pensar cuáles eran las personas que durante estos últimos años habían defendido las mismas ideas, contra viento y marea, y después de hacer una lista muy breve decidí llamarlos, para agradecerles”.
Yo salía del programa de radio y me costó ponerme en sintonía con lo que estaba escuchando. Después me olvidé de aquel episodio, que primero me había llamado mucho la atención, hasta ayer a la mañana, en que lo recordé palabra por palabra.
Ese día José estaba conforme, porque se había instalado la discusión pública sobre el tope salarial constitucional. Y él era uno los convencidos de que ningún empleado público, incluyendo los jueces, podía ganar más que la Gobernadora.
Pero una cosa es defender una idea, y otra muy distinta es ponerse a recordar a los compañeros de convicciones, hacer un listado y llamarlos por teléfono de a uno. Recuerdo haber pensado, aquella vez, que son ese tipo de gestos los que distinguen a las personas, y las ubican un escalón más arriba en su grado de humanidad.
A José le gustaba explicar sus proyectos en una pizarra. “¿Ya te hizo el dibujito?”, bromeó una vez un colaborador suyo al que me crucé en la entrada de su despacho.
Y es que no sólo le gustaba dibujarlo, sino que uno percibía cómo se le transfiguraba el rostro cuando, marcador en mano, hacía el primer triángulo del mapa de la isla y empezaba a hablar de las posibles formas del desarrollo provincial a mediano y a largo plazo.
Siempre se tomaba unos minutos para mencionar cómo se había llegado a la situación actual. Marcaba los años clave desde el momento de la provincialización, los datos económicos más relevantes que habían signado cada época y las medidas –a su criterio equivocadas– que había adoptado cada administración.
Pero sus ojos se encendían de verdad cuando tenía que referirse al futuro. El tono de voz, los gestos, todo servía para convencer y para insistir en que sus palabras no eran un cuento de hadas, que sus planteos tenían fundamentos reales.
La primera vez que me habló del Fideicomiso Austral pensé que me estaba cargando. Lo vi hacer garabatos en el pizarrón para explicar que con esos fondos se podría hacer el interconectado eléctrico, el polo logístico antártico y plantas potabilizadoras de agua en las dos ciudades. Y, sobre todo, lo vi trazando una línea por donde él creía que debía pasar la continuidad de la ruta 40 en Tierra del Fuego.
Decía que al costado de la ruta podían surgir nuevos microemprendimientos, que por primera vez íbamos a tener un camino entre Ushuaia y Río Grande alternativo al Paso Garibaldi, y que el turismo obtendría nuevos circuitos y opciones para los visitantes.
José tenía un proyecto de provincia metido en la cabeza y su paso por el Senado le había permitido concretar muchas de esas ideas. También lo había mejorado como político y como dirigente.
“Para nosotros, para nuestros hijos y para nuestros nietos”, repetía últimamente como una muletilla, al final de cada discurso.
Pocas cosas lo entusiasmaban tanto como la creación de la Universidad de Tierra del Fuego, “donde nuestros pibes podrán formarse sin necesidad de emigrar al norte”.
Creía posible el Corredor Marítimo Austral, para poder cruzar por aguas argentinas al continente, y lo enojaba la idea de una renegociación de contratos petroleros que fuera sólo favorable para las empresas del rubro.
En 2008, su nombre se barajó como alternativa para reemplazar a Eugenio Sideris en el Ministerio de Economía. José dejó sus actividades en el Senado y se trasladó a Ushuaia en avión, para ponerse a disposición de la gobernadora. Como la reunión no se concretó, viajó por tierra a Río Grande. A las pocas horas lo convocaron desde la Casa de Gobierno. Se subió a su auto y volvió a hacer el trayecto a la capital por segunda vez.
Nunca fue ministro y su relación con el actual gobierno se fue deteriorando al mismo ritmo que la del resto de integrantes de su espacio político.
Pero a pesar de ello, insistió con sus ideas, con sus proyectos, con su visión de desarrollo de una Tierra del Fuego posible.
Varios de los que ayer lamentaban su pérdida, se dedicaron por mucho tiempo a ningunear su tarea, a minimizarla, a diluirla para que pareciera parte de un todo más repartido y más proclive a sus propios intereses.
A ellos les queda la obligación moral de resarcir esa injusticia, no sólo con palabras que se lleva el viento, sino con acciones concretas, continuando su imprescindible labor.
El destino se ensaña a veces con simbolismos aplastantes. José murió en la ruta, ese nexo entre Ushuaia y Río Grande que tantas veces intentó ampliar a otras posibilidades. La ruta 40, el interconectado, el gasoducto. Alguna vez había soñado con un tren que uniera las dos ciudades.
Si algún rótulo le cabe como homenaje es el de haber intentado comunicar a la provincia de todas las formas posibles. Y a la isla con el continente.
José murió en la ruta, tratando de agregarle algunas horas a su descanso en el asiento posterior de un auto. Viajando a Ushuaia a participar de una videoconferencia para estar presente de algún modo en una nueva reunión del Fideicomiso Austral.
José murió en la ruta, sin protocolos, ni custodia, ni vehículos o aviones oficiales que lo transportaran para cumplir con su tarea.
José se recostó en el asiento, y mientras esperaba su desenlace, habrá soñado que la provincia por la que tanto laburaba tenía alguna chance de convertirse en realidad.
“¿Hola José?, habla Gabriel. Era para decirte que la política no será igual sin vos, y que muchas gracias por todo”.

 

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