martes 28 de septiembre de 2021 - Edición Nº1406
Dar la palabra » Sociedad » 5 jun 2021

Historias y reflexiones

PODCAST. NOSOTROS los Fueguinos II. Capítulo 18. Volver a la cárcel antes de morir (Por Gabriel Ramonet)

“Vine a cumplir mi sueño. Decidí no morirme hasta haber vuelto a Ushuaia, para demostrarles que yo les gané a todos los que me hicieron daño. Ellos se murieron, pero yo sobreviví. Yo sigo”, dijo Vaca aquella vez.


 

“Con el filo de sus hachas, hombres que cortan madera, para calentar su celda, y vivir un día más”.

La canción fluye con la melancolía de un organito, y se dispersa por el lujoso vagón del Trencito del Fin del Mundo, en Ushuaia. Por ese instante es lo único que se oye en el ambiente, además de la pequeña locomotora sudando vapor.

Santiago Vaca mira fijo por la ventanilla el bosque de lenga cortado por los presos hace setenta años, y en ese momento, pasado y presente tienen un solo hombre en común. Los demás leyeron o les contaron, pero él estuvo ahí. Él sabe lo que significa estar encerrado en la antigua Cárcel de Reincidentes durante seis años, entre 1935 y 1941. El Presidio del Fin del Mundo lo llamaban, quizá porque primero funcionó en la Isla de los Estados, cerca del faro que inspiró a Julio Verne.

El preso número veintiuno ayudaba al “maquinista gordo” que guiaba el pequeño ferrocarril desde la puerta del penal hasta veinte kilómetros afuera del caserío de techos rojos, hoy convertido en ciudad. Los reclusos vigilados de cerca hachaban a la intemperie hasta la hora del regreso, aunque al menos olían el aire, se olvidaban de los tormentos y se imaginaban libres por un rato.

Sesenta y tres años más tarde, en 2004, Vaca pidió regresar al mismo sitio de sus desgracias como último deseo antes de morir. Y así se convirtió en el primer ex presidiario de la Cárcel de Ushuaia en aportar un testimonio histórico sobre sus días de cautiverio.

“Vine a cumplir mi sueño. Decidí no morirme hasta haber vuelto a Ushuaia, para demostrarles que yo les gané a todos los que me hicieron daño. Ellos se murieron, pero yo sobreviví. Yo sigo”, dijo Vaca aquella vez.

“Transportan su carga vagones playos. Tira una locomotora entre nubes de vapor. Con su ritmo cual plegaria, el grupo emprende el regreso, y el trencito de los presos va camino a la ciudad”.

La canción sigue y el silencio también. Ahora Vaca es casi un héroe. Todos quieren hablar con él y sacarse fotos. Ya no tiene el uniforme a rayas, sino pantalones negros, un buzo y una gorra azul. No parece que en breve cumplirá 90 años. Ahora toma café y saborea bombones en un asiento aterciopelado. Pero antes fue distinto.

A Vaca lo condenaron por un intento de homicidio en Salta. “Tuve problemas en el Ejército, cuando tenía 20 años y hacía el servicio militar. Entre muchos soldados me ascendieron a cabo, y eso sembró la envidia entre los demás. Entonces me buscaban para hacerme daño o cualquier cosa. Me acuerdo que después de cenar nos encontrábamos directamente para pelear. Había un comandante que era tan chueco y petiso que me llegaba por acá.  Robles se llamaba, y se parecía al Petiso Orejudo.  A causa de su estatura muchos se le reían. Y yo también”, confiesa y sonríe sesenta años después.

Un día el comandante quiso atravesarlo con un sable. Vaca extrajo su pistola y le disparó. Aunque no lo mató, fue sometido a la Justicia Militar en Córdoba, puesto preso en Buenos Aires, primero, y enviado al penal del fin del mundo más tarde.

La cárcel estaba hecha para que nadie pudiera escaparse. Pero él se escapó. Un día de junio de 1937 burló a los rigurosos guardiacárceles y se mandó a mudar con su amigo Cáceres. Seis días más tarde los atraparon a los dos y los molieron a palos, aunque solo su espalda con cicatrices eternas se acuerda bien de eso.

-¿De qué presos se acuerda más?, le preguntan.

-Del número 22, un jujeño que era militar. Trabajábamos juntos en los hornos. Después nos separaron y a él lo pusieron a arreglar motores. Había un anarquista que nos enseñó a manejar un camión Chevrolet nuevo. Para mí que siempre quiso fugarse.

-¿Cómo era Santos Godino, el famoso asesino de niños apodado el Petiso Orejudo?

-Era chiquitito así (hace el gesto) pobrecito, con las orejas grandes. Siempre andaba con una escoba y un tacho para juntar los puchos. Barría los asientos y sobre todo andaba cerca de los guardianes para ver si alguno tiraba un cigarrillo. En ese caso él iba, lo agarraba disimuladamente y lo chupaba para sacarle la última bocanada de humo. Siempre pensé que si ese hombre hubiese tenido un buen padre, hubiera sido un ciudadano ilustre. Lo cargaban mucho por ser chiquito.

-¿Y de otros presos, qué recuerda?

-Había unos alemanes que tenían pintada en la gorra la franja colorada. Los que estaban por robo tenían la franja blanca, los que habían matado tenían la franja roja. Yo tenía la roja aunque no maté a nadie. En general los ladrones eran más chistosos, se dedicaban todo el día a explicar sus trucos para robar. En cambio los que estaban por muerte eran personas más serias.

-¿Eran comunes las peleas en una cárcel de tanta severidad?

-Había muy pocas peleas dentro del Presidio. Las peleas eran cuando iban al trencito, y en general por la comida. Algunos no querían el puchero, otros pedían más ración. Y ahí no más se trenzaban.

-¿Cómo se llevaban con los guardiacárceles?

-Eran tipos serios. Estaban los guardianes que nos acompañaban fuera del Presidio y los guardiacárceles que no se movían del lugar. Ninguno hablaba con nosotros, solo nos saludaban de lejos, miraban siempre sin soltar la escopeta. Algunas veces le preguntábamos algo: “Oigame, señor guardian”, le decíamos. Ahí nos dimos cuenta de que la mayoría eran españoles. “Me cago en Dios, me cago en Dios y en la Vírgen”, puteaban cuando les pasaba algo.

-¿Qué sanciones soportaban los presos por mal comportamiento?

-Y bueno, los metían en el calabozo. Los tenían a pan y agua durante cinco o diez días. Después de la fuga estuve veinte días a pan y agua. Igual la pasé bien porque muchos presos me apoyaban. Cuando venían con la pava de agua caliente y el canasto de pan, cada uno estaba en la puerta de su celda. Y cuando llegaban a la mía, los demás presos hablaban con al guardián y alguno me tiraba una albóndiga o un paquete con ropa.

-¿Cómo eran los viajes en el tren?

-Iba siempre con un maquinista gordo y buenazo. “Echele leña, echele leña”, me gritaba cuando veía que la presión del vapor era insuficiente. Y atrás venía la zorra con los presos. Yo cada tanto los saludaba: ¡hola, hola!, ¿vamos todos bien?. Y más atrás venía la otra zorra con los guardianes. Todos con la escopeta listos para “aplicar el artículo”. Antes de llegar al monte pasábamos por el centro del pueblo, y las mujeres se escondían, todos se escondían. Nosotros igual saludábamos.

-¿Nunca veían mujeres?

-La entrada de mujeres al penal estaba prohibida. Y las pocas mujeres que se veían por la calle tenían las polleras larguísimas, así que piernas no se veían en ningún lado. Si hubiera aparecido una mujer como usted (dice Vaca y señala a una guía del actual Tren del Fin del Mundo) en aquellos tiempos se hubiese producido un crimen.

-¿Qué sintió al reencontrarse con su calabozo?

-Sentí que me apretaban de todos lados. Me acordé que cuando uno estaba ahí adentro no podía estar quieto para no acalambrarse. Y al caminar en un cuadrado de dos por dos era común chocarse con las paredes. Sobre todo cuando quedaba todo oscuro. Después uno se acostumbraba a ver con la mente. Eran dos pasos para cada lado.

-Cuando se fue del Presidio, ¿qué hizo de su vida?

-Volví del penal y no podía conseguir trabajo porque todos me cargaban. Tuve que irme de Salta a trabajar a los ingenios azucareros de más al norte. Hasta que un cuñado me avisó por carta que una empresa norteamericana buscaba empleados y yo fui. Me nombraron jefe de campamento. Todo fue distinto desde entonces.

-¿Esperaba ser recibido casi como un héroe en Ushuaia?

-Sinceramente no. Es algo increíble, como un reencuentro con el pasado, con la memoria. Me hizo bien venir. Era algo que necesitaba, que me había propuesto hace sesenta años. Y pude cumplirlo.

 

La fuga en primera persona

 

Una cosa era estar encerrado dentro del Penal y otra muy distinta salir con el trencito. Yo trabajaba en los talleres del Presidio. Con el tren empecé a ver los árboles, el monte, el cielo. En otras palabras: la libertad.

Dejé de estar pálido, casi amarillo por la falta de sol que no entraba nunca al interior del edificio. Pienso que me mandaron afuera para hacerme fuerte.

Se hizo una obsesión. Todos los días me repetía: mañana me voy, mañana me voy. Y un día cumplí.

No lo hice solo. Me acompañó el preso que trabajaba en una máquina junto a la mía. Era un chaqueño de apellido Cáceres. Caminaba despacio porque ya tenía doce años de cárcel.

No lo planeamos mucho. Se podría decir que fue casi de imprevisto. “Yo lo acompaño”, me dijo el chaqueño un día. “Si se va, nos vamos”. Perfecto, contesté yo. “Ya somos dos”.

Ese día de junio de 1937 le pedí al chaqueño que me esperara afuera, mientras yo me ocupaba de entretener a los guardianes. Les preparé dos buenos bifes vuelta y vuelta y una taza de café para cada uno. No podían creen tantas atenciones.

Mientras comían salté las máquinas del taller y empecé a correr rumbo al portón donde estaba mi compañero esperando. Era de mañana, plena luz del día, cuando emprendimos la mayor carrera de nuestra vidas rumbo al Monte Olivia.

Habíamos recorrido un trecho cuando los guardias se dieron cuenta y salieron disparando sus escopetas. “Alto, alto”. “Pum, pum”. Las balas pasaban cerca pero ninguna nos pegó. Fue ahí cuando le grité al chaqueño que se acercara hacia una garita de guardias ubicada a cincuenta metros. Sabía que no iban a seguir disparando contra sus propios camaradas.

Pasamos por la orilla de las ventanas de las garitas y vimos a los carceleros recién despertándose, sin entender nada.

Queríamos cruzar la Cordillera y pasar para Chile por el Lago Fagnano. Era el camino más corto y el más factible.

Claro que una cosa es planear un camino sin nieve, y en aquel entonces estaba todo blanco. No importaba, porque la nieve era también un combustible para nosotros. Nos obligaba a estar más activos que nunca para no congelarnos.

Las cosas se complicaron al llegar a un arroyo bastante profundo, y helado. En mi caso tomé carrera y los salté limpito. Pero mi compañero no se animó. Quiso pasar por las ramas de un árbol y a mitad del recorrido perdió estabilidad y cayó. Quedó hundido hasta el pecho.

Así pasó todo el día y toda la noche. Congelado y sin poder secarse, hasta que comenzó a sentir un dolor insoportable en un talón. “No puedo pisar”, se quejaba a cada rato.

Yo le recomendé que cuando paráramos a comer los mejillones que extraíamos de la costa del Canal Beagle, usara el mismo agua caliente para aliviarse. Ahí también me confesó que había salido con un solo par de medias.

El resultado fue terrible. El pie estaba muy dañado, y la piel y la carne se salían de solo tocarla con el dedo.

Ahí se me acabó el mundo. No sabía qué hacer, si seguir solo o quedarme a cuidarlo. Después nos agarraron los guardias, quizá alertados por un aborigen al que cruzamos y le pedimos que no dijera nada. Pero nunca sabremos qué pasó.

Nos llevaron a patadas hasta el Presidio. El chaqueño estaba muy mal. Cada vez que le pegaban quedaba tirado en el suelo. A mí me tenían agarrado con los brazos atados a la espalda. Mientras me pegaban me preguntaban: “¿Por qué se fugaron?”. Yo contestaba: “porque estoy cansado de estar preso”. “¿Y por qué no te matás?”, retrucó el director de la cárcel. “Porque usted no me da la oportunidad”, le escupí yo.

Entonces el jefe pidió un revolver a los guardias. “¡A ver, un arma que a este lo tengo que matar!”. La segunda vez que hizo el pedido, un coro de guardias empezó a pedir que no me mataran.

“Usted ha ganado”, dijo el director. Y agregó: “solo por esta vez”.

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