lunes 23 de noviembre de 2020 - Edición Nº1097
Dar la palabra » Cultura » 11 nov 2020

Gulliver casi 300 años después (Por Alejandro Rojo Vivot)

En su viaje al país de los Houyhnms, iniciado el 2 de agosto de 1710, se encuentra con unos personajes muy primitivos y con muy poco desarrollo de la inteligencia que, por su puesto, son los seres humanos que conviven con caballos inteligentes. Esos hombres y mujeres son los Yahoos, el mismo término que David Filo (1966) denominó a su sistema informático redoblando la ironía doscientos cincuenta años después


Por:
Alejandro Rojo Vivot

              ‟Mi manera de bromear es decir la verdad. Es la broma más cómica del mundoˮ.

 

                                            George Bernad Shaw (1856-1950)

 

Jonathan Swift (1667-1745) en 1726 publicó su magnífica, divertida y vigente novela satírica “Los viajes de Gulliver” que, muchos la toman únicamente como una obra para niños, es una extraordinaria crítica a su época muy particularmente a los políticos y a los intelectuales en general; inclusive se ocupa de lo que mucho después se denominó el derecho de los animales. En líneas generales es como leer en un espejo pues lo que afirma, casi siempre, está expresando lo contrario, de ahí la tan refinada ironía.

Recordemos que, bien entrados en el Siglo XXI, algunos poderes públicos autoritarios o con sesgos en tal sentido buscan influir en los contenidos de los pensamientos expresados públicamente.

También recordemos que hay quienes han leído parcialmente la magnífica y entretenida obra y como mucho recuerdan el fragmento referido a los liliputienses.

En su viaje al país de los Houyhnms, iniciado el 2 de agosto de 1710, se encuentra con unos personajes muy primitivos y con muy poco desarrollo de la inteligencia que, por su puesto, son los seres humanos que conviven con caballos inteligentes. Esos hombres y mujeres son los Yahoos, el mismo término que David Filo (1966) denominó a su sistema informático redoblando la ironía doscientos cincuenta años después. (Yahoo comenzó a operar en el mercado de valores de Nueva York el 12 de abril de 1996).

Recordemos que cuando los niños y jóvenes de la familia se portaban mal o gritaban jugando, su padre les espetaba que parecían Yahoos; y todos comprendían el sentido y el recuerdo literario; posiblemente hoy en día sería imposible pensar algo similar o equivalente.

Cuando el Dr. Lemuel Gulliver llega a una isla que flota en el aire donde encuentra los mismos individuos que a diario cualquiera puede frecuentar: “La mente de esas personas está tan enfrascada en profundas especulaciones que no pueden hablar ni escuchar las palabras ajenas (...)”. Desde luego que también le toca el turno a los escritores, cuando arriba a la metrópoli Legado, ciudad principal de Balnibarbi.

 

“El primer profesor que vi se hallaba en una habitación muy grande rodeado por cuarenta alumnos. Después de saludarnos, al ver que yo miraba con interés el bastidor que ocupaba la mayor parte de la habitación a lo ancho y a lo largo, dijo que quizá me asombraba verlo dedicado a un proyecto para hacer progresar el pensamiento especulativo mediante operaciones prácticas y mecánicas, pero el mundo comprendería pronto su utilidad, y se jactaba de que jamás había surgido de cabeza humana un pensamiento más noble y elevado. Todo el mundo sabe cuán difícil es el método habitual para llegar a conocer las artes y las ciencias, en tanto que su invento, la persona más ignorante, por un precio razonable y con escaso trabajo corporal, puede escribir libros de filosofía, poesía, política, derecho, matemáticas y teología sin la menor ayuda del talento o del estudio.

Luego me llevó al bastidor, a ambos lados del cual se hallaban los alumnos en filas. Tenían seis metros de lado y estaba colocado en medio de la habitación. Las superficies se componían de varios trozos de madera del tamaño aproximado de un dado, pero unos eran mayores que otros. Todos ellos estaban unidos con alambres delgados. Los trozos de madera se hallaban cubiertos por todos los lados con papel pegado a ellos, y en esos papeles aparecían escritas todas las palabras de su idioma en los diversos tiempos, modos y declinaciones, pero sin orden alguno. El profesor me rogó que atendiera, pues iba a poner en funcionamiento el aparato. Los alumnos, por orden suya, asieron cada uno de ellos un mango de hierro de los cuarenta que había alrededor del bastidor y, dándoles una vuelta rápida, modificaron totalmente la disposición de las palabras.

 

Luego ordenó a treinta y seis de los muchachos que leyesen las diversas líneas en voz baja, tal como aparecían en el bastidor, y cuando encontraban tres o cuatro palabras juntando las cuales se podía formar parte de una frase, las dictaban a los cuatro muchachos restantes, que actuaban como escribientes. Ese trabajo se repitió tres o cuatro veces, y en cada una de ellas, en virtud de la disposición de la máquina, las palabras iban a ocupar nuevos lugares al dar vuelta los trozos de madera cuadrados.

Los jóvenes estudiantes dedicaban seis horas diarias a esa tarea y el profesor me mostró varios volúmenes en gran tamaño con frases cortadas que se proponía unir y, sacándolo de esos ricos materiales, ofrecer al mundo un tratado completo de todas las artes y ciencias. Sin embargo, el método podía ser mejorado y acelerado mucho si el público crease un fondo para construir y utilizar quinientos de esos bastidores en Lagado y si se obligase a los proyectistas a contribuir a la obra común con sus colecciones respectivas.

 

Me aseguró que el invento acaparaba todos sus pensamientos desde su juventud, que había vertido todo el vocabulario en el bastidor y hecho el cálculo más exacto de la proporción general que hay en los libros entre el número de partículas, nombres, verbos y demás partes de la oración”.

Hoy es una buena oportunidad para leerlo en familia, en voz alta y con los teléfonos celulares en silencio.

Los interesados en la política, docentes, periodistas, etcétera, tendrán un magnífico documento.

Además, todos se divertirán.

 

REFERENCIA

1) Swift, Jonathan. Viajes de Gulliver. Ediciones Peuser. Páginas 155, 179 y 180. Buenos Aires, Argentina. Septiembre de 1952.

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