miércoles 23 de septiembre de 2020 - Edición Nº1036
Dar la palabra » Política » 12 ago 2020

El hombre que ríe (Por ARV)

Esta novela, posiblemente, es la ficción literaria que más ha centrado sus críticas al sistema parlamentario que, además, mantiene actualmente vigencia si observamos las respectivas conductas legislativas en general salvando algunas excepciones; y es un excelente tratado sobre el humor.


Por:
Alejandro Rojo Vivot

“La ocurrencia es fácil e ingeniosa, aunque ignoro si estaría justificada. (1) Más el chiste no suele preocuparse mucho de tales justificaciones”. (2)

 

Sigmund Freud (1856-1939)

 

El humor es una de las manifestaciones de la inteligencia humana más insondable, de allí que son múltiples los fundados argumentos que, desde muy diversas disciplinas, procuran su explicación. Bien sabemos, por ejemplo, que es necesaria la plasticidad intelectual para interactuar en un proceso humorístico; los que han generado una estructura de pensamiento rígida poseen grandes dificultades para el disfrute en este sentido, más allá que pueden ser exitosos en otras actividades. Los autocráticos y los que bogan por pensamiento único, difícilmente practiquen el humor salvo para burlarse de los que opinan distinto.

El desarrollo del respeto a los derechos humanos y a la democracia como forma de gobierno recorrió intrincados y tortuosos caminos, aun en el siglo XXI.

Con frecuencia la literatura de ficción ha contribuido notablemente a que se visualicen situaciones de ignominia afrenta a la condición humana, sobre todo de los individuos más vulnerables, de ahí que además del disfrute intelectual son valiosas herramientas para la difusión, reflexión y el debate.

No obstante lo antedicho existen quienes consideran que leer ficción es perder el tiempo; todo es posible.

En una de sus principales novelas y la más leída: El hombre que ríe (1869), Víctor Marie Hugo (1802-1885) entrelaza sus opiniones sobre el humor, la degradación de la monarquía incluyendo al Parlamento dominado por los lores que votaban corporativamente a la manera de las mayoría automáticas de los siglos XX y XXI, la aberrante pobreza de la mayoría de la población y, muy particularmente la explotación de niños; el personaje central, noble por nacimiento, fue vendido por venganza política y comprado por un traficante especializado que le desfiguró hábilmente el rostro logrando una risa permanente para así explotarlo exponiéndolo lucrativamente en las muy concurridas ferias y circos, ante los aficionados a divertirse y burlarse de los más dispares individuos considerados anormales.

Hoy, es plausible cambiar monarquía por presidentes, gobernadores, intendentes, comisionados y los circos por algunos programas en ciertos medios de comunicación social.

Esta novela, posiblemente, es la ficción literaria que más ha centrado sus críticas al sistema parlamentario que, además, mantiene actualmente vigencia si observamos las respectivas conductas legislativas en general salvando algunas excepciones; y es un excelente tratado sobre el humor.

Nos relata que, en los sitios de espectáculos, por lo general instalados a extramuros de las ciudades, se confundían las clases sociales que nada más tenían en común; los opresores y los oprimidos, por un tiempo, reían de lo externo aunque un abismo los separaba pues era mandato de la Providencia reforzado por la prédica de la resignación como virtud cristiana.

Hoy hay quienes sostienen que a los líderes nadie los discute y el que piensa diferente es un enemigo que hay que eliminarlo, encarcelarlo, denostarlo, etcétera.

“La risa nace de lo inesperado. (…) Hacer reír es hacer olvidar, y es un bienhechor el que en el mundo puede distribuir el olvido. (…)

Un niño derecho no causa risa, pero un jorobado sí. (…) Esta ciencia formaba seres cuya ley de existencia era monstruosamente sencilla; les daba permiso para padecer, y les ordenaba divertir a los demás. (…)

Tengo un compañero que hace reír; yo hago pensar. Habitamos en el mismo domicilio, porque la risa es de tan buena familia como el saber. (3) Cuando le interrogaban a Demócrito: (4) ¿Qué sabéis? Él respondía: se reír. (…)

Como había gentes que tenían motivo para hallar el mundo miserable, Dios quiso probarles que sabía crear seres dichosos, y crio a los lores para desmentir a los filósofos; esta creación corrige la anterior. (…) Vengo a advertíroslo y a denuncia vuestra dicha, que se compone de la desgracia de los demás. Os apoderáis de todo, y vuestro todo está compuesto de la nada de los otros. (…) ¡Temed a las leyes que promulgáis! ¡Temed al hormiguero que estáis aplastando! Bajad la vista y mirad a vuestros pies. Existen miserables (…) las multitudes agonizan, y muriendo lo de abajo hace morir a lo de arriba”. (5)

En estas páginas, de entretenida y fácil lectura, encontramos una de las críticas irónicas y profundas más acabadas a los parlamentos corporativos, preocupados por lo formal como as sus beneficios personales, ignorando a sus representados.

Hacia el final del dramático y extenso texto se observa notoriamente la luminosidad de la incipiente alba matutina, irrefrenable; es la democracia que avanza inexorablemente.

 

NOTAS Y REFERENCIAS

(*) Alejandro Rojo Vivot

(1) Se refiere a un chiste que analizó en páginas anteriores.

(2) Freud, Sigmund. El chiste y su relación con el inconsciente. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Tomo I. Página 1037. Madrid, España. 1973.

(3) Las negritas son nuestras.

(4) Demócrito de Abdera. (460 a.C.-370 a.C.) Matemático, erudito y filósofo griego.

(5) Hugo, Víctor. El hombre que ríe. Editorial Ramón Sopena. Páginas 21, 22, 145, 149, 150, 157, 266 y 268. Buenos Aires, Argentina. 1947.

 

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