martes 14 de julio de 2020 - Edición Nº965
Dar la palabra » Cultura » 18 jun 2020

La búsqueda de la identidad social en TDF

PODCAST. Un cuento de pelotero (Por Gabriel Ramonet)

"Nosotros los fueguinos" sigue siendo un espacio de recipiente blando, que se adapta a distintos contenidos. En esta edición vuelven los cuentos. "Mamihlapinatapai" se llama la historia de Carlos Zampatti. Un hombre, una mujer, un pelotero, y una palabra de origen yámana que no te vas a poder olvidar más.


 

Mamihlapinatapai (de Carlos Zampatti)

 

Un pelotero. Ahí, en ese lugar fue.

Según el folklore popular, ¿cuáles son los lugares más recomendables para un encuentro? Lo había preguntado cien veces y cien veces le dieron múltiples respuestas. Sin embargo, tres lugares se repiten en forma recurrente: el parque en donde uno lleva a pasear al perro, la salida de los colegios y los peloteros.

—Boludo —le había dicho en el bar el Negro Sarastra—, ¿qué son los peloteros si no una extensión de la salida de los colegios? No, borralo. Te quedan dos, nomás. Y además, tené en cuenta que para entrarle bien a una mina, hay que explorar su costado maternal: no podés ir solo. O vas con el perro, si ella también es perrera, o con la pendeja. Y con los ojos que tiene tu guachita, ¿para qué necesitás rope, vos?

La guachita se llama Martina y acaba de cumplir seis años. Los lunes, miércoles y viernes él la pasa a buscar a la salida del colegio. Los martes y jueves la retira de la casa de la madre para dejarla en el cole. Domingo por medio, de diez a dieciocho, es toda suya. No estuvo mal el arreglo; más teniendo en cuenta lo duro que fue la negociación.

La salida de colegio privado. Caro, sí, pero, bueno, la cosa se fue dando de esa manera. Bolonqui de tránsito, bocinazos, estacionamiento en doble fila, el semáforo de la otra cuadra que es como la barrera baja cuando pasa un tren de carga. Muchas madres allí. Y unos pocos padres; aunque no en la puerta del colegio, casi todos esperan arriba del auto. También, con estos días de mierda que nos trae el otoño de Ushuaia.

Ella —la madre de Ezequiel, claro— también debe tener un arreglo con el padre del chico. Pero, puta madre, sólo la ve en la salida de los viernes y en la entrada de los martes. El tipo debe ser alguno de esos pocos que a la mañana del jueves y a la tarde de los lunes y miércoles anda rondando por ahí. O a lo mejor se queda esperando en el auto. Para peor, cuando salen en patota, con el apuro de agarrarla y besarla a Martina, no puede seguir con la mirada a Ezequiel para identificarlo.

Que, dicho sea de paso, tampoco le importa un carajo el padre.

Pero los martes a la entrada y los viernes a la salida, sí. Aunque al pedo, nomás, por la bola que ella le da. Apenas un saludo descuidado. Casi como con lástima, al fin y al cabo, es el padre de la compañerita de su hijo. ¿Cómo serían los otros días, cuando la madre de Martina viene a buscarla? ¿Se cruzarán las dos madres o es el padre de Ezequiel quien viene a traerlo y llevarlo?

Bah, especulaciones al pedo. Como si importaran…

Pero ahora está ahí, en el entrepiso del pelotero, apoyado en la baranda, mirando el caos de niñas y niños que generan una batahola interminable. Era domingo, claro. El cumple de un compañerito de Martina coincidió con su día. Ezequiel también estaba, aunque no la madre ni, en apariencia, el padre. Dejó a Martina temprano y hacía un rato que volvió. Faltaba todavía para irse, pero quiso llegar antes para… sí, también. Pero ella no estaba.

Justo debajo del entrepiso, a cuatro metros, el pelotero propiamente dicho: un cilindro de red con un mar de un metro de profundidad de pelotitas multicolores. Varios niños juegan a zambullirse en ese abismo plástico y escurridizo. Hace un buen rato que está allí; la gaseosa en el vaso descartable ya tiene la temperatura de la mano que lo sostiene.

Está tan abstraído en el juego infantil que no la percibe. Sólo toma consciencia de su presencia cuando, a su izquierda, le llega una pregunta:

—¿El papá de Martina?

Es la primera vez que tiene sus ojos a menos de un metro. Sólo atina a alzar su vaso a modo de saludo y ella responde levantando el suyo lleno de líquido burbujeante. Bebe un sorbo y él hace lo mismo, sólo para comprobar lo asqueroso de ese brebaje oscuro y caliente. Balbucea algo, no es consciente de qué. Ella sonríe. Qué bien que sonríe. Desvía la mirada, incómodo. Sabe que ella lo sigue mirando porque el cuello se le prende fuego del lado izquierdo. Vuelve a mirar el cilindro de pelotas allá abajo, que, de repente, quedó vacío.

La mira de nuevo. Ella le sostiene la mirada y luego de un rato le murmura:

—Mamihlapinatapai —fue un susurro, pero suficiente como para estremecerlo. Jamás había escuchado esa palabra. Sin embargo, hay algo en los ojos de ella que le da sentido: expresa algo así como un deseo y una invitación a tomar la iniciativa.

El tiempo se vuelve gelatinoso; o quizás se detiene, no lo sabe. Mira de nuevo el pelotero. Vacío, la batahola se había trasladado a otros juegos.

¿Será cierto? ¿Ella también anhela lo mismo? ¿Y si es sólo su imaginación?

Vuelve a mirar los ojos de la mujer sin animarse a dar el primer paso. ¿Debería darlo él? Dale, boludo, la tenés servida en bandeja, le diría el Negro Sarastra.

Entonces, se decide.

Deja el vaso en el suelo, ella también.

Se sienta en la baranda y espera a que ella haga lo mismo. Quedan con los pies colgando hacia el pelotero vacío. Con el índice alzado, cual batuta de un director de orquesta, marca un… dos… tres. Saltan y se zambullen al unísono en ese océano de pelotitas multicolores de un metro de profundidad.

 

La serie de PODCAST de Nosotros los fueguinos se publican en forma simultánea en Gamera. Hablamos distinto

 

 

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