sábado 26 de septiembre de 2020 - Edición Nº1039
Dar la palabra » Cultura » 3 jun 2020

Debates que subyacen al coronavirus

Pandemia y libertad (Por Fabio Seleme)

La libertad queda esencializada como una capacidad para elegir inmediatamente lo que la voluntad quiere. Pero necesariamente será lo que quiere de entre lo que algún “otro” le presente como alternativas, porque la voluntad no puede determinar lo posible.


Por:
Fabio Seleme

Con el reflejo visceral del instinto teórico, libertarios y liberales tanto de derecha como de izquierda coinciden en ver la pandemia como una especie de hecho fantasmal, que sirve de excusa para recortar derechos e instaurar el estado de excepción y el control social de los individuos en nombre de la seguridad. Desde las antípodas, determinados pulsionalmente, antes de cualquier registro de la realidad identifican maquinalmente, en la cuarentena y los protocolos de salida, el avance totalitario del Estado sobre lo que creen el sagrado y máximo bien del individuo. Lo cierto es que estas reacciones enfáticas, replicadas en las calles por asombrosos manifestantes contra las restricciones, ponen en la escena de la pandemia el tema de la libertad.

La coincidencia en los extremos ideológicos (desde Donald Trump, los 300 “intelectuales” macristas o Bolsonaro hasta organismos de derechos humanos y Giorgio Agamben) vuelve al reclamo de libertad en medio de la crisis del coronavirus, un síntoma privilegiado para observar el estatus que este concepto tiene hoy entre nosotros.

En ese sentido, desde las antípodas ideológicas se denuncia y combate, con impostura heroica, cualquier limitación o supervisión estatal al derecho de los ciudadanos de elegir voluntariamente qué hacer. Porque “hacer lo que uno quiera” parece ser, sin mucha necesidad de explicación, la esencia del ser libre, entendiendo que las condiciones para que esto se cumpla es una voluntad sin coacción o condicionamientos externos. Así, la idea de que la libertad es “hacer lo que uno quiera” construye la certeza de que se trata de una necesidad subjetiva de autonomía de los individuos en desvinculación recíproca con los otros. Si “hacer lo que uno quiera” explica el hecho de la libertad, su ejercicio debe repeler automáticamente cualquier operación restrictiva porque esta facultad parece tratarse, entonces, de una pura demanda emocional con potencia energética ilimitada para elegir actuar positivamente. Y en esa determinación positiva, la libertad también parece excluir cualquier forma de omisión. La libertad queda esencializada como una capacidad para elegir inmediatamente lo que la voluntad quiere. Pero necesariamente será lo que quiere de entre lo que algún “otro” le presente como alternativas, porque la voluntad no puede determinar lo posible. En este horizonte de sentido, por consiguiente, la libertad se define normativamente como un derecho inexorable a la arbitrariedad y la compulsión frente a lo disponible. Todo esto, en congruencia con la estructura adictiva que define al modelo de consumidor ideal que sostiene las prácticas ritualistas y repetitivas de consumo en el mercado. De tal forma que, “hacer lo que uno quiera” en nombre de la libertad tal vez sea la mejor forma de terminar “haciendo lo que otro quiere”, ya que, si el querer tiene que ver sólo con la voluntad, se trata necesariamente de un apetito ciego que determina el que oferta las opciones entre las que escoger para satisfacerlo.

Sin embargo, si entendemos que la libertad implica elegir y elegir supone, antes que nada, distinguir fines y medios, posibilidades y riesgos, condicionamientos e instrumentos, estaremos de acuerdo en decir que ser libre requiere como condición de posibilidad conocimiento completo de las circunstancias en las que se elige y las consecuencias de las elecciones posibles. De tal forma, la libertad no solamente es una cuestión de voluntad sino también y esencialmente de razón, ya que sólo la razón puede identificar y conocer fines y medios. En consecuencia, la mayor libertad no tiene tanto que ver con la menor presencia de condicionamientos externos a mi voluntad como con el mayor conocimiento de la totalidad de opciones y cursos de acción posibles entre los cuales elegir. En este sentido, puede que nadie me obligue a nada, pero si yo conozco sólo una opción para solucionar un problema mi libertad es cero, porque mi determinación a actuar el único curso de acción que conozco es total. Si frente al mismo problema yo conozco un variado abanico de posibles cursos de acción y soluciones con sus consecuencias, mi libertad se ve acrecentada porque se acrecientan las opciones entre las cuales elegir y el control de éstas. Es decir que lo que nos hace más o menos libres es la cantidad de conocimiento y no de voluntad. Ya que las opciones entre las cuales elegir surgen de la comprensión del mundo y no de la fuerza de voluntad con que elegimos.  Genuinamente la libertad, entonces, sólo surge cuando la razón determina la voluntad.    La arbitrariedad al carecer de razón es solo voluntad ignorante. Y por ese motivo, si hay una prohibición por buenas razones la libertad no se restringe, se restringe la arbitrariedad y, entonces, no es una acción represiva.

Siendo la libertad un derecho de todos y para todos, no es posible operativizarlo para cada persona en términos absolutos sin tener en cuenta lo que eso pudiera causar a otras personas. Es decir que el hombre individual no puede ser libre como si fuera un todo, ya que la acción libre de cada uno no tiene efectos indiferentes sobre la realidad ni es una acción desvinculada de las circunstancias externas. Por el contrario, al ser la libertad ejercida en acciones u omisiones que no se dirigen sólo a uno mismo, sino que necesariamente se dirigen hacia otros y hacia el mundo, la libertad implica el reconocimiento de esa totalidad a la que se dirige el hacer libre.

Aunque identificar la libertad con la independencia personal absoluta sea el consenso generalizado es fácil ver que se trata de un gran absurdo. El ejercicio de la libertad necesariamente debe ir más allá de la subjetividad para tener en cuenta las circunstancias objetivas y las consecuencias de la acción. La libertad, es entonces eminentemente social, se enmarca en el espíritu colectivo y en la eticidad de la organización viva de la comunidad, por eso no sólo no amenaza el orden de la sociedad, sino que le da su fundamento.

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