jueves 23 de julio de 2026 - Edición Nº3165
Dar la palabra » Sociedad » 22 jul 2026

Fútbol y sociedad

La odisea post Mundial (Por Gabriel Ramonet)

Sin rehuir del dolor, postulo dejar de lado los protocolos sociales que continúan a una desgracia de este tipo. Ya se ha sufrido lo suficiente como para darle rienda suelta a este cortejo fúnebre al que nos someten los que viven del negocio del fútbol, o se aprovechan de su existencia.


Detesto con toda mi alma los días posteriores a un mundial de fútbol, después de haber acontecido una derrota. No se confundan. No soy mal perdedor. Al contrario. Soy el primero en admitir la superioridad deportiva de un rival. Y mucho más cuando no existe un elemento racional para suponer que te perjudicaron con el arbitraje o, como se dice en la jerga futbolera, que te “robaron el partido”. Tampoco se trata de una forma de eludir el dolor, de evitar el duelo, de negarse a asumir la realidad. Nada de eso. Simplemente he vivido ya catorce mundiales. Y saben que, solo en tres salimos campeones. En el resto, con diferencias relacionadas más con el avance de la tecnología que con el comportamiento humano, siempre ha pasado más o menos lo mismo. Por eso lo digo con tanta seguridad. Creánme que no es resentimiento, mucho menos soberbia o deslealtad. Es que conozco bien a mis conciudadanos.

Cuando el tiro de Simeone se fue por arriba del travesaño yo supe perfectamente lo que venía. Estaba preparado para ver llorar a Messi, para las lógicas escaramuzas entre jugadores por las pulsaciones a mil y la frustración de no haber alcanzado el objetivo. Conozco la maldita fila india de los que van a buscar la medalla sin ganas y saludan sin el menor esfuerzo a las autoridades de la FIFA y del país organizador. De paso digo que habría que evitar ese vía crucis innecesario y amplificado al mundo por imágenes desde ángulos infinitos. Muestren los festejos, a los que ganaron, a los que saltan y cantan. Respeten el dolor ajeno en lugar de tomar planos HD de lágrimas atragantadas. Dejen sufrir en el anonimato en lugar de hacer fluir el morbo de ver al derrotado muriendo en el suelo.

Pero eso no es nada. Eso dura un rato, una hora, una copa en alto, una ceremonia de premiación. Lo que detesto es lo que empieza justo en ese momento. Odio los análisis trágicos de quienes hasta hace dos horas se esforzaban en la adulación más rebuscada. Y de repente empiezan a ver errores groseros, falta de tacto en los cambios y desempeños muy por debajo de las expectativas.

Me irrita la espera de los jugadores a la salida del vestuario, aguardando que expliquen lo que todavía no son capaces de digerir. Me indigna los que empiezan a instalar el tufillo a ciclo cumplido, a renovación completa, a demoler todo lo que se ha podido construir.

Aborrezco las conferencias de prensa en donde los técnicos deslizan posibles renuncias, pero avisan que necesitan tiempo para pensarlo. Y los posteos de los jugadores que amenazan con dar un paso al costado porque sienten que ya lo han dado todo.

No me gustan las versiones sobre si la totalidad o solo parte del plantel regresará al país. Y mucho menos las imágenes de los futbolistas entrando al aeropuerto con caras largas y mirada perdida.

Nada de lo que sucede en un aeropuerto post derrota mundialista merece la pena de ser registrado. Por ejemplo las declaraciones de los familiares de los jugadores. Por caso, los monosílabos en tono depresivo de los propios protagonistas.

Me opongo al velorio con fiesta. A ese recorrido de un micro descapotado que estaba listo para celebrar el trofeo, y ahora avanza con media sonrisas y saludos de princesa desde lo alto, mientras abajo descargan adrenalina los que no han tenido tiempo de llorar.

Me niego a ver los programas periodísticos donde siguen analizando el último partido, como si cada imagen de gol errado, de pase defectuoso o de festejo ajeno no fuese otra daga al corazón maltrecho del orgullo.

No quiero ver más las hazañas anteriores, porque lo que antes me hacía llorar de júbilo ahora me enfrasca en una melancolía inacabable. Una tristeza por lo que pudo haberse coronado, pero no fue.

Me dan rechazo las mismas publicidades mundialistas que hace unos días me parecían ocurrentes o motivadoras, y que ahora se me ocurren como de un mal gusto gratuito e innecesario.

Eludo como Messi frente a Argelia las coberturas de la llegada del rival vencedor a su lugar de origen. Sus cánticos aburridos y desprovistos de pasión, sus saltos desacompasados y mucho más todavía sus visitas a autoridades reales para ofrendarles la Copa del Mundo.

Todo lo que sigue a la máxima competencia futbolística se presenta deslucido y anacrónico. Los partidos del ámbito local se parecen a un solteros contra casados en la quinta de la abuela Tota. Con el pasto marrón, las tribunas despintadas y la impericia de los equipos sometida a una comparación constante que ni siquiera merecen.

Odio las lecturas políticas de los comportamientos deportivos. La activación de los operadores gubernamentales para interpretar en su favor cualquier gesto ajeno por completo al propósito que se pretende.

Me da alergia la especulación sobre si habrá o no feriado nacional para recibir a la selección, tanto como el ofrecimiento de la Casa de Gobierno por si los jugadores quieren ir a saludar a los hinchas desde el balcón presidencial.

Me inflaman las venas las campañas globales de desinformación que aprovechan esas cuevas del odio llamadas redes sociales. Las mismas que me cobijaban sin mayor cuestionamiento de mi parte cuando se trataba de encender los fuegos artificiales de la victoria.

Me molestan las banderas que siguen colgando de los autos, o de paredes, o sirviendo de adorno en las panaderías. Los que siguen ostentando las camisetas en lugar de guardarlas por un rato. Los que todavía tararean las canciones de una hazaña que no fue.

No digo parar el tiempo porque me parece mucho y yo quiero seguir viviendo con el dolor a cuestas. Tratando de que la rutina de lugar a motivaciones muy superiores a las futboleras, pero que tardan un tiempo en reacomodarse.

No digo cerrar todo y dedicarme a dormir hasta dentro de tres o cuatro años. O hasta la próxima Copa América. Nada de eso. Me conformo con poner en pausa esta fiebre convertida de un plumazo en gélido atardecer.

Sin rehuir del dolor, postulo dejar de lado los protocolos sociales que continúan a una desgracia de este tipo. Ya se ha sufrido lo suficiente como para darle rienda suelta a este cortejo fúnebre al que nos someten los que viven del negocio del fútbol, o se aprovechan de su existencia.

Abreviemos este período sin solución donde nada de lo que hagamos, digamos o pensemos cambiará lo que ha sucedido. Convivamos la tristeza colectiva hablando lo suficiente con quienes lo merecen, con quiénes siempre han estado a nuestro lado en las malas, con los que nos ayudan a sobrellevar el traspié y a recuperarnos.

Transitemos el momento con dignidad, sin sobrecarga sentimentalista y con los ojos bien puestos en lo que viene. Porque más rápido pase este invierno de todos contra todos más rápido volverá a recrearse la mística inoxidable, inentendible para los foráneos y argentina desde nacimiento, de volver a creer en ser campeones del Mundo.

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