Supongamos que un médico atiende mal a un paciente. O mejor, dicho, que se equivoca. Confunde los síntomas, se confía sin realizar estudios más pormenorizados, no explora posibilidades. En fin, es negligente y a raíz de ello una persona empeora y muere.
¿Puede suceder? Claro, que sí. No es algo habitual, que pase todos los días, pero de hecho pasa. Y para eso hay protocolos, e investigaciones por mala praxis, y si así se comprueba el médico perderá el título y hasta acaso pueda ser condenado por la justicia.
La pregunta es: ¿eso habilita a que como los médicos se equivocan de tanto en tanto, entonces mejor permitir que cualquier persona puede ser médico de otro, y lo atienda según recomendaciones de la IA, y le recete medicamentos y pautas de conducta para poder curarse?
Algo de este razonamiento extremo viene ocurriendo con los análisis del caso de Florencia Peña y la difusión de la falsa noticia sobre la muerte del padre de Lionel Messi.
Los que livianamente defienden a la actriz dicen: bueno fue un error, cualquiera se equivoca. Al fin y al cabo, los periodistas profesionales de medios serios también dieron por presidente a Scioli o por muerto a Cacho Fontana o al Indio Solari cuando todavía estaban vivos.
Si los supuestos profesionales se equivocan de ese modo, o incluso no se equivocan, sino que intencionalmente falsean los hechos para el beneficio de intereses espurios, con qué derecho vamos a caerle ahora a quien simplemente cometió un error.
La falacia es similar. Como se equivocó el médico, seamos todos médicos, si total nos equivocamos todos.
Claro que la medicina tradicional no es lo mismo que la comunicación en tiempos de redes sociales, algoritmos e inteligencia artificial.
En la era actual, la sociedad tiene por convalidado que todos somos médicos comunicacionales. Ya no es un asunto en debate. El periodismo es una profesión (o un oficio) en decadencia para la mayoría de los ciudadanos. Las personas piensan que no hace falta más un mediador entre los hechos y los que quieren enterarse de esos hechos. Y mucho menos que en el caso de la actividad política, esa función sea clave como contralor del sistema republicano, garante de transparencia e incomodidad del poder. La idea del “cuarto poder” se ha desvanecido hasta límites que ni los propios periodistas y dueños de medios se anima a reconocer.
El público, la audiencia, la gente, ya no se conforma con enviar una carta de lectores o un comentario a un programa de radio. Se acabó la idea del receptor que mansamente asimila un mensaje.
El auge de las redes sociales ha generado la creencia de que todos somos periodistas (o médicos) y que además somos dueños de un medio de comunicación que son nuestras cuentas en las redes.
En mis medios ya no necesito esperar al Clarín de mañana para enterarme de lo que otros escriben sobre lo que pasó. Ahora yo lo cuento antes. O replico lo que otros cuentan. Y me entero de los sucesos por esa cadena de posteos, tan atractivos y breves como incompletos y muchas veces falsos, que conforman el nuevo ecosistema de la información global.
El streaming es parte de esa misma maquinaria. En el sentido de que la facilidad técnica de emisión, la falta de recursos económicos y también humanos, extiende a una pantalla el formato de las redes sociales. Se hace streaming igual que un posteo, con la misma impunidad, aunque con la diferencia (no menor) de que le ves la cara que al que está tuiteando. Si en lugar de Florencia Peña hablándole a una cámara, la falsa noticia hubiera sido posteada por una cuenta anónima con miles o millones de seguidores, el efecto tal vez era el mismo solo que no conoceríamos al emisor.
Como sea, ya no tiene demasiado sentido oponerse a lo que es. La sociedad todavía no ha aceptado que todos somos médicos pero sí que todos somos medios y periodistas. El mundo se mueve en esa dirección y no hay como cambiarlo.
Aún hoy si un doctor mete la pata tiene responsabilidades para afrontar. Y nadie puede operar si no tiene acreditado los saberes de un cirujano.
En la comunicación seguimos todos deambulando con batas o guardapolvos blancos por los sinfines del mundo virtual, recetando antibióticos al que le duele la panza. Porque si los médicos de verdad también se equivocan, entonces todos tenemos derecho a ejercer.
En cualquier caso, el problema no es ejercer la medicina con impunidad. Postear y creerse periodista es lo más fácil de este oficio. El problema es hacerse cargo de los muertos que van quedando en el camino.