La cabina del VAR es un hervidero en el estadio Azteca. “Estamos verificando”, le grita una voz al tunecino Alí Bennaceur, que lleva la mano derecha al intercomunicador de su oído en el campo de juego. A su lado, una muchedumbre de jugadores argentinos le reclama que el gol fue válido. Una imagen de la televisión mexicana muestra a Diego haciendo una cruz imaginaria, cambiando de horizontal a vertical la posición de su dedo índice contra los labios. “Se lo juro”, parece decir.
Las cámaras del apretado recinto muestran distintas tomas de la jugada, en medio de una atmósfera de calor sofocante. En todas se ve a Maradona dando un salto ampuloso. Las piernas están todavía flexionadas en el aire cuando impacta la pelota apenas por encima de los brazos estirados del arquero Peter Shilton. El golpe es leve y contra un área difusa en la velocidad de la acción. O fue su cabeza enrulada o fue el puño de su mano izquierda. Como sea, la pelota da un pique displicente antes de la raya y en el segundo rebote se mete mansa en el arco.
La maniobra había empezado en el círculo central, con un toque de Enrique para Batista y de éste para Olarticoechea. Iban cinco minutos del segundo tiempo, con el partido cero a cero. El Vasco levantó la cabeza, avanzó unos pasos y se la cedió suave a Diego que vino a buscarla para armar otro ataque contra Inglaterra.
Diego engañó un posible pase a Enrique pero enganchó para adentro. Aceleró de forma imprevista y se metió entre dos rivales, ya en la puerta del área. Cerrado por un tercer inglés que le salió desesperado al cruce, la soltó a la derecha para Valdano. En la radio Víctor Hugo repetía un “¡genial, genial!”, y una parte de los cien mil espectadores comenzaba a ponerse de pie.
El hombre que lleva libros a la concentración intentó pararla pero la pelota se elevó sobre su cabeza en dirección al arco, y entonces el marcador que le soplaba la nuca alcanzó a puntearla en forma defectuosa, con su pierna izquierda. El rechazo hacia atrás se convirtió en una especie de centro al área chica, fácil para el arquero. Pero Maradona surgió de la nada y armó el revuelo que ahora recorre el mundo.
Diego inició la carrera del festejo hacia el lateral derecho. Agitó sus dos brazos y relojeó al juez de línea que corrió hacia el círculo central, en clara señal de convalidación. Valdano, Giusti, Batista y Cuciuffo se acercaron para abrazarlo.
“Saltó con la mano para mí”, se sinceró Víctor Hugo, en la radio, al tiempo que los ingleses se arremolinaban alrededor del tunecino. Bennaceur soportó los embates hasta que una voz en su oído le confirmó que podía ir a revisar la jugada por sospecha de mano de Maradona.
El que le habla desde la cabina es el árbitro VAR Ismael Salfat, de Estados Unidos. A su lado, dos referís asistentes siguen repitiendo la acción desde diferentes ángulos, hablan y gesticulan.
Detrás de ellos, parado y recostado sobre una pared, el supervisor de la FIFA Armando Villarreal observa la escena en silencio, mientras espera que le respondan el llamado a su teléfono celular. Al fin, lo atienden.
-Villarreal, supongo que la tecnología está para corregir estas injusticias. Resuélvalo.
-Lo están revisando señor, por ahí no es necesario que intervenga.
El partido lleva más de cuatro minutos detenido, desde que el tunecino se negó a reanudar el juego. Víctor Hugo sostiene su postura y aunque escucha las discrepancias de sus compañeros en Buenos Aires, le confiesa a la audiencia que “para mí fue con la mano”. Las tribunas braman a la espera de un veredicto. El calor parece volverse más insoportable todavía en el Azteca.
A Villarreal, una gota de sudor le recorre toda la frente, le zigzaguea los ojos y se le incrusta en la cara.
-Están dudando señor. Pero yo creo que…
-Villarreal, ese resultado no nos sirve. Hay demasiado en juego. Necesitamos noventa minutos limpios ¿entiende? Que se defina después.
-Si señor, entiendo.
El supervisor corta la llamada y da dos pasos hasta donde está la terna VAR. Sin mencionar palabra, extiende su brazo y desde atrás, toca el hombro derecho de Salfat, que no necesita ninguna otra señal.
Hay una última conversación por el intercomunicador antes de que Bennaceur haga el típico gesto del rectángulo en el aire, y emprenda una veloz carrera hacia la pantalla ubicada en el lateral derecho de la cancha, cerca de donde Maradona había llegado para festejar su conquista.
El tunecino se toma su tiempo. Ya van siete minutos de interrupción del partido. La multitud que parecía desangrarse en un alarido, de repente baja los decibeles. Ahora hay un murmullo generalizado, una tensión insufrible. Las cámaras enfocan a los jugadores argentinos e ingleses dispersos en grupos. Carlos Bilardo se acomoda el nudo de la corbata y pide calma por enésima vez.
El árbitro toma aire y gira sobre su posición para ponerse de frente al campo de juego. Inicia una carrera en dirección al área inglesa y señala un punto imaginario que todos saben donde se encuentra. Cuando llega, marca tiro libre para Inglaterra. Shilton pega un salto de alegría mayor al que debió realizar para alcanzar la pelota, cuando Maradona lo madrugó como a tantos arqueros de Villa Fiorito.
Los jugadores ingleses celebran el fallo arbitral como una conquista. Se palmean en el cuerpo unos y se dan ánimo a los gritos. Los argentinos rodean al tunecino como si se dispusieran a un linchamiento público. Batista lo cuerpea con las manos atrás. Se lo distingue del resto por su altura y barba tupida. El referí le muestra amarilla. Otros que gritan improperios de todo tipo, como Ruggeri o Giusti, logran quedar impunes ante el revuelo de gestos y amontonamiento en que se ha convertido el área. El capitán argentino es el más afectado de todos. Corre hasta el línea, le recrimina, vuelve. Imita el salto previo al gol invalidado. Los compañeros no pueden pararlo. Parece fuera de sí hasta que el árbitro lo frena en seco con la tarjeta amarilla delante de su rostro transpirado y furioso. Entonces Diego busca la pelota que seguía deambulando por los alrededores. Hace señas a los propios y el equipo retrocede hasta sus posiciones en la cancha. Le acerca la pelota a Bennaceur haciéndola picar fuerte contra el suelo y le lanza un insulto que se entiende en todos los idiomas del mundo.
En la oficina VAR, Villarreal se seca la transpiración con un pañuelo y aprovecha para salir a un pasillo interno. Su cara delata que lleva dos noches casi sin dormir.
Otra vez suena el teléfono.
-¿Cómo estamos Villarreal?
-Bien, vamos bien. No falta mucho.
-Escúcheme, mire que estoy por subir al avión. Me alejo un poco de
los televisores. Me avisa ni bien termine. Es muy importante, usted
lo sabe.
-Entiendo, así será.
Van cuatro minutos desde la reanudación del partido, cuando Enrique recibe la pelota de Cuciuffo sobre el lateral derecho de la defensa argentina. El volante hace un leve retroceso y luego de girar hacia el centro del campo se la pasa a Maradona, que la recibe entre dos ingleses unos metros antes del círculo central.
El genio del fútbol mundial pisa la pelota y arranca como una flecha, dejando atrás hasta la sombra con forma de araña que se proyecta sobre el césped.
Diez segundos después, Villarreal se queda petrificado y por primera vez en todo el día siente una lengua de hielo que le recorre el cuerpo por la espalda.
Entre los gritos desesperados de la multitud, alcanza a marcar un número en su teléfono.
-Señor, tenemos un problema.