Nueve y media de la noche; apuro el final de la cena bajo la reprimenda de mi viejo, siempre la misma.
—Vas a lo del tío —dice él, más como una orden que como una pregunta.
—Sí, tengo que estudiar fracciones —respondo, aunque los dos sabemos que voy por otra cosa.
Bajo corriendo por Karukinka hasta Jainen, doblo a la izquierda y llego. Es 22 de marzo de 1976. Miguel Ángel Torelli, ingeniero civil e intendente electo de Ushuaia, el primero en asumir el cargo, me espera. Él es peronista; yo, su sobrino de quince años, un alumno de segundo año del José Martí, y muy flojo en fracciones.
Una hora de clase y… ya que estamos,
—Tío, ¿jugamos una partida? Blancas para mí.
Veinticinco movimientos le llevó derrotarme.
—¿Una más?
Lo notaba preocupado. Después de enrocar, casi sin mirarme, me dijo:
—Se termina todo.
Volví a casa. Papá estaba levantado, intentando escudriñar algo en la radio; AM, onda corta.
Me senté a su lado.
—Pa, me dijo el tío Miguel que se termina todo.
Mi padre ni me miró. También estaba preocupado, y eso que era radical.
24 de marzo de 1976. El intendente Torelli, manejando su Fiat 128, acude al municipio sobre la calle San Martín. Por supuesto que es detenido.
Seis días sin clase en el José Martí. Don Julio, el profe de Matemáticas de segundo año...
—Un tercio más tres octavos, Torelli... ¿cuánto es?
Yo solo pensaba en cómo no había atacado a ese alfil. En la cara de angustia de mi tío, en la preocupación de mi padre, en las patrullas de la Policía Militar de la Armada apostadas en las esquinas de Ushuaia y en esos tres monstruos que, desde la tele, nos auguraban un futuro venturoso.
Los dictadores —incluso los del Territorio— eran muy brutos. ¿Qué se podía esperar? Lo llevaron a la Justicia por una sola causa: una donación de tres bolsas de cemento y media camionada de arena... a un particular.
—Señorita Luisa de Marillac.
Contaba mi padre, años más tarde, que su hermano miró al inquisidor y le dijo:
—Santa. Es. Santa Luisa de Marillac, es la guardería.
Cuentan que el inquisidor, sin tan siquiera mirarlo, le contestó:
—Ya terminamos,
ingeniero. Puede irse.
Aquellos salvajes, pese a no presentar causa alguna contra el ingeniero Miguel Ángel Torelli —intendente de Ushuaia por el voto popular— jamás le permitieron volver a su puesto de agente categoría 13, ingeniero calculista de la Gobernación.
La presión de los dictadores lo llevó a dejar Ushuaia. El destino siempre muestra varias caras: solo consiguió trabajo como profesor de matemáticas en una academia de Punta Alta, su ciudad natal. Allí preparaba alumnos para la Escuela Naval de la Armada Argentina. Claro que sí. Duró muy poco.
Seguimos jugando ajedrez. Ya no eran fracciones; las cosas se iban complicando. Ya eran logaritmos y yo, diecisiete años.
Una noche de verano de 1977, se sacó los lentes, dejó de ver el tablero y me dijo:
—Va a ser una masacre, sobrino.
Ya casi ni lo vi en 1982. Estaba yo más ocupado con el Servicio Militar Obligatorio y él, dando clases a domicilio de Física o Matemática. Tiempos de guerra. Creo que ambos tratábamos de sobrevivir.
En 1983, las partidas de ajedrez eran matizadas por los horrores de la dictadura que, como todas las miserias, comenzaban a aflorar. Esa noche, luego de ganarme cuatro partidas seguidas, me dijo:
—Siempre vamos a volver.
Fue nuestra última partida de ajedrez.
Él no volvió. En septiembre de 1983, a los cuarenta y siete años y en la pobreza total, su vida se apagó.
Ingeniero Civil Miguel Ángel Torelli. Primer intendente de Ushuaia elegido por voto popular (1973-1976)
Veo a mi prima Laura, su hija, su más grande tesoro; más peronista que él... Veo a sus nietos, que nunca conoció pero que seguramente, desde algún lugar...
Miro el diploma de mi hijo: cincuenta y siete años después, graduado de ingeniero civil en la misma Universidad Nacional del Sur donde se recibió mi tío. Universidad pública.
Marchando. A mi hija, también de la pública, con esos símbolos, esos pañuelos.
Marchando.
Y a mi compañera de vida, con la que codo a codo volveremos a marchar como cada 24 de marzo. Cabe aquel trillado poema de Pablo Neruda: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera».
—¿Jugamos otra partida? Dale, tío...
Tenés razón, León... Todo está guardado en la memoria.