Dar la palabra » Política » 20 mar 2026
24 de marzo
Un país sin memoria no tiene futuro (Por Pablo Blanco)
Si un legado moral nos dejó la dictadura es el deber de sostener, sin claudicaciones, los principios de memoria, verdad y justicia. No como consignas vacías sino como cimientos de una convivencia basada en la ética pública y el respeto por la vida.
Este 24 de marzo recordamos una de las páginas más tristes y sangrientas de nuestra historia. Creo que los argentinos debemos pensar en el golpe de Estado de 1976 con responsabilidad y profundo compromiso democrático, porque un pueblo que olvida corre el riesgo de repetir sus tragedias; y un pueblo que tiene memoria construye su futuro con bases sólidas y dignidad.
La democracia que supimos recuperar en 1983 no fue un regalo: fue una conquista del conjunto de la sociedad argentina. Y esa democracia implica el respeto al otro, la vigencia plena de la ley, la defensa irrestricta de los derechos humanos y la tolerancia frente a lo distinto. Democracia es incluir, no discriminar. Es abrirse al intercambio de ideas y proyectos, no el seguimiento acrítico de líderes totalitarios o ideologías sectarias.
Si un legado moral nos dejó la dictadura es el deber de sostener, sin claudicaciones, los principios de memoria, verdad y justicia. No como consignas vacías sino como cimientos de una convivencia basada en la ética pública y el respeto por la vida.
Nunca más la violencia política. Nunca más el desprecio por la Constitución. Nunca más el autoritarismo, cualquiera sea el ropaje con el que pretenda presentarse.
Pero también debemos entender que la democracia se fortalece con instituciones sólidas, con ciudadanos comprometidos y con dirigentes capaces de anteponer el interés general a cualquier ventaja sectorial.
Por eso siempre alenté y alentaré la discusión y el disenso pero siempre dentro del marco de la ley y del respeto mutuo.
Porque la democracia no es solamente un sistema de gobierno: es una forma de vida. Y cuidarla es, en definitiva, cuidar nuestro destino común.
En este presente, sin embargo, advierto con preocupación ciertas prácticas y discursos que parecen alejarse de ese ideario democrático que tanto nos costó reconstruir. Cuando la palabra pública se degrada, cuando se relativiza el valor del disenso o se descalifica al que piensa distinto, la democracia se debilita, las instituciones se degradan y perdemos todos.
No me parece algo menor que quienes ocupan responsabilidades institucionales transmitan valores que, en ocasiones, parecen distantes del respeto, la tolerancia y el pluralismo que deben alumbrar la vida republicana.
La democracia exige ejemplaridad, templanza y vocación de diálogo. No se construye desde la confrontación permanente, desde el desprecio por las formas ni desde el silenciamiento o la invisibilización de quienes circunstancialmente ocupen la oposición.
Por eso, más que nunca, debemos volver a esas bases éticas que nos permitieron dejar atrás la noche iniciada con el golpe de estado de 1976. Porque sin esos valores, la democracia corre el riesgo de vaciarse de contenido.
Hoy, gracias al valor y al esfuerzo democrático de varias generaciones, nuestra juventud vive en democracia sin haber padecido la larga noche de la dictadura.
Hagamos votos por seguir en este camino, sin dar ni permitir que se dé, un solo paso atrás.
