miércoles 4 de marzo de 2026 - Edición Nº3024
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Día de la mujer

El día de los escobazos (Por Carlos Zampatti)

Esa jornada del año 1922 cinco mujeres con rabia cometieron la indignidad de negarse a ejercer su profesión ante unos muchachotes que no entendían por qué, mientras los echaban a escobazos, les gritaban “¡asesinos, cabrones, no nos acostamos con criminales!”


El pasado 17 de febrero se cumplió un aniversario que pasó, ante todos nosotros totalmente desapercibido, al igual que en los ciento cuatro anteriores: El día de los escobazos.

Esa jornada del año 1922 cinco mujeres con rabia cometieron la indignidad de negarse a ejercer su profesión ante unos muchachotes que no entendían por qué, mientras los echaban a escobazos, les gritaban “¡asesinos, cabrones, no nos acostamos con criminales!”.

Hacía muchos meses que el viento patagónico venía curtiendo los rostros de aquellos soldados llegados a la Patagonia austral para imponer el orden alterado por esos chilenos que, acaudillados por un alemán y un español. Pretendían, entre otras cosas, ¡válgame la osadía!, no dormir hacinados, no tener que pagar de sus bolsillos la luz de las frías barracas y que las instrucciones de uso del botiquín de primeros auxilios estén escritas en castellano.

Y vaya si impusieron el orden esos soldados, de la mano del teniente coronel Varela. Mil quinientas tumbas en la estepa santacruceña, algunas de ellas cavadas por los propios fusilados, así lo atestiguaban.

Pero para aquel entonces ya todo había concluido. La soldadesca se arrimó a los puertos a la espera del barco que los llevaría de vuelta a Buenos Aires. Mientras tanto, en un pretendidamente paternal acto, el Varela que los había conducido con mano de hierro sin admitir dobleces ni flojeras, les permitió un franco higiénico en el prostíbulo La Catalana de San Julián, como para aliviar las tensiones de tanto fusilamiento.

Mientras la primera tanda esperaba afuera, expectante, unos gritos interiores indicaban que algo no marchaba de acuerdo a lo programando. Ante la impaciencia de los soldados, Paulina Rovira, la dueña del burdel, salió presurosa a explicarle al suboficial a cargo del grupo, que las cinco chicas no querían saber nada con tener como clientes a los soldados del fusilador Varela.

Los militares consideraron eso como una verdadera afrenta e intentaron ingresar a la fuerza en el edificio. Pero sucedió que las cinco prostitutas, con palos y escobas, los echaron mientras les gritaban “asesinos, porquerías, cabrones mal paridos”, además de “otros insultos obscenos propios de mujerzuelas”, tal como señala el acta policial. La repartija de palos y escobazos del mujerío dio su resultado, ya que los soldados, azorados al encontrarse cara a cara con el justo adjetivado de sus actos, retrocedieron hasta la vereda de enfrente, donde, para ahogar tanta amargura, decidieron cambiar sexo por alcohol. Esta fue la única batalla que perdieron los hombres de Varela en la campaña patagónica de aquel verano de 1921/22.

Las identidades de aquellas mujeres, de acuerdo al particular lenguaje del sumario policial que las mandó al calabozo por esos hechos y gracias al cual hoy no son una mera referencia anónima, es el siguiente:

  • Consuelo García, 29 años, argentina, soltera, profesión: pupila del prostíbulo "La Catalana";

  • Ángela Fortunato, 31 años, argentina, casada, pupila del prostíbulo;

  • Amalia Rodríguez, 26 años, argentina, soltera, pupila del prostíbulo;

  • María Juliache, española, soltera, siete años de residencia en el país, pupila del prostíbulo;

  • Maud Foster, inglesa, soltera, 31 años de edad, con diez años de residencia en el país, de buena familia, pupila del prostíbulo.

Este incidente habría quedado en el olvido de no haber sido por la investigación de Osvaldo Bayer publicada en los cuatro tomos de Los vengadores de la Patagonia trágica. No es otra cosa que una pequeña anécdota que para nada cambió la historia, pero sirve para ejemplificar la temple de aquellas mujeres que se jugaron mucho más que su cuerpo al protestar por los fusilamientos patagónicos.

Medio siglo después se filmó la película La Patagonia Rebelde, que hizo historia contando la historia del levantamiento de la peonada patagónica. La anécdota del prostíbulo La Catalana iba a ser, en principio, el final de la película, pero no pudo ser. El ejército, en aquel 1974 de armas llevar, sostenía que esas putas habían insultado al uniforme de la Patria, por lo que Héctor Olivera, el director, tuvo que tirar a la basura unos cuantos metros de celuloide para que la película pudiera exhibirse. Aunque por dos o tres semanas, no más, ya que la muerte de Perón liberó las manos de la triple A y del tristemente recordado censor Tato, nuestro vernáculo joven manos de tijera.

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