lunes 23 de septiembre de 2019 - Edición Nº670
Dar la palabra » Cultura » 7 sep 2019

El newsletter de Pablo

Viaje en micro, signos y realidad (Por Pablo Nardi)

—En un mundo normal —sigo—, el signo se parece al objeto que representa. Pero en este mundo, hecho de coca cola light, museos de arte contemporáneo y desechos plásticos, el objeto real se parece a su representación.


Estimados:

 

Hola.

 

Así es: hola.

 

Domingo, 8:30 am. Estoy en un micro que me devuelve de una ciudad (me reservo el nombre) a Buenos Aires. Primer piso, primera fila de asientos. El mundo se despliega ante mí en un ventanal gigante.

—Me siento como en el cine —le digo a mi acompañante desconocido apenas llego.

—Increíble —dice.

—Lo más increíble es que si tengo la realidad de frente la comparo con un cine, con una pantalla, con la representación, cuando en realidad debería ser al revés: el cine se parece a esto.

—Claro —dice mi acompañante desconocido, mientras se tantea los bolsillos buscando algo.

—En un mundo normal —sigo—, el signo se parece al objeto que representa. Pero en este mundo, hecho de coca cola light, museos de arte contemporáneo y desechos plásticos, el objeto real se parece a su representación.

—Lo cual convierte a la realidad en signo —dice mi acompañante, cuya edad no rebasa los veinte años. De repente saca un libro de Wittgenstein de un bolsillo secreto en la campera.

 

Indignado, me cambio de asiento y me dispongo a dormir.

 

Porque ya cae la lluvia minuciosa.

Cae o cayó. La lluvia es una cosa  que sin duda sucede en el pasado.

 

Cuando despierto, todo está gris, o quizás negro. Mi nueva acompañante desconocida, que ahora es una chica de unos 23 años, parece estar en modo melancólico.

—Y pensar que yo no quería que lloviera durante el viaje —dice. Los puntitos de agua se estampan en el vidrio y caen, desolados.

—¿Por qué?

—Porque un viaje es un desplazamiento entre un punto y otro, es transición.

—¿Y? —apenas atino a contestar, mi nueva acompañante es de una belleza extrema, además sigo un poco dormido.

—Es obvio: la lluvia es la abolición de la transición. No hay espacio entre una gota y otra, es pura continuidad.

—Estás mezclando dos variables  —digo con erudición, ya repuesto del golpe estético—. La continuidad se da en el tiempo, pero vos hablás de espacio entre gotas. Una cosa es el tiempo y otra es el espacio, en ese caso tendría que ser contigüidad.

—Una cosa no existe sin la otra.

—El padre no es padre sino por su hijo, y el hijo no es hijo sino por su padre —digo—, y no por eso decimos que son la misma cosa.

—Sonás como un cristiano. ¿Lo sos?

—No, ya no.

—¿Querés un chicle de sandía?

—Ok, gracias.

 

Salió el sol, abajo sirven café. Debo decir que es un micro de categoría, o quizás en todas las categorías sirven café y nunca lo supe. Me acuerdo de lo que contaba mi abuela: mi abuelo, aficionado como nadie a la comida, viajaba con ella a Buenos Aires. Él había visto que abajo servían café y se sirvió. Al cabo de una hora bajó a buscar más, no le importaba que estuviese frío. Cada vez que iba, tenía que pedirle permiso a un tipo que se sentaba del lado del pasillo. Mi abuela, desde las filas de adelante, cuando escuchaba pisadas a sus espaldas ya sabía que era mi abuelo. A la vez número cinco le gritó que se dejara de joder con el café, que iban a pensar que era un muerto de hambre, y él contestó desde la otra punta:

-Bueno, Juana, es un cafecito, ahora van a saber que no me dejás vivir.

 

Le cuento a mi bella compañera la anécdota de mis abuelos. Se ríe y, entre risas, pregunta:

—¿Cómo estás? —algo en la entonación de su voz me hace pensar que es brasileña.

Sin dejar de reír, contesto:

—Hoy me siento un poco vacío...

 

Dejo a mi exuberante compañera y vuelvo al asiento de la primera fila. Soy un alma errante que deambula por los pasillos de un micro que sirve café un domingo a las 11 am. Desde la distancia advierto que de hecho hay una pantalla encendida justo arriba del ventanal. Todo esto no hace más que complejizar el asunto del signo y el objeto representado, pero ya no quiero seguir pensando. Mi compañero, cuya edad no rebasa los veinte años, duerme con el libro abierto de Wittgenstein en el pecho. La película que pasan en la tele es “Puente de espías”, de Spielberg.

 

Al recostarme en la butaca siento el pelo grasoso. Es horrible, pero más horrible es pensar que escribo esto para enviarlo por mail a personas que jamás pidieron saber detalles de tal envergadura. En eso y en la muerte, mejor no pensar. Mejor pensar simplemente en mi pelo y no en su representación.

 

 Es mejor así.

 

 

 

 

 

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