martes 13 de noviembre de 2018 - Edición Nº356
Dar la palabra » Cultura » 28 oct 2018

Medios, comunicación y tecnología

La comunicación en modo selfie (Por Gabriel Ramonet)

Vivimos en una época de la comunicación atravesada por la exacerbación del emisor. Todos queremos decir algo, y cada vez importa menos lo que diga el otro. Miren ustedes, porque yo solo soy capaz de decir, de contar, de explicarles, de juzgarlos, de mejorarlos, de evaluarlos, de aconsejarlos. Pero nunca de escuchar.


Vivimos en una época de la comunicación atravesada por la exacerbación del emisor. Todos queremos decir algo, y cada vez importa menos lo que diga el otro.

Yo construyo mi mensaje, con ayuda de cada vez menos gente, y lo digo. Sin reflexionarlo demasiado, sin pasarlo por el tamiz de los posibles errores, sin medir sus implicancias, sin sopesar posiciones contrarias, yo lo digo. Voy y lo digo. O mejor todavía, me quedo y lo digo. Lo digo desde acá, sin el otro cerca.

Casi no quedan personas dispuestas a escuchar al otro. A asumir esa postura de contemplación y de análisis del discurso ajeno. A saborear cada palabra, mientras al mismo tiempo se trata de decodificar el lenguaje gestual. Los movimientos del cuerpo, las entonaciones, los silencios breves y las pausas prolongadas. Las miradas cómplices. Los pedidos de auxilio que no tienen voz. Las ironías y los subterfugios para evitar entrar en los temas espinosos. La sonrisa que dice más que mil discursos. La paciencia de esperar hasta que salga la confesión atragantada.

No queremos todo eso. No en esta época. Ahora preferimos hablar nosotros. Decir y que el otro escuche, o lea, o sienta. Ahora nos toca a nosotros, como si por mucho tiempo nadie nos hubiese escuchado, y tuviéramos que salir desesperados a decir algo, o todo, o cualquier cosa.

No queremos escuchar. Y si nos quieren decir algo, que sea mínimo, breve, encapsulado.

Mejor sin la presencia del otro que habla. Y si podemos elegir, que ni siquiera sea una conversación telefónica. Porque ahí se puede extender más. Y aunque no está la mirada, está la posibilidad del “retruque en vivo”, la contestación, la anécdota, la vida del otro. Y nosotros no queremos escuchar nada sobre la vida del otro. Nosotros queremos decir. Es la era de decir, no de escuchar.

Por eso mejor los mensajes de audio. Si me hablan que sea enlatado. Un minuto, porque si es más me quejo o no lo escucho. Esa libertad me da el mensaje. Si quiero ni siquiera lo escucho. O escucho la mitad, si ya entendí lo que me quería decir. Para qué se extiende tanto. Tres minutos de audio me mandó. ¡Para qué! A mí que me gusta decir. Yo digo, y los demás escuchan.

Para eso me creé mi perfil de Twitter, o mi muro de Facebook, o mi cuenta de Instagram. Porque ahí soy el Dios de los emisores. Ahí hablo yo, carajo. Lean mis ideas extraordinarias que no he tenido tiempo de confrontar con nadie. Sufran mis agravios insolentes que no he podido y ni he tenido las ganas de morigerar. Bánquense mi anonimato, porque me he despertado con ganas de decir muchas cosas pero sin afrontar el costo de que se sepa quién las dice.

Observen mis trofeos, mis viajes, mis vidas felices, mis logros profesionales, mi mensaje al mundo.

Miren ustedes, porque yo solo soy capaz de decir, de contar, de explicarles, de juzgarlos, de mejorarlos, de evaluarlos, de aconsejarlos. Pero nunca de escuchar.

No en esta época, que es la época de decir.

Como las selfies, que son la expresión visual del “yo emisor”. Es una foto donde lo más importante soy yo. Por eso estoy en primer plano, adelante, acaparando la atención. Dejando a los demás como un decorado.

La selfie es la foto donde yo digo. Y donde los demás escuchan, o ven. Me ven a mí. No es la foto del paisaje que me habla y yo lo escucho. No es la imagen grupal donde todos decimos, y todos nos escuchamos. No. Es la foto donde hablo yo, ¡papá!, o ¡mamá!, el que está acá para decir, para contar, para que ustedes escuchen, pero nunca para escuchar.

Hay una paradoja, que tal vez no lo sea tanto. En la era donde más posibilidades tenemos para decir, más fácil nos manipulan.

Si tenemos nuestros puños repletos de tantas verdades por contar, ¿cómo puede ser que cada vez entendamos menos la realidad?

Si sabemos tanto y somos tan felices, delgados y bellos como se nos ve en las fotos de perfil ¿cómo puede ser que nos sigamos tragando todo tipo de sapos mediáticos? ¿Cómo puede ser que nos hagan creer casi cualquier cosa, que creamos en todo tipo de promesas electorales, una y otra vez, que nos convenzan de que la dicha se consigue el día en que podamos comprarnos un lavarropas, un auto o un celular nuevo?

Por ahí no es una paradoja. Por ahí decimos tanto que no escuchamos nada.

Por ahí decimos tanto, que estamos cada vez más rodeados de imbéciles, y más solos.

Por ahí hay que mirar el paisaje, en lugar de sacarse tantas selfies.

Por ahí es hora de callarse un poco, y de reencontrarnos con la sana costumbre de comunicarnos, también, sabiendo escuchar.

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