domingo 16 de diciembre de 2018 - Edición Nº389
Dar la palabra » Política » 3 oct 2018

Debate sobre los recursos naturales

¿Cuál es la historia con las salmoneras? (Por A. Schiavini)

La gente no está informada. Si no lo sabe, no lo puede cuestionar. Si no lo puede cuestionar resulta difícil que se oponga a decisiones relacionadas a un ambiente que le es desconocido, como los es el mar y lo que sucede debajo de la superficie.


En los últimos meses, mucha gente conocida me pregunta cuando me ve: ¿cuál es el problema con las salmoneras? ¿cuál es el problema con el salmón? Con la repetición de estas preguntas por parte de gente de diversa extracción social, profesión y formación, trato de explicar, de la mejor manera posible, lo que he llegado a saber de los impactos negativos ambientales, sociales y económicos de la industria del salmón.

Comencé hace varios años preocupado por este tema, focalizado en los impactos de la salmonicultura sobre los mamíferos marinos, objeto de mi estudio hace unos años. Una jaula de red, colgada en el mar, llena de salmones, es como poner un tarro lleno de caramelos en la puerta de un colegio, para el que pase se sirva. Para los lobos, los salmones gratis se obtienen empujando y rompiendo las redes. La respuesta de la industria salmonera chilena ha sido diversa: desde intentar espantar a los lobos con disparos de salva, desplegar modelos inflables de orcas, propagar sonidos de orcas y estirar las redes sumergidas para evitar su rotura, hasta matar a los llamados “lobos problema” con balazos, palazos o hachazos. Luego me fui enterando de los impactos en aguas y fondos, de la contaminación, del uso de antibióticos y de otras cuestiones sociales y económicas derivadas de esta industria.

También, a lo largo de estos meses, aprendí cuán grande es mi ignorancia acerca del impacto que tiene “no conocer” algo por parte del ciudadano común. El ciudadano común no tiene la obligación de saber de los impactos de una actividad que sucede fuera del alcance de nuestra mirada, debajo del agua, y por lo general lejos de sitios poblados, donde la fiscalización se hace difícil, donde los ojos de la gente común no llegan.

Esto se refuerza por la sensación que queda cuando nos encontramos quienes trabajamos o hemos trabajado en contacto con el mar: pescadores, capitanes, navegantes deportivos, buzos, investigadores, quienes hemos tenido el privilegio de vivir el mar de una manera muy diferente al común denominador de la gente. Nos cuesta entender por qué lo que nos parece obvio y conocido (los efectos negativos de la salmonicultura) no lo es para todos.

La respuesta es sencilla: porque la gente no está informada. Si no lo sabe, no lo puede cuestionar. Si no lo puede cuestionar resulta difícil que se oponga a decisiones relacionadas a un ambiente que le es desconocido, como los es el mar y lo que sucede debajo de la superficie.

Para facilitar este proceso de “aceptación implícita” aparece lo que se conoce actualmente como posverdad: “la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Variaciones de estas prácticas se conocen como negación o desinformación. Voy a mencionar tres ejemplos para llamar la atención sobre este proceso, vinculado al tema de la intención de instalar salmoneras en Tierra del Fuego. Esto no es privativo de otros problemas vinculados a la industria salmonera. Lo que escribo sólo representa una pequeña parte de las múltiples aristas que involucra la cuestión actual de las salmoneras aquí.

Uno. “El estudio actualmente en marcha a cargo de los noruegos es sólo de factibilidad”. Sólo se va a evaluar la factibilidad del cultivo de salmones en aguas del Canal Beagle (y fuera del Canal, para sorpresa nuestra), con el fin de analizar cuáles serán los sitios a concesionar, cuántas toneladas puede soportar cada uno de manera sostenible, sin afectar el medio ambiente y las condiciones de biodiversidad. Pero lo que la posverdad no menciona, es que para analizar lo que el ambiente puede soportar, se necesita saber qué tecnología se va a usar, qué tipo, tamaño, volumen de jaulas, qué densidad de peces, qué espacio entre trenes de jaula, cómo se piensa mitigar los daños en aguas, fondos, aves y mamíferos marinos, etc. Sin esos datos, resulta difícil (y probablemente no conforme a la Ley Provincial 55 de Medio Ambiente) analizar el impacto de una actividad propuesta. En ausencia de información, nuestro mejor “espejo” para mirarnos es lo que pasó y pasa en Chile (donde además capitales noruegos llevan adelante la actividad). Para no abundar en calificativos, simplemente alcanza con googlear los abundantes materiales que hablan de lo sucedido en ese país.

Dos. “El salmón ya está en el Beagle”. La salmonicultura pretende como especie para su cultivo, el Salmón del Atlántico (Salmo salar). Esto representaría la introducción de una especie exótica que no está presente en forma natural en el ambiente del Beagle. La posverdad postula que esta especie ya está presente en el Canal Beagle, dado que los pescadores artesanales la obtienen actualmente. Entonces, si ya está, ¿cuál es problema de poner jaulas llenas de salmones? Lo que la posverdad omite considerar es que los salmones “salvajes” actualmente existentes, que provienen de escapes de instalaciones chilenas muy seguramente, representan, para decirlo sencillamente, a los “sobrevivientes” de los salmones escapados, para quienes la vida no es fácil. Si colocamos jaulas de salmones en el Canal Beagle, donde seguramente se producirán escapes, no hacemos más que fomentar lo que en biología se conoce como “presión de propágulos”: se liberan tantos que la cantidad de sobrevivientes aumenta y eso ayuda a establecer poblaciones. Entonces, el salmón existe en estado “salvaje”, pero si lo “subsidiamos” y lo ayudamos a instalarse, ya no le podemos echar la culpa a los escapes.

Tres. “Protección del ambiente o puestos de trabajo”. La oposición de unos pocos sectores a estos emprendimientos afecta las posibilidades futras de trabajo a los fueguinos. El paroxismo de este postulado es una encuesta telefónica en marcha esta semana que, hacia el final, pone al entrevistado en la disyuntiva de tener puestos de trabajo gracias a la acuicultura, versus conservar el medio ambiente. Si me dicen que me puedo quedar sin trabajo, ¿cómo no voy a querer tener trabajo? ¿cómo alguien se puede oponer a que la gente tenga trabajo con la acuicultura? Lo que la posverdad omite es que los costos ambientales producidos por la industria salmonera como la realizada en Chile, se transfieren a la sociedad a futuro. Entonces “ganamos” mucho ahora, sin tener en cuenta lo que deberemos “pagar” en el futuro por reparar el daño, o por no hacer actividades económicas alternativas que se podrían haber hecho en la ausencia del impacto que no supimos ver antes. Estos costos están calculados en Chile, como lo que costaría retira los excesos de nutrientes de los fondos y agua de las caletas arruinadas.

Estos tres ejemplos representan unos pocos aspectos, donde la ausencia de información, o la utilización de información incompleta, lleva a confusión a los ciudadanos acerca de las implicancias actuales y futuras de encarar una intervención mayor en las aguas y fondos de las aguas fueguinas. La vacuna contra esta situación es informarse, así como demandar información a los responsables de administrar un recurso que es de todos como las aguas y los fondos marinos de la Tierra del Fuego.

 

(*) Adrián Schiavini es doctor en Ciencias Biológicas e Investigador Principal del CONICET en el Centro Austral de Investigaciones Científicas.

 

 

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

OPINIÓN