martes 23 de octubre de 2018 - Edición Nº335
Dar la palabra » Cultura » 26 sep 2018

Presiones de la vida diaria

La enfermedad como aviso de cambio (Por Mariana Gorella)  

El cuerpo y la mente sobreexigidos comienzan a manifestar que algo está mal en lo que estamos haciendo, pesando, diciendo. La enfermedad nos avisa que debemos cambiar el rumbo. La vida vivida bajo presión, exigencias y desgaste físico y emocional provenientes de expectativas externas, va provocando un alejamiento gradual por el amor a la vida


La vida diaria nos expone continuamente ante desafíos que no siempre son fáciles de resolver. Cientos de personas resumen esa situación como la “lucha del día a día”. Pero vamos a analizar con más detalle esa “lucha diaria”.

Hay un ideal de la vida que vemos en la tele, en las películas, en las fotos del Instagram o Facebook, y que nos hacen tener la idea de que hay una vida “ideal”, y que hay otra vida, la real, la que vivimos todos a diario. Como consecuencia de ello, nos metemos mucha presión para SER como los demás, aunque en realidad se trata de PARECER a los demás. El auto más nuevo, la casa más grande y más segura, la ropa de moda, las vacaciones en el norte, el último smartphone y el smartTV, muebles mejores, electrodomésticos más sofisticados y un largo etcétera.

El problema es que estar a la moda y actualizado, tal y como lo va exigiendo el mercado de consumo, cuesta muchísimo dinero, que se paga con horas y horas de esfuerzos, sacrificios y mucho desgaste físico y mental.

Por otro lado, existe algo llamado expectativas sociales, que son parámetros diseñados para que las personas nos ajustemos a dichos moldes sociales: cómo debe ser y parecer una persona en función de su género, su edad o su situación económica.

Todo esto en conjunto, es una suerte de “molde” al que, sin darnos cuenta, la sociedad nos presiona para que nos acomodemos a fin de permanecer dentro del sistema social y ser aceptables.

El caso de José, un hombre de Tierra del Fuego que trabajaba 12 horas en un taxi a fin de pagar el alto costo de vida que le generaba la presión de tener cosas para no PARECER una persona pobre, ni él ni su familia, lo llevó a tomar deudas más allá de sus reales posibilidades económicas. El resultado es que debía trabajar sin parar pero tener dinero, lejos de traerle tranquilidad, le traía preocupaciones. La sombra de las deudas aparecía en su insomnio cotidiano, el miedo a caer en la pobreza rondaba sus pensamientos todo el día. Si no era un “buen proveedor” se sentía poco hombre, poco viril y dudaba de poder sostener por mucho tiempo tanto peso sobre su espalda.

Pero como es hombre y tiene el mandato de ser fuerte y no quebrarse, seguía adelante y aumentaba aún más las presiones sobre sí mismo a fin de probar que sí podía. Para ello, le quitaba tiempo al descanso y al disfrute. Se sentía un burro de carga pero continuaba así porque no vía otras opciones. Sin embargo, sentía temor de no poder, de enfermarse y que todo el esfuerzo acabara en la nada, que todo haya sido en vano. Finalmente, el problema de la ansiedad fue ganando terreno en su mente hasta que debutó en un ataque de pánico.

La presión por ser la esposa, madre, hija perfecta. La que debe demostrar a los demás que es buena teniendo la casa impecable, controlados a los hijos, atendiendo a la madre anciana a pesar de tener otros hermanos que podrían ayudar. Es la historia de muchas personas, sobre todo mujeres, que se presionan a sí mismas a fin de PARECER la buena mujer que se supone que deben ser.

Se extienden las horas del día al punto que parece que duraran 25 horas, a costa del desgaste físico y emocional. A todo esto, debemos sumar la presión específica hacia las mujeres, relacionada con los patrones de belleza. A Estela le pesa ver que tiene canas y arrugas, y que le cuesta cada vez más controlar el peso. Como consecuencia de ello, sufre mucho el paso de los años y no acepta envejecer. Ella se siente mal consigo misma por alejarse cada vez más del ideal de belleza y entonces, comienza a dudar de si a su esposo podría seguir gustándole. Piensa que la va a abandonar por otra con mejor cuerpo y menos canas. Su mente no para de pensar que hace tanto esfuerzo para ser lo que se supone es “ser buena” (madre, esposa, hija, trabajadora) que el desgaste la va hundiendo en los pensamientos negativos y la vida deja de tener sentido.

¿Para qué tanto esfuerzo si al final nunca se logra el objetivo de la vida ideal? Nunca los hijos le hacen caso completamente, nunca se mira al espejo y se ve como la bailarina de Tinelli, nunca el esposo es lo suficientemente amoroso ni compañero como ella había soñado, nunca le reconocen en ningún lado todo su esfuerzo… nunca… nunca…

¿No será que el problema no es tanto mental, sino la extrema exigencia a la que nos sometemos por alcanzar un ideal que es ni más ni menos que un mundo de fantasía construido socialmente?

El cuerpo y la mente sobreexigidos comienzan a manifestar que algo está mal en lo que estamos haciendo, pesando, diciendo. La enfermedad nos avisa que debemos cambiar el rumbo.

La vida vivida bajo presión, exigencias y desgaste físico y emocional provenientes de expectativas externas, va provocando un alejamiento gradual por el amor a la vida, la sencillez de las cosas no materiales y los valores intrínsecos.

El tiempo dedicado a trabajar para comprar un teléfono nuevo es más importante que pasar tiempo con los hijos, el descanso o una charla con amigos. Mantener la casa limpia y la ropa planchada es más importante que comer en tranquilidad para hacer una buena digestión y disfrutar de una sobremesa en familia.

Hemos perdido el rumbo en cuanto a los valores. ¿Qué es lo realmente importante en la vida? ¿Es posible recuperar el equilibrio entre presiones y relax, trabajo y descanso, obligaciones y disfrute? No se trata de dejar de lado aquello que se espera socialmente de nosotros, sino de mantener una mirada crítica hacia esas expectativas sociales para no caer víctima de éstas.

La enfermedad nos advierte que hay cosas que cambiar. ¿Estás dispuesto/a a escucharla?

 

(*) Psicóloga en el Centro Asistencial de Tolhuin.

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