martes 13 de noviembre de 2018 - Edición Nº356
Dar la palabra » Política » 13 sep 2018

Debate sobre la realidad judicial  

Círculo, cuadrado y Justicia fueguina (Por Gabriel Ramonet)

Algunos de estos operadores han convivido tanto tiempo enfrascados en su propia representación de la realidad, que la confunden con la verdadera. Creen que los hechos solo pueden suceder de la manera que están descriptos en los códigos, y aplican las soluciones automáticas dictadas por esos mismos códigos, o por las interpretaciones que se han hechos antes de conductas similares, sin notar que probablemente han partido de presupuestos falsos por no comprender que las leyes son posteriores a la conductas, y no al revés.


La situación se repite como los goles televisados de un partido de fútbol.

Dos o tres preguntas acerca de las alternativas de una investigación judicial, y el interlocutor, no importa si es juez, fiscal o defensor, mira por encima de mi hombro en dirección a la biblioteca, o estira su brazo hasta la punta del escritorio, y abre un código procesal o de fondo, en busca del artículo que englobe la conducta de la que estamos hablando.

Todas las leyes, aunque en especial las vinculadas con el funcionamiento de la justicia, son representaciones simbólicas, intentos tardíos de la razón humana por clasificar el imposible abanico de comportamientos sociales.

Quiero decir: se estudian conductas similares al cabo de períodos confiables de tiempo, y se los encapsula en envases cerrados, de los que de vez en cuando se filtra cierto margen para la interpretación.

La receta continúa en forma de teorema: si se portó de este modo, y tiene estas características personales, le corresponde esta pena oscilante entre un mínimo y un máximo.

No soy tan estúpido como para ponerme a refutar en cuatro renglones los miles de años de funcionamiento del sistema judicial en el mundo. Entiendo que es la manera más racional que existe hasta el momento por compartimentar las conductas humanas antisociales y las posibles sanciones a las que pueden dar lugar.

Sin embargo, me permito plantear que muchos operadores judiciales se aferran tanto a la estantería de acontecimientos cuidadosamente ordenados en los libros, que se olvidan de mirar por la ventana, donde siguen ocurriendo un sinnúmero de episodios tan reales como variopintos, contradictorios y ayunos de toda clasificación, que continúan sin caber en los huecos rectos de la estantería.

Hay algo peor todavía. Algunos de estos operadores han convivido tanto tiempo enfrascados en su propia representación de la realidad, que la confunden con la verdadera. Creen que los hechos solo pueden suceder de la manera que están descriptos en los códigos, y aplican las soluciones automáticas dictadas por esos mismos códigos, o por las interpretaciones que se han hechos antes de conductas similares, sin notar que probablemente han partido de presupuestos falsos por no comprender que las leyes son posteriores a la conductas, y no al revés.

Quizá no se trate de hacer fuerza para introducir un hecho redondo en el orificio cuadrado de un código, sino de entender que por ahí estamos ante la presencia de un hecho redondo que merece, por esta vez, la redondez de un agujero.

Tal vez podamos dejar de ser metafóricos.

La carencia de estudios formales puede ser considerado un atenuante en infinidad de casos, pero si el imputado es un empresario que maneja concesionarias de autos y distribuidoras de bebidas, por ahí no sea la falta de formación académica lo que ha perfeccionado su ánimo delictivo.

De igual forma, si el mismo imputado es millonario, y su esposa es profesional, quizá el argumento cuadrado de que se trata del “único sostén de la familia” no encaje en el orificio redondo de la realidad.

Puede ser que la “probation” o suspensión del juicio a prueba, constituya un mecanismo razonable para resolver casos penales estableciendo un resarcimiento para quien ha tenido una conducta reprochable.

Pero si al acusado de intentar una defraudación por 26 mil dólares, se le impone como resarcimiento comprar 4 kilos de electrodos, por más cuadrado, lustroso y adecuado a la normas que resulte, se contrapone con la perfecta y redondeada realidad.

Lo mismo pasa cuando se propone sentenciar a 50 años de cárcel a un maltratador de perros, cuando se le pretende cobrar la defensa pública a una persona indigente absuelta en un juicio penal, o cuando se quiere llevar a mediación a un funcionario judicial acusado de corrupción.

La Justicia corre un grave riesgo si se propone buscar la verdad a partir de una representación sesgada y simbólica de conductas acuñadas en los libros.

Hay que mirar por la ventana. O mejor aún: salir a ese mundo inexplorado por muchos. Mezclarse con los pobres, escuchar, oler, tocar las verduras en el supermercado a ver si están duras o podridas. Leer los diarios, tratar de entender los fenómenos sociales, conocer a los vecinos, salpicarse con baldosas flojas, sacarse el traje, tener hambre, tomar un colectivo, ponerse en el lugar del otro, sentirse afuera de la corporación, llorar si hace falta, y reírse, y no creerse más ni menos que nadie.

Y después volver, y leer el caso, y decidir con la humilde certeza de que los ángulos rectos ya no son tan inflexibles, y quizás se doblen un poco, y terminen encajando con mayor comodidad en la circunstancia singular, única, compleja y contextualizada, que les tocó resolver.

Tal vez entonces, y recién entonces, habrán hecho justicia.  

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