martes 23 de octubre de 2018 - Edición Nº335
Dar la palabra » Política » 7 ago 2018

Debate por beneficios para la región

Venite a vivir a la Patagonia (Por Gabriel Ramonet)

No hablen más de “ensambles” hasta no perderse dos o tres horas recorriendo las fábricas por dentro. No subestimen el frío, ni el viento, ni la distancia, ni el desarraigo. No usen palabras que no estarían dispuestos a defender en la vida real. El peor argumento del mundo no es el equivocado, sino el que fundamenta sin conocer.


La población de Tierra del Fuego se multiplicó por 15 desde 1970. De las apenas 13.527 personas que habitaban la isla a comienzos de esa década, se pasó a casi 200.000 en la actualidad.

Esta cifra es por sí misma un argumento que podría justificar sin muchos más trámites la necesidad de sostener algunos subsidios energéticos, o beneficios económicos como los coeficientes diferenciales para liquidar el pago de asignaciones familiares, que tanta polémica han generado en los últimos días.

Pero no. Eso sería simplificar un tema y utilizar la misma calidad de fundamentaciones que han blandido quienes opinan desde la comodidad de la silla templada al aire libre, el sol que se esconde entre las sierras, y un buen vaso con fernet.

Ojalá la realidad fuera tan básica y lineal como ciertos razonamientos “del norte”.

Ocurre, básicamente, que los 200 mil habitantes actuales no son los mismos que hace quince o veinte años. Ni siquiera son los mismos que hace diez años.

La población fueguina sigue teniendo la característica de ser migrante. Y para conformar esa cantidad creciente de pobladores, muchos se han vuelto a sus lugares de origen, y otros tantos han llegado en su reemplazo.

Por supuesto que se trata de un rasgo general. Al mismo tiempo, otros menos se han ido afincando y de a poco, como en cualquier proceso histórico o cultural, fueron forjando un vínculo más estable con el entorno.

Es obvio, entonces, que las políticas de la “patria militar” para poblar un territorio y defenderlo de eventuales invasiones extranjeras, si bien perdieron aquel sentido original, son imprescindibles para mantener en el lugar a la misma población cuyo traslado se alentó durante décadas.

Profundicemos un poco más sobre estos fenómenos sociales, a ver si disuadimos a quienes nos creen Noruega o nos miran a través de la lupa de los números y las políticas fiscales.

¿Por qué se van, muchos de los que vienen? ¿Qué tiene que ver el desarraigo con los beneficios económicos para la región patagónica?

Vivo en un lugar donde una enorme cantidad de gente se “arrancó” del barrio de su infancia, de sus amigos, de su familia cercana, y arrastrada por alguna oportunidad de trabajo o de bienestar, se fue a habitar una isla, a 3000 o a 6000 kilómetros de distancia, donde la mitad del año hay pocas horas de luz, el frío no te deja casi salir a la calle, y el costo de vida es el doble que en cualquier otro sitio.

Aquí, por ejemplo, hay pocos abuelos, por la condición etaria de la población y porque la mayoría no soporta mucho tiempo la rigurosidad del clima y se vuelve a su provincia de nacimiento.

Por otro lado, los fueguinos atraviesan una natural ruptura vincular con la familia que aquí llamamos “del norte”. Parientes que en el mejor de los casos se ven una o dos veces por año, en vacaciones o para las fiestas. Hijos, hermanos, nietos y sobrinos que pierden el contacto cotidiano con sus familiares sureños, que a veces se tratan como si fueran desconocidos, y otras veces ni siquiera éso.

Tranquilos. No se trata de ninguna novela. El desarraigo atraviesa los cimientos de muchas comunidades patagónicas y resquebraja desde políticas de Estado hasta proyecciones económicas.

Los que consideran que la Patagonia no debería tener beneficios especiales, podrían empezar por convencer a un médico de que se venga a vivir a Ushuaia.

El gobierno de Tierra del Fuego anunció hace pocos meses que la administración provincial se haría cargo de la mudanza y de los pasajes aéreos de los facultativos (y sus familiares) que decidieran radicarse en la provincia, además de aumentar el adicional para el alquiler de una vivienda.

En definitiva, sueldo de “emirato patagónico”, más un adicional de $15 mil para alquilar una casa, vigente hasta que se compren una propia (algún día) y mudanzas y aéreos pagos para todo el grupo familiar.

¿Saben qué? Igual no vienen médicos. O vienen y se vuelven al poco tiempo, enfermos de desarraigo. ¿Será porque al tour por las playas australes le suman la imposibilidad de perfeccionarse a intervalos regulares, y ese es un capital que cualquier médico valora tanto como su sueldo? ¿Influirá la dependencia de un avión, y el correspondiente costo de un pasaje, para asistir a cualquier congreso al que la mayoría de sus colegas llega tomando un subte, un taxi o a lo sumo un micro?

A propósito. Supongo que las personas se enferman proporcionalmente en cualquier parte, pero no todos los argentinos atraviesan la desesperante situación de tener un hijo enfermo al que no se puede tratar debido a la falta de algún especialista o aparatología, y cuya vida queda en manos de la agilidad de un trámite de derivación a Córdoba o a Buenos Aires.

Olvídense por un momento de los médicos. Piensen ahora en profesores universitarios, jueces, ingenieros, arquitectos, científicos, funcionarios de carácter técnico. Todos, absolutamente todos, atravesados por la espada del desarraigo.

Piensen en las horas y recursos invertidos por un Estado que los convoca a concursos, los seduce, los capta, y finalmente los observa volver a los pocos meses, o a los pocos años, dejando vacantes para que el ciclo vuelva a empezar.

Hablemos del transporte. Vivo en una provincia argentina que no tiene conexión terrestre con el resto del país. Pueden leerlo de nuevo si les parece asombroso. Para salir o entrar a Tierra del Fuego tenemos que pasar por Chile, atravesar cuatro aduanas, circular por una ruta de ripio, cruzar el Estrecho de Magallanes en balsa, pagar ese servicio en pesos chilenos al valor que establezca una empresa privada, y someternos a las leyes trasandinas en materia de tránsito y seguridad vial.

Lo mismo tienen que hacer los camiones que a diario traen mercadería, o que se llevan productos manufacturados.

Las dificultades logísticas (robos en la ruta, mal clima en el Estrecho, trámites aduaneros) más el tiempo en días para ir y volver de los centros urbanos más poblados, encarecen los precios de cualquier artículo que llega y que se va, cuando no generan períodos de escases o desabastecimiento.

Por principios fáciles de asimilar, es más caro construir, comprar comida, ropa, repuestos de autos, juguetes o fernet. El metro cuadrado construido tiene un valor superior al de un inmueble ubicado en Capital Federal. Y las tierras factibles de ser urbanizadas en ciudades como Ushuaia, son escasas o requieren millonarias inversiones para la instalación de los servicios básicos.

Créanme que aquí, en la Disney World de los subsidios, la vida cotidiana no es tan sencilla. El frío, esa sensación que muchos asimilan al cosquilleo en la piel cuando salen de la bañera y mientras se abrazan a la toalla, es en este lugar, digamos, un poco más pronunciada.

Para evitar descripciones ociosas, les propongo compartir el título de una noticia publicada por un medio de la ciudad de Río Grande, hace pocos días: “Por el congelamiento de cañerías reforzaron la distribución de agua potable en la Margen Sur”.

Cada vez que nieva, los municipios despliegan un costosísimo operativo de limpieza de calles que incluye decenas de máquinas viales, camiones y horas hombre. La nieve se congela en bloques que hay que trasladar hasta la costa. Cuando sube la temperatura, el agua se filtra por las grietas del asfalto, al congelarse se expande, y al finalizar cada invierno, el resultado es una ciudad repleta de pozos y rajaduras que deben ser reparadas, una y otra vez.

Es cierto, aquí en los emiratos usamos mucho gas, quizá porque los calefactores funcionan a destajo la mitad del año, para resguardar a las casas de la temperatura exterior casi siempre cercana a los cero grados. Y tenemos muchos autos, no tanto para pasear, sino para trasladarnos de un lugar a otro en medio de esas mismas condiciones climáticas.

Un detalle nada más. También producimos gas y petróleo. El 75% del todos el gas de la Argentina y el 77% del petróleo, según datos oficiales del Instituto Argentino de Petróleo y Gas.

No es este un alegato defensor de la condición patagónica, ni tampoco un compendio de victimización. No es la nota que escribe un pobre cuando se presenta a las oficinas de Acción Social a pedir un subsidio.

Es apenas un llamado de atención a los portavoces de la superficialidad, a los mercaderes de lo obvio, y a los relatores de mundos que no han tenido el gusto de comprender en profundidad.

No hablen más de “ensambles” hasta no perderse dos o tres horas recorriendo las fábricas por dentro. No subestimen el frío, ni el viento, ni la distancia, ni el desarraigo. No usen palabras que no estarían dispuestos a defender en la vida real.

No argumenten con cifras acomodadas a su gusto. No usen ejemplos que incluyan el menosprecio. No inicien confrontaciones con enemigos que no lo son.

El peor argumento del mundo no es el equivocado, sino el que fundamenta sin conocer.

 

 

(*) El texto es una respuesta del autor a la nota publicada por el periodista Adrián Simioni en Cadena 3.

https://www.cadena3.com/noticias/politica-esquina-economia/patagonia-rebelde-los-noruegos-quien-los-subsidia_119985

 

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