sábado 18 de agosto de 2018 - Edición Nº269
Dar la palabra » Política » 31 jul 2018

Debate sobre la realidad industrial

Industria: Cuando la obsecuencia y la venta de humo invisibilizan la realidad (Por Eliana Gómez Actis)  

¡Qué lindo es escuchar a todos defender la industria nacional! Pero más lindo son los hechos. En especial los que resguardan las fuentes de trabajo. Los que posibiliten a los operarios de Audivic volver a sus empleos, en lugar de negociar cómo y cuándo les pagarán sus salarios.


Me pregunto primero: ¿necesitamos palabras, declaraciones, el diario del lunes y los obsecuentes para referirnos a la nueva crisis industrial que atraviesa la provincia? Y la respuesta es no, porque la obsecuencia y la venta de humo invisibilizan la realidad que una vez más nos toca sobrellevar.

Se trata, me parece, de contextualizar los hechos, de hacer un poco de memoria. Con eso, simplemente, tendremos ayuda para saber a dónde ir.

Desde que pisé la isla en enero de 1995 siempre está en el tapete la discusión sobre la industria y la ley 19.640 que establece un régimen especial fiscal y aduanero.

De hecho, en abril de 1995, nos tocó a todos sufrir los episodios conocidos como la “trágica Semana Santa” que nos dejó, como peor saldo, la pérdida de Víctor Choque, el primer muerto en un conflicto social desde el regreso de la democracia, además de decenas de heridos.

Todos aquellos personajes que formaron parte de ese episodio, el entonces gobernador, José Estabillo, el ministro de Gobierno, Fulvio Baschera, el secretario general de la UOM, Oscar Martínez, entre otros, aún continúan en el mundillo político. Salvo Marcelo Sosa, en aquel momento secretario de la UOM Ushuaia, que a 23 años parece que se lo tragó la tierra.

Esto nos tiene que llevar a plantearnos que la discusión de la industria siempre va más allá de las personas o de las autoridades. ¿Por qué? Porque nos consolidamos como una región industrial a partir del decreto-ley de promoción fiscal que el dictador Alejandro Lanusse sancionó en junio de 1972. Y es así como se logró poblar una isla con escasa infraestructura y un clima muy inhóspito. Y es así también porque desde un punto de vista estratégico geopolítico, el país se preparó para la hipótesis de un conflicto territorial con Chile.

El “privilegio” se mantuvo luego de la creación del Mercosur, pero la política impulsada por Carlos Menem en la década del ’90 conspiró contra el desarrollo de la industria en aquellos sectores que no eran considerados competitivos a nivel internacional.

El tipo de cambio favorecía el ingreso de importaciones y además cuando alguna crisis impactaba en los niveles de demanda, la intervención del Estado para tratar de ayudar a superar esa coyuntura era escasa. Cualquier similitud con la actualidad es mera coincidencia.

La “semana trágica” pasó, el cierre de Continental y la represión también.

Y un poco después, la crisis del llamado “efecto Tequila” puso en jaque a la marca alemana Grundig, y en octubre de 1996  despidieron a todos los trabajadores de la empresa radicada en Ushuaia.

Recuerdo especialmente este caso porque lo viví cuando era niña, a través de la lucha de mis tíos y de mi madre.

Los entonces trabajadores de Grundig decidieron tomar la fábrica y la Unión Obrera Metalúrgica negoció hacerse cargo de la gestión a través de una sociedad anónima llamada “Metalúrgica Renacer”. El mencionado Marcelo Sosa pasó a ser, al mismo tiempo, líder gremial y presidente del directorio de la firma.

Nada de esto sirvió, y en septiembre de 2000 la fábrica cerró sus puertas por las caídas en las ventas y las crecientes deudas impagas dejadas por los sindicalistas, quienes fueron acusados por los propios empleados de haber concretado el vaciamiento de la compañía. Como ya señalé, a Sosa se lo tragó la tierra.

A los despedidos de Grundig los mandaban a hacer pan casero y mermeladas, o les ofrecían puestos de camareras o mozos en hoteles de la ciudad. Los niños de esas familias que luchaban por recuperar sus puestos de trabajo salíamos a vender jabón en polvo y a levantar pedidos de los canelones y pollos arrollados que hacían mi mamá y mi tía.

La lucha fue larga, se profundizaban los cortes de ruta, los acampes en los predios de la empresa y los litros de café que se tomaban a la intemperie para soportar el frío.

La consigna era: "ni un compañero sin un puesto de trabajo", pero no era real, porque muchos ya no trabajaban, sino que solo luchaban.

Cuando comenzó la reactivación económica, se definió el nuevo camino de esa lucha, y detrás de los ejemplos de las primeras fábricas recuperadas del país, el 25 de mayo de 2003, las familias despedidas de Grundig y saqueadas por los gremialistas crearon la “Cooperativa de Trabajo Metalúrgica Renacer”.

En agosto de ese mismo año, la Legislatura aprobó la ley de expropiación 580, y por su parte el Estado provincial ayudó comprándole a la cooperativa 300 lavarropas que se colocaron en las casas construidas por el Instituto Provincial de la Vivienda.

Recordar estas historias sirve para corroborar que de las crisis no se sale con declaraciones ni con cortinas de humo para invisibilizar a los verdaderos damnificados por las políticas liberales, que son, en este caso, los trabajadores industriales.

No  se necesita tanta parafernalia obsecuente, sino hechos que reviertan esta cíclica situación.

¡Qué lindo es escuchar a todos defender la industria nacional! Pero más lindo son los hechos. En especial los que resguardan las fuentes de trabajo. Los que posibiliten a los operarios de Audivic volver a sus empleos, en lugar de negociar cómo y cuándo les pagarán sus salarios.

Porque la industria está más allá de quien esté en el poder, tanto en el Estado nacional como provincial.

Para nosotros, los habitantes de Tierra del Fuego, la industria es trabajo, base de la economía y también de la cultura.

Si, de la cultura. Porque es parte de nuestra forma de vida.

Eso es lo que hay que defender. Y con hechos. No con humo ni con obsecuencia barata.

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

OPINIÓN