martes 17 de julio de 2018 - Edición Nº237
Dar la palabra » Cultura » 3 jul 2018

Posible incursión de Tinelli en la política

Raquitismo cultural, 10 años después (Por Cany Soto)

Pareciera un plan sistemático. Un país culturalmente tonto es tierra fértil para la reproducción de cualquier imposición externa y responde con más docilidad a los requerimientos del mercado global, donde la penetración cultural es el peldaño inicial de la dominación total (¿suena a zurdaje setentísticamente extemporáneo?)


El raquitismo actual de la cultura argentina se origina en el último cuarto del siglo XX y por una sucesión de acontecimientos desafortunados llega a este estado casi terminal en la primera década del 2000.

Tengo para mí que nunca habíamos sufrido el imperio de la fealdad, la banalidad, la falacia y la vacuidad como en estos tiempos. La música, la pintura, las letras y el pensamiento transitan los niveles más bajos de que se tenga memoria.

Un patán hace garabatos en una servilleta y las vende a 2.000 dólares en Arte BA. Una señora que vive en una nube invita a caminar por una sala con un espejo debajo de la nariz y el mediopelo de la cultura pueblerina sucumbe ante esta demostración de modernidad creativa. Un cumbiero conoce dos acordes y llena estadios desafinando como un chacal. Precarísimos rimadores raperos, románticos o folclóricos humedecen cien mil bombachas con sus versos pobres. Toda una invitación a tirar la búsqueda de creatividad a la basura.

Paradójicamente, nunca antes las artes gozaron de tanto respaldo y presupuesto público como en estos tiempos.

Nunca se dispuso de tantas facilidades para que la comunidad experimente o desarrolle actividades culturales.

Hay talleres municipales, provinciales y nacionales en todos los barrios. Allí se puede aprender gratuitamente a pintar, cantar, bailar, tejer y bordar. Existen ciclos de cine, lectura y teatro, cursos, charlas y seminarios que exceden lo imaginable. La consigna es convocar a grandes contingentes y para evitar que migren, ablandan las exigencias convirtiendo todo en un divertimento. Tal vez allí estribe el desatino.

La desesperada puesta en escena de “Nos ocupamos de que la cultura llegue al pueblo” no logra ocultar los pálidos resultados: Al Cine Club van 12 personas mientras millares hacen cola para ver la peliculeja-producto de la semana.

“El Polaco” y Ricardo Arjona lideran los rankings de preferencias musicales, Los Midachi testimonian patéticamente la eficacia humorística de hacerse el puto y “Yayo” confirma la triste vigencia de la rima pornográfica. Mirtha Legrand, Sofovich y Tinelli son referentes intelectuales y morales de grandes mayorías.

Los escritores actuales, por lo general, no producen más que balbuceos autorreferenciales sin sustento y se legitiman elogiándose entre ellos.

Las cosas no podrían estar peor: poetas que sólo aspiran a ser oídos por otros poetas, escritores que escriben sobre literatura, teatro para pares iniciados, y las artes plásticas siguen debatiéndose en el pantano bochornoso de las falsas vanguardias y las zonceras de mercado que promueven los oligarcas y defienden los progresistas. Es que el arte contemporáneo sólo existe y se sostiene por los fondos públicos y por un reducido grupo de esnobistas influyentes que posan de iluminados y disfrutan del halo de exclusividad que emana del hermetismo que promueven. Diálogo de sordos y el principal cometido de la cultura, al tacho.

Y no han pasado sino 30 años desde que el Cuchi Leguizamón, El Mono Villegas y Piazzolla, Jaime Dávalos, Manuel J. Castilla, Borges, Cortázar, Berni, Spilimbergo, eran nombres cotidianos y referencias usuales de cualquier neófito en las respectivas disciplinas creativas.

El bache entre los nuevos creadores y los viejos maestros se ensancha cada día. La natural herencia de saberes y pasiones se ha visto interrumpida hacia finales del siglo XX por procesos históricos ya violentos ya sutiles pero con resultados concurrentes. (...)

Pareciera un plan sistemático. Un país culturalmente tonto es tierra fértil para la reproducción de cualquier imposición externa y responde con más docilidad a los requerimientos del mercado global, donde la penetración cultural es el peldaño inicial de la dominación total (¿suena a zurdaje setentísticamente extemporáneo?)

La triste paradoja es que este estado de sometimiento cultural, vaciamiento de contenidos, anulación de identidad y chatura tenga sustento en ciertos principios erróneos que alientan los progresistas peronistas y de izquierda para quienes, abordar el arte desde la disciplina, el respeto al oficio y al maestro son cosas “de derecha”.

Si obráramos con sinceridad intelectual, cada uno desde su espacio, reprobando abiertamente aquello que no comprendemos o no nos gusta, si abandonáramos la piadosa condescendencia hacia las manifestaciones berretas con el argumento de que son genuinas y populares; si dejáramos de lado el pudor cómplice hacia la basura disfrazada de novedosa profundidad que nos venden los artistas contemporáneos, las cosas se reencauzarían naturalmente. La memoria de nuestros antepasados creativos y el futuro sensible de nuestra descendencia merecen esa oportunidad.

Recuerden a Berlusconi.

 

(*) Esta nota fue publicada originalmente en la revista Kuanip, editada y producida por el autor, en 2009, y adquiere vigencia por el anuncio del conductor Marcelo Tinelli de incursionar en la actividad política.

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