martes 13 de noviembre de 2018 - Edición Nº356
Dar la palabra » Política » 29 jun 2018

Debate sobre el aborto legal  

Yo no soy todas (Por María Fernanda Rossi)  

Sé que la interrupción voluntaria del embarazo es algo que existió, existe y existirá. Sé que yo no la elegí hace 20 años y estoy realmente convencida de lo que hice. Sé que yo no soy todas y que esta discusión no se trata de lo que individualmente cada uno piense.


Me embaracé a los 18 años y fui madre a los 19. Crecí en una familia en la que se hablaba de sexo abiertamente y sabía todo lo necesario para mantener relaciones de manera segura. Pero puede fallar. Y falló. Durante mucho tiempo fui señalada, a pesar de vivir en pleno siglo XX, y que mi hijo llevara mi apellido fue motivo de muchas explicaciones a lo largo de casi toda su vida escolar.

La maternidad no es un camino fácil, no es todo amor y publicidades de bebés perfectos con olor a talco. La maternidad es muchas veces resignación, dejarse de lado, sacrificio, postergación. Y no es una cuestión de ponerse en un pedestal para que admiren a la mujer abnegada. Es lo que hay que hacer porque “siempre primero los hijos” y una lo hace desde el amor, por supuesto, nada de aquello sería posible si en el medio no hubiese un inmenso amor que lo justificara todo.

Pero, ¿si todo ésto hay que hacerlo solo por obligación? Maternar a la fuerza debe ser desolador.

Gestar sin deseo es abrumador, triste, gris. Sí, lo afirmo porque lo viví. Atravesar un embarazo no deseado, aun sin saber lo que viene después, es lo más parecido a un castigo. Pero por mi formación -crecí en una familia católica- y mis propias convicciones morales, seguí adelante.

Una vez que el bebé estuvo en mis brazos toda mi vida cambió sin pedir permiso. Tardé alrededor de un año en volver a la facultad, y no terminé la carrera. Además, trabajaba porque, a pesar de que siempre tuve el apoyo de mi familia, el hijo era mío y había que proveerle lo que necesitara.

Mi vida social desapareció y mi rutina se convirtió en un enrome cuento de la buena pipa. Facultad (hasta que la dejé en el cuarto año del profesorado de Historia), trabajo, hijo. Así, en loop, cada día. Tardé aproximadamente un año en crear un verdadero vínculo afectivo con mi bebé, antes de eso todo era mecánico. Y repito, maternar de manera obligada no es para nada satisfactorio.

El deseo de recibir a un hijo, estando sola o estando en pareja, es algo que no se puede implantar. No hay instinto ahí que accione ningún tipo de mecanismo mágico.

Como había crecido en una casa donde la religión se respetaba, mi mandato interno hizo que buscara bautizar a mi hijo. Fue muy sorpresivo cuando me rechazaron dos curas porque era una mujer soltera y ese niño “no tenía” padre. Afortunadamente en ese entonces vivía el Padre Zink y fue quien nos cobijó para cumplir mis deseos y, así, sentir que estábamos más protegidos.

Cuando me hice adulta, por diferentes circunstancias de la vida que ahora no vienen al caso, me convertí y me bauticé en una iglesia cristiana evangélica. Para mí, la defensa de la vida era (es) un hecho. Mis profundas convicciones y me acercamiento a Dios eran (son) guías inobjetables.

En el momento en que el presidente Mauricio Macri anunció que era momento de debatir un tema tan delicado como el aborto supe inmediatamente de qué lado iba a estar. Yo había podido. Yo era creyente. Yo sabía cómo evitar un embarazo no deseado.

El mundo allá afuera es tremendamente hostil, sobre todo para una mujer que emprende un camino con una nueva vida a cuestas, de la que no podrá desprenderse nunca. No importa cuántos años tengan, los hijos serán nuestros para siempre. Lo digo como hija.

Oro cada noche y le pido a Dios que nos de sabiduría pero, por sobre todo, nos comparta de su infinita misericordia, pues es obvio que nos falta y nos falta muchísima. La compasión por nuestras hermanas se ha caído dentro de un pozo tan profundo y tan oscuro que meterse ahí dentro realmente provoca miedo.

Creo fervientemente en el derecho a vivir, a crecer, a desarrollarse y a buscar el mejor futuro. Creo con toda certeza que la libertad nos ha sido dada para que la usemos y, con ella, la responsabilidad seria sobre nuestros actos.

Creo en un Dios de amor, que no juzga, que nos recibe siempre con los brazos abiertos. Creo en el Dios que deja nuestros pecados en el fondo del mar y nos alienta en el libre albedrío. Creo que un Jesús misericordioso que me ama incondicionalmente y nunca buscaría castigo por un acto que partió de las decisiones que tomé. Creo, por sobre todas las cosas, en que es un ser de paz infinita que recibirá a todo aquel que lo busque.

Creo también en las decenas de mujeres que pierden la vida en carnicerías inhumanas y que llegan a esos lugares en un total estado de desesperación, como último recurso, porque no tienen cómo afrontar un método seguro. Creo en que la decisión está tomada y no se las puede obligar a someterse a procedimientos inseguros y crueles.

Sé que la interrupción voluntaria del embarazo es algo que existió, existe y existirá. Sé que yo no la elegí hace 20 años y estoy realmente convencida de lo que hice. Sé que yo no soy todas y que esta discusión no se trata de lo que individualmente cada uno piense en la faz personal ni en el arco de su fe. Esta discusión se trata de todos los accesos al pleno derecho.

Mientras los varones irresponsables “abortan” desde siempre, las mujeres serán juzgadas hasta el hartazgo. Mientras los varones no usan métodos anticonceptivos porque ellos no conciben, las mujeres serán juzgadas por haber querido gozar de su sexualidad en la misma medida.

Hay que dejar de pelear contra molinos de viento, hay que enfrentarse a la realidad que está en la misma cuadra de tu casa, en tu oficina, en tu escuela, en tu fábrica. Las realidades están ahí, nos rodean y lo que mata es el veloz dedo señalador de los que creen estar en el pedestal de la moralidad.

Juzguemos menos, amemos más. Enseñemos, aprendamos. Escuchemos, hablemos. Contengamos.

La interrupción voluntaria del embarazo no será obligatoria en ningún caso. Y de eso se trata. De la igualdad a la hora de decidir. Seamos empáticos. Pensemos en lo que siente la otra persona. Sepamos que puede tocarnos en nuestra propia familia. Abandonemos el doble estándar. Dejemos la hipocresía.

No se trata de aborto sí o aborto no, se trata de aborto legal o aborto clandestino.

Que seamos libres. Que sea ley.

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