martes 17 de julio de 2018 - Edición Nº237
Dar la palabra » Cultura » 18 jun 2018

Reacciones ante el que piensa distinto

Quiero convencerte ya mismo (Por Gabriel Ramonet)

Convencer a otro de algo no constituye un fenómeno instantáneo, por más ilusión tecnológica y espejitos de colores mediáticos que nos quieran vender a la vuelta de la esquina. El problema no es tener el sueño de cambiar al mundo, sino pretender hacerlo en veinticuatro horas.


La constatación de que existen posturas completamente distintas a las propias, suele venir acompañada de un fuerte sentimiento de frustración.

Por lo general, si nuestras convicciones son auténticas y legítimas, el hecho de que otro no las comparta genera una especie de desánimo, cuando no una cierta impotencia y ofuscación.

Como creemos en aquel punto de vista o idea, como nos constan algunos aspectos que hacen a su veracidad o entendimiento, entonces nos rebela ese otro que no ha sido capaz de comprender el fenómeno desde una perspectiva similar.

Duele que otros no piensen igual, en cuestiones donde nos asalta la seguridad, o la supuesta certeza, de que estamos librando una batalla argumental con todas las armas a nuestro favor.

El problema es que olvidamos en ese camino los complejos laberintos que llevan al destino de la persuasión.

Convencer a otro de algo no constituye un fenómeno instantáneo, por más ilusión tecnológica y espejitos de colores mediáticos que nos quieran vender a la vuelta de la esquina.

A veces dejamos de lado que la transmisión de una idea forma parte de un proceso que, como tal, requiere de mucho tiempo de esfuerzo y dedicación, y que a veces está sujeto a reglas cuyas implicancias totales se desconocen.

Queremos convencer a una persona o a un grupo de ellas, de que las políticas aplicadas por un gobierno cambiarán la forma de vida de una provincia o de un país, y nos frustramos porque no logramos hacerlo durante un reportaje en un programa de radio o de televisión.

Pretendemos que alguien adopte como bandera propia la necesidad de reformar las instituciones de un Estado, los mecanismos de participación de la ciudadanía o los vínculos ancestrales entre un pueblo y su clase dirigente, y nos da bronca no poder hacerlo a través de un correo de lectores en un diario.

Algunos hemos caído (y reincidimos de vez en cuando) en la tentación de debatir ideas por Twitter o por Facebook, y nos enojamos porque nuestras módicas intervenciones encorsetadas en ciento cuarenta caracteres (ahora en 280) no desatan una reacción en cadena capaz de modificar la realidad.

Es tan poco el tiempo, y tanta la velocidad de la vida cotidiana, que pretendemos acelerar también los mecanismos de persuasión ideológica, como si dependiera de las mismas técnicas que utiliza un vendedor de zapatos en el negocio de un shopping.

Que alguien cambie la concepción que tiene, por ejemplo, sobre la distribución de la riqueza, la inseguridad o la educación pública, no es algo que se logre por un acto determinado, sino probablemente por una sucesión de acontecimientos, así como una persona va generando un prestigio mediante una serie de actitudes y comportamientos.

Una “buena persona” o un “profesional honesto” son conceptos colectivos que se construyen a través de los años, del mismo modo que alguien se va convenciendo de determinada idea o concepción de las cosas.

Incluso tampoco está muy claro qué tipo de elementos son más eficaces para persuadir. A veces quizás no se trate de decir algo, o de escribirlo, sino simplemente de actuar de determinada forma. En otros casos tal vez convenzan de algo los pequeños detalles, los gestos simbólicos, el lenguaje implícito.

Por otra parte, si pudiéramos concebir al otro como alguien al que todavía no hemos podido persuadir de nuestras ideas, en lugar de frustrarnos y mandarlo de una patada a la vereda de los enemigos, podríamos escapar un poco más de la lógica binaria  blanco-negro, y repensar a los demás como potenciales aliados.

En el medio de ese proceso quizá aparezca la posibilidad interesante de atender aspectos de las posturas contrarias a las nuestras y por lo tanto de reformular -aunque sea en parte- algo de lo que creíamos invariable.

Después de todo, se ha dicho que cuando uno está muy persuadido de algo, más tarde o más temprano se vuelve un poco intolerante. Y mientras la certeza genera intolerancia, la duda suele derivar en mayor conocimiento.

También se podría postular que la energía invertida en persuadir al otro, es una muestra de la importancia que tienen para nosotros las ideas que pretendemos hacer prevalecer.

Una persona, así como un gobierno, que ante la primera dificultad para convencer al otro, opta por abandonar lisa y llanamente los postulados que defendía, demuestra ser un pusilánime.

Un gobierno que renuncia a persuadir al pueblo sobre sus ideas es un gobierno que está muerto en vida, como también lo está aquel que ya ni siquiera tiene valores, principios ni líneas de acción sobre los que valga la pena convencer a nadie.

A los demás, a los que todavía pensamos que es posible cambiar algo, nos queda la noble misión de militar por el alcance de nuestras más profundas y legítimas convicciones, aunque con la advertencia de que participamos de un proceso cuyas consecuencias exceden nuestro tiempo y probablemente nuestro limitado marco de entendimiento.

El problema no es tener el sueño de cambiar al mundo, sino pretender hacerlo en veinticuatro horas.

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